Los crímenes de Oxford

Alguna vez José Martínez Suárez me dijo que de un buen guión podía salir una mala película, pero que de un mal guión nunca saldría un buen film. En el caso de Los crímenes de Oxford, me parece que el problema está un paso más allá del guión. La historia de la película es la de la novela argentina Crímenes imperceptibles, de Guillermo Martínez. Leí la novela hace tiempo y no la recuerdo con la misma precisión con que recuerdo la película, que vi hace unos días. Sin embargo, la sensación que tuve al terminar de leerla, a fines de 2006, fue de una falta total de verdad. Puro cálculo. En principio, las características genéricas de la novela me atraían, un whodunit inglés, en la inglesísima Oxford. Pero la historia cierra a los empujones, las vueltas de tuerca, una y otra vez, me incomodan, percibo allí algo forzado, una voluntad exagerada por hacer que todo encaje, tanto que hay algo de la historia que termina por desdibujarse.

Ahora, la película. Lamentablemente, Los crímenes de Oxford carece de todo eso que hace que amemos tanto a Alex: el humor negro de El día de la bestia o Muertos de risa, el absurdo de 800 balas o Crimen Ferpecto, esa ironía suya tan reconocible. En Los crímenes de Oxford no hay nada de eso. La película está bien actuada, tiene una fotografía y un arte increíbles y, en general, todas esas cosas que se miran en un film cuando la historia no termina de cerrar, son realmente buenas. El problema es que son buenas por separado, aisladamente.

La historia progresa de un modo raro. Hay secuencias que se sostienen demasiado en el diálogo y casi nada en la acción. Quizás tenga que ver con los razonamientos que van haciendo Martin y Seldom juntos, puede ser, pero por momentos me aburría, me deconectaba del relato.

Por otro lado, la relación entre Martin y Lorna está pintada con trazo grueso, gruesísimo. Parece alimentarse más de los clichés con que Hollywood suele narrar “el amor”, así en general, casi de modo abstracto, que de lo que pasa cuando dos personas se conocen y se acercan.

El personaje de Seldom, el matemático estrella interpretado por John Hurt, está muy bien. Hay algo de su expresión a lo largo de toda la película que me gustó mucho.

Los crímenes de Oxford es una película “correcta”, entretiene, o casi. Pero podría haber sido dirigida por cualquier otro, a excepción de dos momentos muy puntuales, que me recordaron que detrás estaba la mirada de Alex de la Iglesia. El primero, el primer plano de Ms. Eagleton (Ana Massey) muerta, la cabeza torcida, los ojos saltones, el ángulo de la cámara, la expresión de esa cara. El segundo momento, la persecución durante el concierto, con algunos personajes como Podorov disfrazados con capa y sombrero. Imposible no acordarse de La comunidad. E imposible no lamentar que el Alex de siempre haya quedado tan lejos.

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