Más The Wire

Agobiado por el calor barcelonés, el crítico español Manuel Yáñez Murillo escribió esta columna en Otros Cines, titulada Todo cine es político. La nota, hay que decirlo, es muy buena. Pero no deja de sorprenderme una afirmación que, al menos para mí, peca de obvia. Yáñez Murillo se refiere a  cuatro propuestas diferentes: varias películas de Theo Angelopoulos, las series de David Simon, creador de The Wire y Generation Kill, el comediante Adam Sandler y una reciente película de Mike Nichols (que, dicho sea de paso, me gustó poco y nada): Juegos de Poder.

El crítico señala que la relación entre las cuatro propuestas es su condición de cine político. Pero me parece que esa condición atraviesa todo el cine -o la producción audiovisual, para ser más precisos- y no solamente las producciones que establecen una relación más directa con la política, a nivel temático. De hecho, las condiciones de producción y distribución de una obra  audioviual -la llamada base material- son ya políticas. 

Dicho esto, me interesa rescatar las observaciones de Yáñez Murillo sobre las series de David Simon:  

Saltando al continente americano, pero reteniendo ciertos ecos de la cultura griega (seguirá una explicación), toca prestar atención a la figura de David Simon, ex-periodista del Baltimore Sun que ha revolucionado la televisión norteamericana gracias a la serie The Wire, auténtica epopeya urbana sobre la desintegración del tejido social a manos de la droga, la marginación y la corrupción del sistema. Después de echar el cierre a The Wire, tras sesenta magistrales episodios, Simon se ha embarcado en la realización de la miniserie Generation Kill, también para la cadena HBO. Esta propuesta, de la que ya se han emitido cuatro de sus siete capítulos y cuya trama se desarrolla durante el inicio de la actual ocupación norteamericana de Irak, remite, en el fondo, a los mismos mecanismos narrativos y formales que su antecesora.

Nos encontramos de nuevo ante relatos en los que los significados emergen de la atención microscópica a la cotidianeidad de los protagonistas. En The Wire: la espera de la escucha telefónica, la perfecta estructuración jerárquica del negocio de la droga, el seguimiento de las metodologías profesionales, la incompetencia (o pura mezquindad) de los superiores. Y en Generation Kill: la tensa espera al volante del Humvee (el vehículo motorizado de los soldados), la preparación del material, la lucha por la supervivencia… y la incompetencia (o pura mezquindad) de los superiores. Son esos los ingredientes que utilizan Simon y su equipo para radiografiar un mundo que se derrumba abandonando a la deriva a hombres y mujeres sobradamente inteligentes. Como magníficamente apuntaba Chuck Stephens en las páginas de Cinemascope, “The Wire toma su inspiración de la antigua cultura griega, adoptando la forma de un diálogo basado en la exposición de un argumento y su posterior ejemplificación. Y mientras, los poetas y filósofos de la función deben lidiar con los relámpagos que les lanzan los Dioses (comisarios de policía, alcaldes, capos de la droga) desde las alturas”.

Esta semana empecé la segunda temporada y, más allá de la adicción, cada capítulo me parece mejor que el anterior. Hasta donde pude ver, The Wire es el antimaniqueísmo por excelencia. Nadie es tan bueno ni tan malo. Como vemos todos los días, todo el tiempo, en todos los planos de nuestras vidas, reina la contradicción. Y ahí reside, para mí, la fuerza y la verdad de la serie.

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