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El duro oficio del guionista

Noviembre 8, 2009 · 1 comentario

Lo llaman el “gurú” del guión, y es tan célebre que el guionista Charlie Kaufman lo convirtió en personaje. Robert McKee es ese tipo mala onda, interpretado por Brian Cox, que le grita a Nicolas Cage en la escena de la clase de guión en El ladrón de orquídeas. McKee estuvo en Buenos Aires con su seminario Story, con el que viaja por el mundo desde hace 25 años, y dialogó con Ñ sobre el lugar del guión en el cine. Detrás del concepto de autor cinematográfico, señala, hay un equívoco que ha derivado en un profundo desprecio por la escritura de guiones.

El tema es casi tan viejo como el cine, y ha sido objeto de innumerables polémicas. El lugar del guión es complejo: es el punto de partida de una película, pero no es en sí mismo una obra. En los años cincuenta, los redactores de la revista Cahiers du Cinéma impulsaron la llamada política de los autores. El realizador pasó a ser el verdadero autor, capaz de expresarse con un estilo propio y reconocible, como un escritor con su pluma. Pero esta noción, todavía hoy vigente, también dio lugar a una distorsión que condenó a los realizadores a escribir sus guiones para ser considerados autores.

“En la época de oro del cine europeo, del Neorrealismo italiano a la Nouvelle Vague francesa, la belleza de las películas se basaba en los guiones. Detrás de muchas obras neorrealistas hay un gran escritor que nadie conoce porque no dirigía: Cesare Zavattini”, señala McKee. Y observa que directores como François Truffaut o Ingmar Bergman eran, además, talentosos guionistas. “Ellos entendían que sin una buena idea, expresada de una forma bella en una historia, no importaba lo que pudieran hacer como directores, porque el estilo no es la sustancia. Pero los críticos creían que la personalidad del director y el modo en que filmaba y componía eran las marcas autorales, no veían el trabajo del director como la interpretación de una historia. Y el resultado fue el desprecio por los guiones”.

Esta interpretación de la teoría del autor derivó en la idea de que, para ser considerado un autor, el director tiene que escribir él mismo el guión. Pero ni Alfred Hitchcock ni John Ford escribían sus guiones, y nadie dudaría en considerarlos autores. En el cine argentino surgido en los noventa, esta confusión es frecuente. Hay directores que son también talentosos guionistas. McKee menciona a Lucrecia Martel y al fallecido Fabián Bielinsky. Pero hay otros que no, e igual escriben sus guiones con resultados dispares. Pablo Solarz y Patricio Vega son guionistas profesionales de esa generación. Los dos coinciden en que hay un cierto recelo por la autoría. “Un buen director de cine de autor participa del proceso del guión y dirige al guionista desde que empieza a trabajar. No necesita ser el autor del guión, es el autor de la película”, observa Solarz, guionista de Historias mínimas, ¿Quién dice que es fácil? y Un novio para mi mujer. “En el cine de autor se le tiene un poco de miedo al guionista, como si al sumar un guionista se resignara autoría, identidad o particularidad. Y es al revés. Un guionista puede ayudar a que un director se luzca aún más”, señala Vega, que dirige la escuela El laboratorio de guión y entre cuyos trabajos se cuentan Música en Espera, Los simuladores, Hermanos y Detectives y La señal.

Para McKee, escribir y dirigir son talentos distintos. “Cuando los directores intentan escribir, a veces surgen grandes problemas, porque dirigir es un arte interpretativo. El director de cine es como el director de orquesta, dirige la música compuesta por otro. Y los buenos directores de orquesta no siempre son buenos compositores. Muchos directores ni siquiera quieren escribir, pero lo hacen porque creen que si no, no serán considerados autores”.

Una de las consecuencias de este equívoco es la precariedad laboral de los guionistas. Fuera de la televisión, donde la producción seriada ofrece condiciones de trabajo más estables, la situación del guionista de cine en Argentina es bastante aleatoria. Puede ser el autor de un guión original, adaptar una obra, colaborar con otro guionista o con un director. Pero son pocos los guionistas de cine que escriben de manera regular. Aída Bortnik, guionista de La historia oficial, y Fernando Castets, coguionista de varias películas de Juan José Campanella, son dos de los más reconocidos. La escritura para cine suele ser una actividad episódica, desempeñada por guionistas de televisión o por escritores, como Marcelo Birmajer. “El espacio para la escritura profesional de guiones es restringido por el tiempo y por el presupuesto que se asigna, y eso se nota en los resultados”, observa Solarz.

Para mejorar estas condiciones, un grupo de guionistas creó hace dos meses el Círculo de Guionistas Cinematográficos. Es que la falta de reconocimiento se refleja incluso a nivel institucional. Un ejemplo: el espacio para guionistas en los comités del INCAA que seleccionan lo que se va a filmar está ocupado hoy por guionistas-directores de una asociación de directores, y no por representantes de la asociación que nuclea a los autores.

CLASICO Y MODERNO

Para pensar la cuestión del guión, hay que distinguir entre esos dos momentos que son el cine clásico y el cine moderno. El cine clásico comprende la producción de los estudios desde el inicio del sonoro hasta fines de los años cincuenta, y se caracteriza por un relato que sigue las reglas del teatro clásico, con una concepción de los personajes cercana a la de las novelas del siglo XIX. El cine moderno nace con El ciudadano, de Orson Welles, y el Neorrealismo italiano en la década del cuarenta, y continúa con la Nouvelle Vague. En el relato moderno, la concepción del personaje y de su relación con el mundo cambia.

Pero lo que puede enseñarse sobre la escritura de guiones proviene del cine clásico, que permite identificar algunas constantes. El guión de cine moderno es más complicado para la enseñanza. El historiador del cine Fernando Martín Peña observa: “El cine moderno no puede formar escuela. (Michelangelo) Antonioni no puede ser imitado. Antonioni puede explicarse a sí mismo, pero no puede decir ‘esto hay que hacerlo así’. Porque si otro trata de hacerlo y no tiene su sensibilidad poética, no funciona”.

Aunque la escritura de guiones es muy compleja, McKee observa que en las escuelas de cine no se le presta la debida atención: “Se habla mucho de dirigir, pero no se formula una pregunta fundamental: dirigir qué. En muchas escuelas se cree que hacer películas con la estructura clásica no es arte, porque eso es lo que hace Hollywood. A partir del cine moderno, se pensó el diseño clásico como equivalente a comercial, y si uno quiere ser reconocido como artista, tiene que recurrir a otros modos de narración. Pero no hay una contradicción necesaria entre el arte y el éxito comercial, como tampoco hay garantía de arte en las películas de arte y ensayo”. Vega coincide: “El llamado Nuevo Cine Argentino surgió a partir de las escuelas de cine, y se caracterizó por la ruptura de la historia. Se buscó algo distinto, sin progresión ni giros dramáticos, y está bien, es una opción. Pero eso llevó a que se desdeñara un poco el contar una historia, y una cinematografía tiene que tener distintas opciones”.

El guión no funciona de la misma manera en el cine clásico y en el cine moderno, y lo fundamental es entender cada guión dentro del registro y las pautas que establece. A menudo, el prejuicio ha llevado a identificar un tipo de relato con el arte y otro con el entretenimiento. McKee discute esa idea. “El diseño clásico es la forma en que las personas ven la vida. No es casual que todas las culturas, en todos los tiempos, narren sus historias así. La gente cree que sus mayores problemas tienen que ver con el mundo externo, y el diseño clásico se ocupa de esos conflictos. Los otros modos de narrar historias se ocupan de los conflictos internos del ser humano, y son reacciones, variaciones de esa gran forma. A medida que uno se aleja del diseño clásico, disminuye el público, pero no porque unas películas sean mejores o peores que otras. No tiene que ver con la calidad, sino con la forma en que la mente percibe la realidad”.

 El origen de una tradición: películas para escuchar por radio

“El sistema de estudios concebido por Hollywood implicaba el armado por partes, la estructura en cadena como en una fábrica. Y nuestra cinematografía, por más periférica que fuera, imitaba ese modelo. En la medida en que existieron los estudios y la producción seriada, había una idea de oficio”, señala el historiador del cine Fernando Martín Peña. Nuestro cine clásico tuvo varios guionistas destacados. Homero Manzi escribió muchas películas, y era uno de los pocos guionistas con una postura política clara. Ulyses Petit de Murat, Eduardo Borrás, César Tiempo, Ariel Cortazzo y la dupla formada por Sixto Pondal Ríos y Carlos Olivari fueron importantes. Peña observa: “Ariel Cortazzo y Eduardo Borrás escribían mucho. Hay cosas muy buenas y otras que no, según el director con el que trabajaran. Cuando trabajaba con (Carlos) Schlieper, Cortazzo en general era muy bueno. Con Borrás, un anarquista español exiliado del franquismo, pasaba algo parecido. Con (Daniel) Tinayre hacía cosas muy malas, pero con Hugo del Carril su literatura funcionaba de otra manera, porque tenía otra sensibilidad”. Una crítica frecuente a nuestro cine clásico es su carácter verborrágico. Para Peña, eso tiene que ver con el origen de los guionistas: “A diferencia de otras cinematografias, la Argentina no tenía una tradición pictórica muy importante. Los guionistas venían de la radio o del teatro, y había un exceso de verbalidad. La crítica que le hacía (el crítico uruguayo) Homero Alsina Thevenet al cine argentino es que se podía escuchar por la radio. Y era así por la falta de una tradicion visual. Los alemanes tenían el romanticismo, los americanos el western, eran zonas en las que se podían apoyar. Pero acá no se dio así, y no es necesariamente malo. La opereta tanguera, por ejemplo, no se hubiera podido producir en otro lado, y yo creo que termina siendo cinematográfica. Hay que apreciar el cine argentino con la conciencia de cuál es su origen. No surge de los mismos lugares que otros cines”.

De guionistas a directores: una continuación de la escritura

Con la llegada del cine sonoro, Hollywood empezó a necesitar escritores que se ocuparan de los diálogos y de construir argumentos más complejos que los del cine mudo. Enseguida hubo una invasión de escritores, atraídos por los buenos sueldos. Pero el oficio de guionista podía resultar muy frustrante para un escritor. Con frecuencia, un guión pasaba por muchas manos antes de que el productor considerara haber llegado a la versión definitiva. Además, los guionistas cumplían horarios, tenían que escribir una cierta cantidad de páginas por día, y debían pedir permiso para asistir a los rodajes de las películas que habían escrito. Es probable que todo eso influyera en el deseo de muchos guionistas de convertirse en directores. Son varios los que iniciaron sus carreras como escritores. Billy Wilder, por ejemplo, llegó como exiliado a Hollywood y aunque no sabía mucho inglés, se las arregló como pudo para vender sus libretos, hasta que empezó a escribir para el director Ernst Lubitsch, y luego a dirigir. Joseph L. Mankiewicz y John Huston también empezaron como escritores. Huston fue el guionista de películas como Jezebel, de William Wyler, o El sargento York, de Howard Hawks. Fuera de Hollywood y ya en nuestros días, también hay guionistas devenidos directores. El mexicano Guillermo Arriaga, por ejemplo, fue el guionista de Amores perros, 21 gramos y Babel, del director Alejandro González Iñárritu, y acaba de estrenar Camino a la redención, su primera película como realizador. En nuestro país, el reconocido guionista Pablo Solarz comenzó a filmar en octubre la comedia Juntos para siempre, su primera película como director. Robert McKee observa: “Si un guionista se convierte en director, como Oliver Stone o Lawrence Kasdan, en general lo que hace es muy bueno, porque la dirección es la continuación natural de la escritura de guiones. Como en la música: los directores de orquesta no siempre son buenos compositores, pero los compositores en general pueden dirigir orquestas.”.

(Publicado en la revista Ñ el sábado 7 de noviembre de 2009)

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Hoy: más Morbo en Malba

Octubre 16, 2009 · Dejar un comentario

VIERNES 16

14:00 La pandilla salvaje, de Sam Peckinpah

16:30 Demencia, de John Parker

18:00 Almas perversas, de Julien Duvivier

20:00 Repulsión, de Roman Polanski

22:00 The Mutations, de Jack Cardiff

00:00 Freaks, de Tod Browning

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VIERNES 9: PRESENTAMOS EL CICLO Y LA REVISTA

Octubre 8, 2009 · Dejar un comentario

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HOY: HERMANAS DIABOLICAS

Octubre 8, 2009 · Dejar un comentario

SISTERSHermanas diabólicas (Sisters, EUA, 1973) de Brian de Palma, c/Margot Kidder, Jennifer Salt, Charles Durning, William Finley. 92`

Hermanas diabólicas tiene todo: sexo, sangre, deformidad, locura y muerte en un clima onírico-pesadillesco. Dos hermanas siamesas separadas de la peor forma, una extraña cicatriz en primer plano, un médico enamorado de su paciente, y una chica joven y bella poseída por la culpa. Desde la ventana de su casa, Grace Ollier, periodista del Staten Island Panorama, ve un asesinato a puñaladas en vivo y en directo. La policía no le hace caso, y la chica decide investigar por su cuenta, para terminar en la clínica donde crecieron las siamesas, hipnotizada, y en medio de una pesadilla terrorífica y real. Un homenaje de De Palma a Psicosis y La ventana indiscreta, con mucha, mucha sangre.

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FIN DE SEMANA MORBO (EN MALBA)

Octubre 1, 2009 · Dejar un comentario

MorboMalba
VIERNES 2

14:00 Almas perversas, de Julien Duvivier

16:00 La pandilla salvaje, de Sam Peckinpah

18:30 La masacre de Texas, de Tobe Hooper

22:00 Psicosis, de Alfred Hitchcock

00:00 La brujería a través de los tiempos, de Benjamin Christensen

SÁBADO 3

16:00 La casa de Whipcord, de Pete Walker

00:00 La brujería a través de los tiempos, de Benjamin Christensen

DOMINGO 4

14:00 Carne, de Armando Bó

16:00 El secuestrador, de Leopoldo Torre Nilson

17:20 Los olvidados, de Luis Buñuel

22:15 Freaks, de Tod Browning

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LAMUJERDEMIVIDA EN EL CINE

Septiembre 28, 2009 · Dejar un comentario

TAPA-56La mano tapa los ojos y de a poco, va entreabriendo los dedos. No queremos ver y al mismo tiempo, queremos. Aparece el morbo. Lo desagradable puede ejercer un influjo extraño, seducción y repulsión en un mismo movimiento. Sin embargo, cuando el costado atractivo gana terreno, quedamos atrapados, expectantes, deseosos de más detalles: ya no podemos cerrar los ojos. El morbo es, ante todo, voyeurismo. Un violador, un asesino, no son morbosos sino perversos. El morbo reside en quienes auscultan eso que el asesino o el violador llevaron a cabo, los mismos que no pueden cambiar de canal cuando el noticiero habla de pedófilos, de torturadores, de proxenetas. El morboso nunca es protagonista, asiste a lo terrible mientras permanece inmóvil, a salvo, como el espectador de cine. Entonces ¿una película puede ser morbosa? ¿Depende de la intención del realizador? ¿De las motivaciones del público que no puede quitarle los ojos de encima?

La selección de películas realizada por malba.cine y el equipo de Lamujerdemivida alude al morbo en distintos niveles, empezando por los tópicos más recurrentes: la deformidad (Freaks, de Tod Browning; El hombre elefante, de David Lynch), la tortura (El castigo a las mujeres de la era Tokugawa, de Teruo Ishii), la escatología (Pink Flamingos, de John Waters), la mutilación (¿Quién puede matar a un niño?, de Ibáñez Serrador) o los sesos por el aire (Scanners, de David Cronenberg). Pero de un modo quizá más sutil, también la pobreza puede ser blanco para el morbo, la denuncia que al mismo tiempo se regodea con el espectáculo de la miseria, antecedente del tour a la Rocinha y el turismo piquetero. La promesa de escuchar en estéreo los ruidos de un estómago vacío. En el cine –y en general en todas las artes– el morbo aparece sublimado, permite múltiples enfoques. Todo depende de la mirada puesta sobre el objeto.

En Ante el dolor de los demás, Susan Sontag alude a un pasaje de Tres Guineas en el que Virginia Woolf observa junto a un abogado fotografías de la guerra para ver si, al mirarlas, ambos sienten lo mismo. Son instantáneas de cuerpos mutilados, esqueletos de casas, niños muertos. Sontag plantea que no debería suponerse un “nosotros” cuando el tema es la mirada al dolor de los demás ya que las imágenes de una atrocidad pueden producir reacciones opuestas. Lo que es intolerable para algunos, puede resultar morboso para otros. La difusión de las fotos de la prisión de Abu Ghraib, por ejemplo, denunciaron las torturas a manos de las tropas norteamericanas en Iraq pero también circularon con la clásica profusión amarillista: capuchas, perros y sangre inundaron los monitores hogareños, la lupa cerca de los cuerpos hasta que pixelaran.

Sontag cita el film J´accuse del francés Abel Gance –que en 1938 mostró en primer plano a los ex combatientes desfigurados por la guerra– cuyo protagonista grita “¡Colmad vuestros ojos de este horror! ¡Es lo único que puede deteneros!”. Es una posibilidad. Mostrar las atrocidades para aprender, para escarmentar, para no repetir. Pero ante el mismo estímulo, se puede responder con éxtasis o con espanto. También el paso del tiempo ha ido modificando la mirada social sobre ciertas temáticas y por ejemplo el sexo (si no hay violencia, si no hay abuso) ya no parece ser carne para el morbo. Pero lo distinto, lo “desviado”, lo que atenta contra el ideal de la esencia humana, sigue ejerciendo la atracción de quien intenta reducir lo otro a lo mismo y se encuentra con su propio reflejo deformado. Como dice Roland Barthes, cuando el otro se vuelve irreductible –no por un súbito escrúpulo sino porque se opone al “sentido común”– siempre queda el recurso del exotismo: el otro deviene objeto puro, espectáculo, relegado al umbral de lo humano no atenta contra la seguridad del mundo propio. Cuando un secuestrador y violador pasa a ser el “monstruo de Austria”, lo monstruoso lo coloca en otra condición. Sin embargo lo siniestro aguarda en lo conocido, en el costado tan invariablemente humano del “monstruo”, en lo familiar de ese otro que no resulta tan abismalmente distinto.

En el cine, los límites entre lo que puede o no ser considerado morboso son aún más difusos. Si el morbo se define como “atracción hacia acontecimientos desagradables”, la pantalla grande ha tenido una larga tradición de censuras que intentaron regular los fotogramas según el gusto de unos pocos (que, entre otras cosas, durante años incluyeron a los besos en su categoría de desagrado). En definitiva, se puede huir de la sala de cine o aferrarse a la butaca ante la misma imagen perturbadora pero el morbo, como el deseo, no es volitivo: acecha, aparece, convulsiona. En ese segundo en el que la mueca de asco se convierte en otro gesto, estamos nosotros mismos, detrás del espejo.

Eugenia Zicavo – Lamujerdemivida

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MORBO EN MALBA

Septiembre 28, 2009 · Dejar un comentario

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Películas que dejan de ser un misterio

Agosto 3, 2009 · Dejar un comentario

mosca_431El cine mudo argentino, di­cen los investigadores, es un gran misterio. Aunque exis­tió una importante producción, es­timada en unos doscientos largo­metrajes de ficción, además de no­ticieros y documentales, la mayor parte se perdió. En la actualidad, no hay una filmografía completa y apenas se conservan unas cator­ce películas argumentales. Pero al problema de la conservación se suma también la falta de difusión. El material que sobrevivió casi no ha circulado porque, en general, se conservan copias únicas que no se pueden proyectar.

Para empezar a revertir esta situación, el Museo del Cine “Pa­blo Ducrós Hicken” y el Instituto Nacional de Cine y Artes Audio­visuales (INCAA) acaban de lan­zar en forma conjunta Mosaico criollo. Primera antología del cine mudo argentino . Se trata de una cuidada edición que incluye tres dvd y un libro. Para acompañar el lanzamiento, el Malba presenta en agosto una retrospectiva de ci­ne argentino mudo, en la que po­drán verse los filmes que integran Mosaico criollo y otros clásicos del período, acompañados por música en vivo.

La edición de esta caja constitu­ye todo un acontecimiento para la historia del cine nacional, ya que facilita el acceso a un material que hasta ahora no estaba al alcance de los investigadores y mucho menos del público. Además, se trata de un proyecto en el que colaboraron va­rios archivos, públicos y privados, que se concretó gracias al trabajo conjunto y articulado del Museo del Cine de la Ciudad y el INCAA, dos instituciones fundamentales en el campo de la preservación au­diovisual. La caja incluye tres dvd con seis películas de ficción, tres noticieros, dos cortos y un docu­mental, y un libro con textos ori­ginales a cargo de investigadores especializados. La idea y coordina­ción general del proyecto es de la directora del Museo del Cine, Pau­la Félix-Didier, y del crítico e histo­riador Fernando Martín Peña.

“Desde que uno sabe que exis­ten estas películas, uno quiere difundirlas. A mí en su momen­to me costó muchísimo verlas. Y cuando pude ver algunas, el pri­mer obstáculo con el que me en­contré fue la calidad de las copias”, cuenta Peña. Para Félix-Didier, “es muy importante que la edición incluya textos que contextualicen los filmes. Como hay tan poca información sobre el tema, nos parecía fundamental explicar, en cada caso, quién era el director, qué importancia tenía, en qué momento fue hecha la película, y dar un panorama general del cine mudo argentino”.

Además, en los dvd se incluyeron, antes del inicio de cada filme, textos breves con información so­bre la procedencia de las películas y el trabajo que hubo que hacer para llegar a difundirlas. Los largo­metrajes de ficción Mi alazán tos­tao , La quena de la muerte y Hasta después de muerta , por ejemplo, provienen de la colección de Ma­nuel Peña Rodríguez, la misma en la que el año pasado se encontró una versión completa de Metrópo­lis, de Fritz Lang ( Ñ , 272). Distinto fue el caso de La vuelta al bulín , de José A. Ferreyra. El Museo del Ci­ne tenía una copia única en sopor­te nitrato (un material inflamable) que no se podía proyectar, y este año el Bafici financió el tiraje de una copia nueva en 35 mm, de la que procede la versión del dvd.

El trabajo que se hizo para mejorar la calidad de las películas constituye un capítulo aparte. Los responsables del proyecto prefie­ren hablar de “reconstrucción” an­tes que de restauración, que impli­ca intervenir sobre la imagen para devolverle la calidad original.

“Restaurar todo este material de manera ideal es imposible, por­que los originales se han perdido. Elegimos el material que estaba en mejores condiciones, el que con­sideramos que iba a requerir el menor gasto y se iba a ver media­namente bien”, explica Félix-Di­dier. El primer paso fue tomar los materiales más próximos a los ori­ginales y digitalizarlos en alta reso­lución, para luego realizar correc­ciones digitales en un estudio de posproducción. Esta “reconstruc­ción” partió, en algunos casos, de fuentes documentales. “Para hacer la reconstrucción de Mi alazán tos­tao , por ejemplo, nos basamos en críticas y comentarios publicados en la prensa en esos años. Había descripciones argumentales muy detalladas que nos permitieron sa­ber cómo era la versión original, y deducir qué le falta a la copia que sobrevivió”, cuenta Peña.

La trastienda de un rescate

La “reconstrucción” digital se dio en varios niveles. Por un lado, se agregaron virados a color. “En el cine mudo, el virado a color era muy común. Entonces, cuando las películas tenían virados, los re­cuperamos”, explica Félix-Didier. Y Peña comenta: “En esa época, se usaban los colores según el mo­mento del día en que transcurriera la acción, y según se tratara de un interior o exterior. Como muchas de las copias que se conservan se hicieron en película blanco y negro, la información de los vira­dos se perdió. A veces los carteles decían ‘Esa noche sucedió…’, y el plano siguiente era a plena luz del día. Había una incongruencia na­rrativa que tratamos de corregir, respetando la paleta de colores de esos años”.

También se corrigió el tiempo de pantalla de los intertítulos. “En muchos casos los intertítulos eran muy cortos y los alargamos digital­mente para que dé el tiempo a leer­los”, explica Félix-Didier. “Cuando la imagen era muy inestable trata­mos de fijarla, y en algunos casos la reencuadramos. Además, si en los intertítulos faltaba una palabra y sabíamos cuál era, la recons­truímos con la misma tipografía. Fue un trabajo bastante artesanal, hecho con software pensado origi­nalmente para publicidad y efec­tos especiales”. En cada filme, se ajustó también la velocidad de pro­yección. “En el cine mudo –explica Peña– no había una velocidad fija, porque los operadores filmaban a manivela. Por eso, se estimó la ve­locidad viendo cada película, como se hacía entonces, y se corrigió pa­ra cada caso. La velocidad fija y es­table a 24 fotogramas por segundo se estableció recién en 1927, con la aparición de los sistemas de sin­cronización de sonido”.

Otro aspecto fundamental del proyecto fue la inclusión de la música, compuesta y producida por Fernando Kabusacki y Ma­tías Mango. “Hicimos componer música original para recuperar las condiciones en que se veían las películas en su momento. Las películas nunca eran mudas, siem­pre tenían un acompañamiento musical en vivo, ya sea el pianito en el cine de barrio o la orquesta”, apunta Félix-Didier. En uno de los artículos del libro, Kabusacki explica el modo en que trabajaron el soporte sonoro: “A veces utiliza­mos los instrumentos que se ven en la escena, como el yaraví en La quena de la muerte . También recurrimos a efectos de sonido y ruidos de ambiente, trabajándolos como material musical, como en las imágenes de aviones y batallas de En el infierno del Chaco”.

Por último, los intertítulos de los filmes se tradujeron al inglés y al francés y se agregaron como subtítulos opcionales en los dvd. Es que la caja también fue pensada para entregar a los representantes de distintos archivos extranjeros, que se reunieron en mayo pasado en Buenos Aires en ocasión del 65 Congreso de la Federación In­ternacional de Archivos de Filmes (FIAF).

Por ahora, no habrá ejemplares a la venta, sino que se entregarán copias a investigadores, escuelas de cine, bibliotecas, universidades e instituciones que puedan mul­tiplicar la difusión del material. En una segunda etapa, el Museo proyecta crear un sitio Web y su­bir allí las películas. A excepción de la música, el material de Mo­saico criollo , por su antigüedad, no está sujeto a derechos de autor. “La idea es que las películas se puedan ver desde la Web, y vamos a elaborar materiales didácticos para acompañarlas. Estamos vien­do cómo lo resolvemos desde el punto de vista técnico”, cuenta la directora del Museo.

Las películas editadas en Mo­saico Criollo se podrán ver durante todo agosto en el Malba. Además, se proyectarán otros clásicos del período como Amalia y Nobleza gaucha , en el que será el primer ciclo dedicado al tema en más de veinte años. Para que el cine mudo argentino deje de ser un misterio.

CONVENIOS Y NUEVOS RUMBOS

En julio de 2008, el mundo se enteró del hallazgo de una ver­sión completa de Metrópolis, de Fritz Lang, en el Museo del Cine. La copia formaba parte de la colección de Manuel Pe­ña Rodríguez, que pertenece al Museo. En mayo, el ministro de Cultura de la Ciudad, Hernán Lombardi, firmó un convenio con la fundación Friedrich Wil­helm Murnau, de Alemania. A cambio del préstamo de la co­pia de Metrópolis para su res­tauración, la fundación Murnau le entregará al Museo una co­pia restaurada en 35 mm, con los derechos de explotación en Argentina. Pero además, la Fundación va a financiar la pre­servación de nueve mil metros de material de nitrato, que se­rán transferidos a material de seguridad. En el Museo ahora trabajan para determinar qué material se va a preservar, en función de la importancia, la antigüedad y el nivel de dete­rioro. La directora del Museo, Paula Félix-Didier, explica: “Nueve mil metros de película es el equivalente a unos tres largometrajes mudos. Nuestra idea es transferir algo de lo que hay en el Museo en material de nitrato, como El suplicio del fuego –una película rosarina de 1923–, Amalia –el primer largometraje nacional de fic­ción–, y varios noticieros”.

El objetivo es editar ese mate­rial en una segunda antología de cine mudo que continúe el trabajo iniciado con Mosaico criollo. Pero antes, el Museo trabaja en una compilación de cortos de animación clásicos. Félix-Didier cuenta: “La idea es hacer una compilación, tam­bién en colaboración con otros archivos, con la producción na­cional clásica y otros materia­les. En el Museo tenemos una colección de una productora de la década del cincuenta que hizo cortos destinados a escuelas, parroquias y al mer­cado hogareño. Y en Sucesos argentinos también hay frag­mentos de animaciones, como las de Landrú”. Para el Museo del Cine, se trata de hacer ac­cesible el material que integra sus colecciones. “Esa es la misión principal de un archi­vo, sobre todo si es público”, apunta Félix-Didier.

(Publicado en la revista Ñ el sábado 1 de agosto de 2009)

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No tan distintos

Julio 5, 2009 · Dejar un comentario

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Películas desde los márgenes

Julio 5, 2009 · Dejar un comentario

LOGOLas salas de cine dedicadas a exhibir propuestas diferentes y arriesgadas son pocas, y precisamente por eso esenciales en la vida cinéfila de Buenos Aires. Kino Palais es una de ellas, y acaba de cumplir un año. Se trata de una sala pequeña con un perfil muy definido, que funciona en el Palais de Glace. “Del documental periférico al cine de autor, del video de creación al cine experimental, Kino Palais es una ventana abierta al espectador activo”, señala Rubén Guzmán, responsable de la programación de la sala. Cada fin de semana, Kino Palais invita a descubrir materiales audiovisuales de gran calidad, por lo general inéditos. “Los documentales periféricos son los que están más cerca del borde del género que del centro, definido por el documental convencional. La periferia a veces está dada por el cruce de disciplinas o géneros como la danza, la pintura, el ensayo literario, la poesía y el cine experimental. Esos intersticios de tratamiento del lenguaje audiovisual son los que más nos interesan en Kino Palais”, explica Guzmán.

En su primer año, la calidad de la programación fue una constante. La sala exhibió películas de culto del director canadiense Guy Maddin como Los cobardes se arrodillan, La canción más triste del mundo, Marca en la mente! -que incluyó una performance en vivo-, ¡Cuidado! y Cuentos del hospital de Gimli. También se proyectó una versión restaurada de Entusiasmo, del director ruso Dziga Vertov, y los documentales La revolución no será transmitida y La corporación. Hubo ciclos de cine paraguayo y africano, y uno dedicado al director checo Jirí Menzel. Pero además, Kino Palais se convirtió en un importante espacio para ver cine experimental. Se exhibieron obras de Arthur Lipsett, Narcisa Hirsch, y un ciclo del animador escocés-canadiense Norman McLaren, que dibujaba directamente sobre la película.

Por ahora, las proyecciones de Kino Palais son en DVD, pero los responsables de la sala evalúan la posibilidad de incorporar un proyector de 16 milímetros, que permitiría ampliar aún más la programación. En junio, la propuesta fue Encuentro con el nuevo cine danés, un ciclo que incluyó películas danesas posteriores al Dogma 95, presentado en conjunto con la sala Leopoldo Lugones. “Son trabajos muy fuertes e innovadores, tanto de ficción como documentales”, explicó el programador de Kino Palais, que se ocupa de presentar cada una de las funciones. “Sabemos que el material que ofrecemos no siempre es de fácil acceso, y por eso nos interesa generar un diálogo con el público. Hay una gran diferencia entre dejar al espectador abandonado frente a las imágenes y los sonidos, y tener un diálogo previo y a veces posterior a la proyección. Tratamos de expandir la percepción del espectador que viene a este espacio, que es un espectador activo”, explica Guzmán.

En un año, Kino Palais logró consolidar un promedio de cuarenta espectadores por función, una cifra interesante para una sala pequeña especializada en cine no convencional. Las funciones son los viernes, sábados y domingos a las 18.30 en el Palais de Glace, con entrada libre y gratuita.

(Publicado el sábado 27 de junio de 2009, revista Ñ)

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