Una expedición a la zona negra del policial

El cine negro es una invento francés. En 1946, la crítica francesa conoció  las películas norteamericanas que no había podido ver durante la Segunda Guerra Mundial, y acuñó el término film noir para referirse al tono cínico, pesimista, oscuro, que las impregnaba. Pero aunque no lo llamaran así, los franceses ya tenían su propio cine negro: se había desarrollado incluso antes que el norteamericano, y terminaría por definir rasgos propios. El ciclo Polar. Cine policial francés ofrece hasta fin de mes un recorrido que incluye grandes clásicos y otras derivaciones del género.

En realidad, el film noir es un claro ejemplo de los cruces culturales a los que ha dado lugar la cinefilia mundial. Entre los años ‘30 y ’40, el policial norteamericano era un cine de gángsters: los protagonistas eran policías y delincuentes, el bien y el mal estaban identificados, y el mal recibía siempre su castigo. Pero en los años ‘40, con la desilusión de la guerra y el realismo de posguerra, la ambigüedad moral empieza a impregnarlo todo, y nace el cine negro. Las relaciones, hasta entonces nítidas, entre los que están dentro y los que están fuera de la ley se ponen en cuestión. Aparecen el policía corrupto y la femme fatale; y la figura central pasa a ser el detective privado, un profesional que se mueve en los bordes de la legalidad y con una ética propia. El film noir logra conjugar de manera única el realismo de posguerra con los violentos claroscuros del expresionismo alemán, una herencia que había llegado a Hollywood en la década anterior, con los cineastas y técnicos alemanes que huían del fascismo.

Pero ese estado de ánimo (negro) que se instala en el cine americano en los ’40, para la literatura no era ninguna novedad. Como la narrativa no estaba sometida a la misma censura que el cine (el Código Hays), lo negro del policial aparece ya desde mediados de los años ’20. Y en Francia pasó algo parecido. Como había menos censura, el cine policial incorporó antes ese clima oscuro y ambiguo. “La zona negra del cine policial empieza antes que en Estados Unidos porque los franceses no tenían la misma censura y podían mostrar el universo criminal de una manera mucho más explícita”, observa el programador del ciclo, Fernando Martín Peña.

Desde la posguerra, el policial francés estuvo muy influenciado por el cine negro norteamericano. Los policiales de fines de los ’40 y comienzos de los ’50 son más rápidos y violentos que los de los años ’30; la acción se traslada de los barrios obreros o del interior al glamour de París, y los criminales empiezan a manejar lujosos autos americanos. Pero el film noir francés desarrollará también rasgos propios. Los gángsters, por ejemplo, son personajes mucho más estilizados que sus pares norteamericanos: reflexivos, elegantes, respetados y con códigos éticos muy fuertes. El mejor ejemplo es Max, el personaje de Jean Gabin en el filme Grisbi, que no se olvida de conseguir piyamas y cepillo de dientes para él y su socio ni siquiera después de una noche de tiros.

Clásicos y modernos

Apócope de la palabra policier, “polar” es la etiqueta que designa al cine policial de origen francés. El recorrido que presenta el Malba con la colaboración del Servicio Cultural de la Embajada de Francia incluye clásicos como Pepe le moko (Julien Duvivier, 1937), La bestia humana (Jean Renoir, 1938), Grisbi (Jacques Becker, 1954), Rififí (Jules Dassin, 1954) y Las diabólicas (Henri-Georges Clouzot, 1955); y también cuatro títulos de la estilizada filmografía de Jean-Pierre Melville: Bob le flambeur (1956), Morir matando (1962), El último suspiro (1966) y El círculo rojo (1970).

Además, el programa exhibe algunas derivaciones del género. Hay una “zona Nouvelle vague”, con películas como Disparen sobre el pianista (François Truffaut, 1960), Sin Aliento y Alphaville (Jean Luc Godard, 1960 y 1965). Sobre esta última, Peña aporta un dato curioso: “El personaje que interpreta Eddie Constantine, el detective-espía Lemmy Caution, no lo inventa Godard, sino que viene de una serie de películas francesas de los ’50, muy exitosas y muy malas. Godard toma un personaje consagrado de la cultura pop francesa y lo mete tal cual, con la gabardina y la voz en off, en una película de arte”. El ciclo también incluye thrillers políticos como Nada (Claude Chabrol, 1974) e I…como Icaro (Henri Verneuil, 1979), que funcionan con la lógica paranoica del film noir; y varias adaptaciones francesas de novelas norteamericanas. Un recorrido extenso, clásico y moderno, por lo mejor del género.

(Publicado en revista Ñ el sábado  15 de mayo de 2010)

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