Los falsificadores

Los falsificadores, del austríaco Stefan Ruzowitzky, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera, cuenta la historia de un grupo de judíos en un campo de concentración nazi. Pero no se trata de prisioneros comunes, sino de un selecto grupo de dibujantes, diseñadores y trabajadores gráficos confinados en un taller para falsificar letras del tesoro inglés y dólares, bajo la dirección de Salomon Sorowitsch, quien fuera el rey de los falsificadores en la Berlín de entreguerras. La historia está basada en las memorias de Adolf Burger, uno de los miembros de ese grupo de prisioneros vip de Sachsenhausen. La operación existió realmente, se conoce como Operación Bernhard, y se proponía desetabilizar las economías inglesas y americana con la inyección de billetes y papeles falsos, cuando Alemania ya perdía la guerra.

 

La película gira en torno al dilema moral que atraviesan los miembros de ese grupo: ¿Colaborar con los nazis y falsificar dinero para salvar la propia vida, aunque sea un día más, o resistir, negarse a colaborar, aún a riesgo de poner en peligro la propia vida y la de los compañeros? ¿Ser un héroe o sobrevivir?

Sorowitsch encarna la primera posición, sobrevivir a toda costa, y Burger la segunda. Sin embargo, aquí los personajes no están trazados a partir de ideas maniqueístas, sino que son ricos en matices. Sobre todo Sorowitsch que, a pesar de ser un criminal común, un falsificador que busca constantemente el modo de acomodarse, muestra una admirable lealtad por sus compañeros. Cuando los plazos comienzan a acortarse y los jerarcas nazi se impacientan, Sorowitsch afirmará: “Nunca se traiciona a un compañero, nunca”. Se lo advierte a uno de los miembros del grupo que, temeroso por su propia vida, quiere delatar a Burger, que sabotea el trabajo colectivo que les permite sobrevivir. Sorowitsch es un tipo solidario con sus compañeros, generoso, capaz de ceder su plato de comida al compañero desesperado de hambre.

Sin embargo, como recuerda Burger, el afuera presiona. Los hombres están encerrados, aislados del resto del campo de concentración, pero pueden oir todo lo que pasa. El fuera de campo presiona. Creo que esa es una gran decisión de la película, que de todos modos se pasa de políticamente correcta. Si el travelling de Kapo es inmoral, no es menos cierto que hay historias que merecen ser contadas. La clave es qué es lo que se elige contar, y cómo. Es allí donde una película se politiza. La elección que hace el guión es acertada: narrar el campo de concentración desde allí es mucho más interesante, mucho más valioso y menos amarillista, por decirlo de algún modo, que mostrar lo que pasaba fuera de ese reducto excepcional. Porque lo que pasa fuera no deja de estar, de presionar. Y estalla en una de las últimas escenas. La más impactante de todo el film: el momento en que, una vez liberado el campo por los aliados, los prisioneros raquíticos, física y psicológicamente destrozados, tiran abajo la pared del taller y apuntan a ese grupo de hombres sanos, bien comidos y limpios, creyéndolos enemigos. No hay, en ese momento, explicación que valga. Lo único que cuentan son los tatuajes de Auschwitz en los brazos. Las marcas reales. Entonces los otros bajan las armas.

El trabajo de Karl Markovics como Sorowitsch es impecable. Una expresión casi vacía, inmutable a lo largo de todo el film. Y, sin embargo, detrás hay un hombre con una ética, y un hombre que sufre. Creo que lo más interesante de esta película es, justamente, la cantidad de matices de ese personaje, la posibilidad que deja entrever de que no se es, indefectiblemente, un héroe o un traidor cuando la realidad es más compleja y terrible que cualquier posicionamiento ideológico.

De todas formas, hay algo de la película que no termina de cerrar del todo, una excesiva prolijidad, quizás una exagerada corrección política. No es casual que haya ganado un Oscar. El problema pasa, para mí, por el guión. Hay momentos en que la historia no avanza. La película se detiene en la descripción de la vida cotidiana de estos prisioneros vip. Si bien se trata de situaciones cargadas de conflictividad, hay momentos en que, en términos dramáticos, pasa muy poco. Me da la sensación de que el excesivo cuidado, esa corrección obligada por el tema elegido, no le permite al director y guionista explorar lo suficiente ciertas posibilidades narrativas que surgen del propio planteo de la historia.

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