Corre, Fredy, corre

A LOS DIECISÉIS AÑO CRUZÓ ILEGALMENTE DE MÉXICO A ESTADOS UNIDOS. A DIFERENCIA DE MUCHOS MEXICANOS QUE PIERDEN LA VIDA O QUE TERMINAN PRESOS POR MOTIVOS RACISTAS, FREDY VIVIÓ PARA CONTARLO. Y PARA VOLVER A MÉXICO, DONDE AHORA ES GUÍA TURÍSTICO.

Estábamos solos en el camino de tierra seca. El resto del grupo había quedado atrás, pero aunque él era el guía, no se preocupaba. Yo trataba de seguirle el ritmo y de no tropezar, más atenta a lo que me contaba que a las irregularidades de ese sendero angosto entre Latuvi y San Miguel Amatlán, en la Sierra Norte de Oaxaca.

Fredy iba relajado, por momentos delante mío, por momentos detrás. La charla había empezado de casualidad. Yo quería hacer una nota sobre el proyecto de ecoturismo de los pueblos mancomunados de la Sierra Norte para venderle a alguna revista de viajes, y así empezamos a hablar. Le pregunté la edad (diecinueve) y qué hacía antes de ser guía. Me contestó que estuvo en Los Ángeles, y la verdad es que al principio no entendí. California, claro. Fredy me contó que se había ido de Latuvi a los dieciséis con Celia, una amiga. Su papá los llevó en camioneta hasta la ciudad de Oaxaca, a dos horas del pueblo, y allí tomaron un avión a Tijuana.

Hasta ese momento Fredy era solamente el guía, pero de pronto se transformó. Había cruzado la frontera burlándose de los migra. Pensé en el río Bravo y en todos los westerns. Y después pensé en Manu Chao: con el coyote no hay aduana. Fredy vivió dos años allá. Y trabajó apenas dos meses para devolverle a sus amigos mexicanos que vivían desde hacía tiempo en Los Ángeles los tres mil dólares que le prestaron para pagarle al coyote. Dos meses. No pude evitar hacer cuentas, comparar con los magros salarios periodísticos de Buenos Aires (¿cuántos meses tendría que trabajar en un matutino para pagar mi coyote?).

Como en el cine

No se lo dije, pero era lo más cerca que había estado de un héroe en mi vida. O más bien de un antihéroe, como los del cine moderno europeo o los protagonistas del cine indie americano. Pensé en los personajes de Fast Food Nation, la última película de Richard Linklater, y también en Andy, el hermano de Nancy Botwin en la serie Weeds, que se convierte en coyote para hacer plata fácil y ayudar a su amigo a cruzar a la mexicana de la que se enamoró. Pero después me acordé de Rosa y el paso de comedia se volvió trágico.

Una semana antes, en el DF, había llegado de casualidad al preestreno del documental Mi vida dentro, sobre una mexicana presa en Austin, Texas. La historia de Rosa es terrible. Rosa dejó su pueblito en el ’99, cuando tenía diecisiete, casi la misma edad que Fredy cuando se fue de Latuvi. Se instaló allá y trabajó como baby sitter hasta que pasó lo que pasó. Se casó, tuvo hijos, hizo su vida. Pero un día de 2003, mientras cuidaba a Brian, todo se vino abajo. No se sabe cómo, el nene -de tres o cuatro años-, se ahogó con pañuelitos kleenex. Sí. Se metió el papel mojado en la boca, se lo tragó y se ahogó.

El documental sigue todo el proceso judicial. Y aunque en el cuerpo de Brian no había signos de violencia, de haber sido obligado a tragarse los pañuelitos, para todo el mundo Rosa es culpable. Una fiscal de estado rubia y gélida como Hillary la acusa de homicidio (“Asesina de niños”), y el jurado la condena a noventa y nueve años en una prisión de máxima seguridad. El nivel de racismo que sobrevuela el juicio es tan obsceno que se vuelve caricaturesco. “Aunque es de México, ella es inteligente”, dice en un momento la fiscal. La sala del Reforma Lumière, a pocas cuadras de la Zona Rosa, estaba llena de mexicanos que se rieron a carcajadas. Pero esto no era una película, o no era sólo una película. Los médicos forenses aseguraban ante el juez que el cuerpo de Brian no presentaba ningún signo de maltrato, y después declaraban que para ellos Rosa era culpable.

Salimos del cine a la noche del DF. Rosa va a tener que esperar treinta años para que se pueda revisar su sentencia.

Welcome to Tijuana

Una semana después, en un camino de montaña, Fredy me cuenta cómo cruzó la frontera y no puedo evitar pensar en Rosa y también en esa frase famosa atribuída a Porfirio Díaz (“Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”). Pero para Fredy no es una hazaña, me cuenta del cruce con el mismo énfasis con que habla del tour que le tocó la semana pasada. No le digo nada de Rosa. Lo sigo.

Fredy salió de Latuvi un sábado, y el lunes a la tarde ya estaba en la casa de sus amigos en Los Ángeles. “Tres días sólo tarde, y sin conocer al migra”, me dijo. El mismo sábado, cuando él y Celia llegaron a Tijuana, se encontraron con el coyote en un hotel, e intentaron cruzar por un túnel, pero no pudieron por la migración. “No nos detuvieron, sólo nos dijeron que nos regresáramos a nuestro país”. El domingo a la noche volvieron a intentarlo, y tampoco. Así que el lunes a las cuatro de la mañana empezaron a caminar por el cerro, en medio de unos pastizales que a Fredy le llegaban casi hasta la cintura. Él era el más chico del grupo, dieciséis en total. Me contó que caminaron durante tres horas, casi corriendo, al trote. Mientras él hablaba, yo me las arreglaba para seguirle el ritmo, y trataba de imaginar cómo sería correr durante tres horas por la montaña sin poder parar.

Fredy me contó que el coyote tenía un celular para hablar con otro que estaba en el cerro. Cuando no veía a los migra, el otro avisaba al coyote que podían avanzar, pero cada tanto daba el alerta y había que parar y agacharse o tirarse al piso. Si hablaban, debían hacerlo en voz muy baja. Se comunicaban más bien por señas. Horas y horas de trotar, y llegaron a la torre de electricidad que les habían señalado cuando salieron de Tijuana. Ya era mediodía. Al rato pasó un auto por la autopista, los levantó y los llevó hasta unas bodegas. Ahí los distribuyeron en autos y camionetas. Los llevaron a San Diego, a una casa. Cincuenta personas metidas en un cuartito. “Después nos sacan y ya nos reparten con nuestros familiares o amigos, o quien les vaya a pagar su dinero”.

Fredy trabajó durante dos meses sin parar para devolver la plata del coyote. Doce horas diarias de lunes a lunes. Fue obrero de la construcción, jardinero, chofer sin registro y hasta empleado municipal. Un americano contrataba mexicanos, decía que tenían papeles y listo, con eso ya podían limpiar la autopista y cobrar plata del ayuntamiento. Ganaba entre ochenta y ciento veinte dólares por día, según el trabajo que le tocara hacer. Recién cuando pagó su coyote se pudo comprar ropa. Hasta entonces, tenía dos mudas que le habían regalado sus amigos. “Porque yo llevaba dinero, pero mi dinero allá no valía”, me dijo después.

“Y así fue mi vida allá, hasta que volví porque mi abuelito estaba enfermo, quise venir a visitarlo, y también mi hermana cumplió quince años y le hicimos su fiesta”. Celia, su amiga, también volvió para visitar a sus padres, pero se fue otra vez, porque tiene a su marido y a sus hijos allá. Van y vienen, pagan el coyote y ya está, como si fuera un trámite. Es un trámite. Fredy me explicó que volver es mucho más fácil: “Te subes al avión y ya. Como te vas, no te preguntan nada. Ellos quieren que te vayas, que ya no vuelvas”.

En la Sierra Norte, que no es el desierto, el sol estaba cada vez más fuerte. Fredy caminaba con las manos en los bolsillos del jean, la gorrita para atrás, la mochila semivacía, y silbaba. No parece de diecinueve, pensaba yo mientras me agarraba de las ramas que tenía alrededor para no resbalarme en las pendientes bruscas. Lo miraba y pensaba en Rosa. Y en los personajes de Fast Food Nation, ilegales que trabajan en el frigorífico de una cadena de hamburguesas, donde la carne a veces se mezcla con la caca de las vacas, y donde cada tanto alguno pierde un brazo o una pierna en la trituradora. Lo miraba de otra forma y me parece que se dio cuenta, porque al rato me preguntó si tenía novio.

(Publicado en Lamujerdemivida n54, otoño 2009 )

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