LAMUJERDEMIVIDA EN EL CINE

TAPA-56La mano tapa los ojos y de a poco, va entreabriendo los dedos. No queremos ver y al mismo tiempo, queremos. Aparece el morbo. Lo desagradable puede ejercer un influjo extraño, seducción y repulsión en un mismo movimiento. Sin embargo, cuando el costado atractivo gana terreno, quedamos atrapados, expectantes, deseosos de más detalles: ya no podemos cerrar los ojos. El morbo es, ante todo, voyeurismo. Un violador, un asesino, no son morbosos sino perversos. El morbo reside en quienes auscultan eso que el asesino o el violador llevaron a cabo, los mismos que no pueden cambiar de canal cuando el noticiero habla de pedófilos, de torturadores, de proxenetas. El morboso nunca es protagonista, asiste a lo terrible mientras permanece inmóvil, a salvo, como el espectador de cine. Entonces ¿una película puede ser morbosa? ¿Depende de la intención del realizador? ¿De las motivaciones del público que no puede quitarle los ojos de encima?

La selección de películas realizada por malba.cine y el equipo de Lamujerdemivida alude al morbo en distintos niveles, empezando por los tópicos más recurrentes: la deformidad (Freaks, de Tod Browning; El hombre elefante, de David Lynch), la tortura (El castigo a las mujeres de la era Tokugawa, de Teruo Ishii), la escatología (Pink Flamingos, de John Waters), la mutilación (¿Quién puede matar a un niño?, de Ibáñez Serrador) o los sesos por el aire (Scanners, de David Cronenberg). Pero de un modo quizá más sutil, también la pobreza puede ser blanco para el morbo, la denuncia que al mismo tiempo se regodea con el espectáculo de la miseria, antecedente del tour a la Rocinha y el turismo piquetero. La promesa de escuchar en estéreo los ruidos de un estómago vacío. En el cine –y en general en todas las artes– el morbo aparece sublimado, permite múltiples enfoques. Todo depende de la mirada puesta sobre el objeto.

En Ante el dolor de los demás, Susan Sontag alude a un pasaje de Tres Guineas en el que Virginia Woolf observa junto a un abogado fotografías de la guerra para ver si, al mirarlas, ambos sienten lo mismo. Son instantáneas de cuerpos mutilados, esqueletos de casas, niños muertos. Sontag plantea que no debería suponerse un “nosotros” cuando el tema es la mirada al dolor de los demás ya que las imágenes de una atrocidad pueden producir reacciones opuestas. Lo que es intolerable para algunos, puede resultar morboso para otros. La difusión de las fotos de la prisión de Abu Ghraib, por ejemplo, denunciaron las torturas a manos de las tropas norteamericanas en Iraq pero también circularon con la clásica profusión amarillista: capuchas, perros y sangre inundaron los monitores hogareños, la lupa cerca de los cuerpos hasta que pixelaran.

Sontag cita el film J´accuse del francés Abel Gance –que en 1938 mostró en primer plano a los ex combatientes desfigurados por la guerra– cuyo protagonista grita “¡Colmad vuestros ojos de este horror! ¡Es lo único que puede deteneros!”. Es una posibilidad. Mostrar las atrocidades para aprender, para escarmentar, para no repetir. Pero ante el mismo estímulo, se puede responder con éxtasis o con espanto. También el paso del tiempo ha ido modificando la mirada social sobre ciertas temáticas y por ejemplo el sexo (si no hay violencia, si no hay abuso) ya no parece ser carne para el morbo. Pero lo distinto, lo “desviado”, lo que atenta contra el ideal de la esencia humana, sigue ejerciendo la atracción de quien intenta reducir lo otro a lo mismo y se encuentra con su propio reflejo deformado. Como dice Roland Barthes, cuando el otro se vuelve irreductible –no por un súbito escrúpulo sino porque se opone al “sentido común”– siempre queda el recurso del exotismo: el otro deviene objeto puro, espectáculo, relegado al umbral de lo humano no atenta contra la seguridad del mundo propio. Cuando un secuestrador y violador pasa a ser el “monstruo de Austria”, lo monstruoso lo coloca en otra condición. Sin embargo lo siniestro aguarda en lo conocido, en el costado tan invariablemente humano del “monstruo”, en lo familiar de ese otro que no resulta tan abismalmente distinto.

En el cine, los límites entre lo que puede o no ser considerado morboso son aún más difusos. Si el morbo se define como “atracción hacia acontecimientos desagradables”, la pantalla grande ha tenido una larga tradición de censuras que intentaron regular los fotogramas según el gusto de unos pocos (que, entre otras cosas, durante años incluyeron a los besos en su categoría de desagrado). En definitiva, se puede huir de la sala de cine o aferrarse a la butaca ante la misma imagen perturbadora pero el morbo, como el deseo, no es volitivo: acecha, aparece, convulsiona. En ese segundo en el que la mueca de asco se convierte en otro gesto, estamos nosotros mismos, detrás del espejo.

Eugenia Zicavo – Lamujerdemivida

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