La aventura del descubrimiento

El hallazgo en Buenos Aires de la versión completa de Metrópolis, de Fritz Lang, conmocionó al cine mundial. La colección, que perteneció al crítico Manuel Peña Rodríguez, conserva -además- gemas perdidas del cine argentino.

En julio, la noticia del hallazgo de una versión completa de la película
Metrópolis, de Fritz Lang, en el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, dio la vuelta al mundo. La versión completa de la película alemana, tal como la había terminado el director, se creía perdida desde la Segunda Guerra Mundial. Pero aunque el más espectacular, Metrópolis no es el único tesoro cinematográfico encontrado allí. En realidad, la película formaba parte de toda una colección del crítico, productor y coleccionista Manuel Peña Rodríguez, compuesta en su mayor parte por películas mudas de origen europeo. Además de Metrópolis, la colección contiene por lo menos cuatro películas argentinas mudas y dos películas extranjeras que hasta hoy se consideraban perdidas. Para el cine nacional, el hallazgo es significativo, ya que de los aproximadamente 200 largometrajes de ficción producidos antes del cine sonoro, solamente se conservaban diez. Con las películas de la colección Peña Rodríguez, pasan a ser catorce.

(Publicado en Ñ el sábado 13 de diciembre de 2008)

En rigor de verdad, la colección de Peña Rodríguez no estaba perdida, sino que pasó casi cuarenta años en dos archivos públicos sin que se conociera su importancia. Los responsables de sacar a la luz el contenido de la misma fueron el crítico e historiador Fernando Martín Peña, y la investigadora y actual directora del Museo del Cine –dependiente del ministerio de Cultura de la Ciudad– Paula Félix-Didier. Pero la historia comienza mucho antes. “Manuel Peña Rodríguez era crítico de La Nación, y después fue productor de cine”, cuenta Peña. “Pero ya en la década del 30 hay noticias de que compra películas y decide hacer una colección, básicamente de cine mudo. Esto tiene muy pocos antecedentes en el mundo. Henri Langlois, el fundador de la Cinemateca Francesa, empezó en la misma época”.

En la década del 60 Peña Rodríguez tuvo dificultades económicas, pidió un crédito al Fondo Nacional de las Artes y, como no pudo devolverlo, ofreció al organismo su colección. El soporte de las películas de la colección era el nitrato de celulosa, un material inflamable y muy inestable que generaba frecuentes incendios. Por eso, el Fondo Nacional de las Artes decidió copiar la colección en material no inflamable, y destruir los originales. Pero el traspaso se hizo de 35mm a 16mm –que era más barato– en el laboratorio más económico disponible, y esto repercutió en la calidad y en el estado en que se conservó la colección. Félix-Didier lo explica: “Para la reducción del 35mm al 16mm y las copias, primero se hace una prueba de laboratorio. Cuando la hicieron, separaron pedacitos de película que nunca pusieron de vuelta en el lugar original”. Por eso, gran parte del material está incompleto, o desperdigado en distintas latas. “Y además –agrega Félix-Didier– en 1974 la colección fue usada como base para un programa de televisión que hizo el director Luis Moglia Barth, llamado El cine y el Fondo Nacional de las Artes”. Era un programa de una hora en el que se exhibía un largometraje y un corto de la colección. “Para incluir la mayor cantidad posible de material –cuenta Peña–, Moglia Barth resumía los filmes: cortaba escenas o suprimía los intertítulos. Por eso, al revisar ahora la colección, uno encuentra que faltan uno o dos rollos de cada película, que en general aparecen en latas que dicen ‘sin identificar'”. Peña Rodríguez había muerto en 1970 y no llegó a enterarse del uso que se le dio a su colección.

En 1992 el Fondo Nacional de las Artes decidió donar la colección a una institución especializada que podía preservarla en mejores condiciones: el Museo del Cine de la Ciudad. Pero allí la colección no pudo ser revisada hasta este año. Es que el Museo del Cine, el único archivo público que tiene como misión preservar el cine argentino, se fundó en 1971 y desde entonces atravesó seis mudanzas, con todas las dificultades que ello implica para un archivo. Peña, por su parte, había tenido la oportunidad de revisar parte de la colección cuando todavía estaba en el Fondo Nacional de las Artes. Por ello y por un relato de Salvador Sammaritano, fundador del Cine Club Núcleo, sospechaba que allí podía haber material único. Pero cuando en 1999 y en 2004 preguntó por la colección en el Museo del Cine, recibió las dos veces la misma respuesta: que el archivo estaba embalado para la mudanza, primero a la calle Defensa y después a Barracas. Ahora el Museo está en una sede provisoria en Barracas, mientras espera la adecuación de un nuevo edificio para albergarlo.

Una caja de Pandora

Peña y Félix-Didier empezaron a investigar la colección este año, y se encontraron con material inédito. Pero el proceso es lento, y ambos señalan que todavía no se sabe exactamente cuántos largometrajes y cortos hay en las cuatrocientas latas, porque identificar el material no es sencillo: “Hay que ver qué hay dentro de cada lata –explica Peña–, porque es muy distinto de lo que dice afuera: es un gran rompecabezas”. De todas formas, del trabajo hecho hasta el momento ya surgen algunos datos. Según cuenta la directora del Museo, la colección tiene material raro en relación a lo que se considera el canon del cine mudo: “Son películas que no tienen el grado de relevancia ni de conocimiento e impacto público de Metrópolis, ninguna está en los libros de historia del cine”.

Para el cine mudo argentino, el hallazgo es muy significativo. “Argentina tuvo una producción de cine mudo muy grande, no sólo de largometrajes de ficción, sino también de noticieros y cortometrajes”, señala Félix-Didier. “Pero de doscientos largometrajes argumentales, se puede decir que se conservan diez, casi ninguno completo o en buen estado. Que aparezcan completas tres o cuatro películas argentinas mudas en la colección de Peña Rodríguez ya eleva el número a catorce”. Entre las películas argentinas ya identificadas hay una de José Agustín Ferreyra, La chica de la calle Florida (1922), de la que hasta ahora no había ninguna copia completa. “Hay que ver cómo se ve –aclara Peña–, pero está entera”. También hay otra, Dios y la patria, dirigida y protagonizada por Nelo Cosimi. Peña cuenta: “Es una película muda de 1931, completamente pro castrense, un melodrama filmado en locaciones reales, con los actores mezclados entre los marineros. El solo hecho de haber documentado el ejército, que en ese momento gobernaba por golpe, le da a la película un valor incluso extra cinematográfico”.

Y eso no es todo. En la colección también hay un negativo de la película La borrachera del tango (1928), de Edmo Cominetti, de la que hasta ahora el Museo sólo conservaba una copia positiva, que tiene menor calidad.

Pero la colección también depara sorpresas en cuanto al cine extranjero. “Muchas de las películas mudas tienen el título y el elenco –cuenta Peña– y hay que ubicarlas así o por el argumento, ver de qué tratan con los intertítulos. Una vez identificadas, hay que ir a buscar a los libros, y cuando no sirven, contactar a investigadores de la región a la que pertenecen. Así nos enteramos de que existen varias películas de un director soviético que se llama Yevgeni Chervyakov. Nos contactamos con Yuri Tsivian, uno de los principales historiadores académicos del cine soviético, y hay mucha expectativa por conocer algo de ese director porque, según Tsivian, tanto (Sergei) Eisenstein como (Vsevolod) Pudovkin dijeron que era un genio, pero nadie lo pudo comprobar después de los 30, porque todas sus películas se perdieron en un incendio”.

Además, se encontró La pupila de la casa número 13, fundamental para el cine checo, porque fue la primera película sonora filmada en Checoslovaquia. Y otra vez hubo sorpresas: “La que tiene el Museo es muda”, dice Peña, y luego despeja la confusión: “A principios del cine sonoro era muy común que se filmara la misma película en dos versiones que podían ser totalmente distintas: una muda para los cines que todavía no estaban equipados para el sonoro, y otra con sonido para los que sí”. Al parecer, los checos no sólo no tenían la versión muda, sino que tampoco estaban al tanto de que se hubiera hecho.

Sin embargo, la historia no termina en el hallazgo. Para que las películas puedan llegar al público, hay que hacer copias positivas y restaurarlas. “Pero se trata de procesos muy caros”, comenta Félix-Didier. Y agrega: “En la preservación audiovisual, existe la fantasía de que las películas están en algún lado. Se cree que si encontraste la lata con la película, estará dentro y todo bien. Pero por ahora lo que hay es un negativo, y con eso sólo no se puede hacer nada. Por eso es importante contar los pormenores del trabajo, porque nadie se los imagina”. Pasar una película en nitrato de celulosa a material no inflamable es muy caro, y requiere del trabajo de laboratorios especializados. Por eso, el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi, trabaja con su equipo legal para llevar adelante un convenio de colaboración entre el Museo y la Fundación Murnau de Alemania para que, a cambio del préstamo de la copia de Metrópolis, la Fundación financie la restauración de algunas películas argentinas mudas. “En cuanto a Metrópolis –señala Félix-Didier–, es un buen ejemplo para generar conciencia sobre la preservación audiovisual, porque permite plantearse preguntas que llevan a todos los problemas”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s