El mito que retorna

Isidro Velázquez fue muchos hombres: honesto padre de familia, bandido rural, mártir de la resistencia peronista y finalmente protagonista de una historia que se volvió mito y toca los costados más oscuros de la historia reciente del país.

Esa noche, cuenta Ruperto Aguilar, Isidro le dio un 38 marca Tanque, lustre negro. “Para tu resguardo”, le dijo. Había soñado que se tiroteaba con la policía y presentía algo. Tal vez no fuera un presentimiento, sino una sospecha fundada. Después de todo, era el bandido más buscado del Chaco, y el eco de sus hazañas llegaba hasta Buenos Aires. Dicen que Isidro Velázquez confiaba en el cartero Aguilar y en la maestra de Machagai, Leonor Marianovich de Cejas. Confiaba, porque a él la gente no lo traicionaba: lo quería.

Pero esa noche fue diferente.

El 1 de diciembre de 1967 la policía chaqueña los mató a los dos, a él y a su socio, Vicente Gauna. Era sábado y hacía mucho calor. Habían subido los cuatro al auto. Velázquez y Gauna iban a dar otro golpe: el asalto a una sucursal del Banco Nación. Pero de camino a Pampa Bandera, cuenta Aguilar, antes de llegar al puente, el auto se detuvo. Isidro preguntó qué pasaba y Leonor dijo que perdía un poco de agua y calentaba. Le pusieron agua, pero hubo que parar otra vez. Y fue la última. Isidro se dio cuenta y salió corriendo. Del otro lado del puente, unos 35 policías disparaban al Fiat 1500 rojo. A Aguilar le dieron en la pierna, y a Gauna lo mataron dentro del auto. A Isidro tuvieron que correrlo hasta que uno le dio. Pero antes de caer, llegó a lanzar un sapucay, que es un grito de guerra. El último antes de convertirse en leyenda.

Un hombre común

¿Cómo se transforma un padre de familia honesto y trabajador, miembro de la cooperadora escolar, en el bandido rural más célebre de los sesenta? Con ayuda de la policía. A Isidro le pasó lo mismo que a los héroes perseguidos de la literatura gauchesca. Un día de 1961, la policía empezó a hostigarlo. Los motivos no están claros: se habla de falsas acusaciones y de problemas familiares. El caso es que lo metieron preso por un delito que no había cometido, él se escapó y se escondió en el monte con su hermano Claudio.

Muy pronto, el correntino Velázquez, de 32 años, se convirtió en un bandido a la vez temido y respetado, que sabía camuflarse en el monte como ninguno. En los pueblos, compraba la protección de los campesinos con parte del botín, pero además sabía ganarse su simpatía. Por eso no podían atraparlo, ni siquiera cuando estaba cercado. Y así nació el mito. La gente empezó a atribuirle poderes mágicos: se decía que las puntas de su pañuelo le indicaban de dónde venía la patrulla, que su sapucay inmovilizaba a sus enemigos, que podía transformarse en animal o hacerse invisible.

Pero más que poderes, lo que Isidro tenía era una habilidad tremenda para esconderse. Francisco Centurión, un sobrino nieto de Velázquez que vive en Buenos Aires, dice: “Él era conocedor de la selva del impenetrable, y la famila cuenta que tenía dos o tres lugares muy puntuales. Encontraron un ombú que en el centro era hueco y tenía utensillos. Cuando lo buscaban, se escondía en el centro del ombú, que ya estaba preparado como refugio, con lo necesario para subsistir algunos días. Y otra historia es que él, con las cañas de bambú, se metía en los esteros de la zona y respiraba a traves de las cañas”.

Claudio murió en un enfrentamiento con la policía en 1963, e Isidro desapareció  por un tiempo. Pero en 1964, volvió al ruedo con Vicente Gauna. Juntos formarían un verdadero dúo dinámico, que pondría en jaque a la policía provincial. Y aunque eran socios, la gente solía atribuir los actos de violencia a Gauna, como antes a Claudio, alimentando el mito de la nobleza de Isidro. Velázquez y Gauna dieron varios golpes, secuestraron a grandes hacendados y llegaron incluso a asaltar y matar al intendente de un pueblo. A Isidro lo llamaban “el Vengador”. Algunos dicen que por su hermano Claudio. Otros aseguran que los campesinos lo llamaban así porque veían en él a un justiciero, el vengador de los atropellos que padecían.

Para las autoridades, eran un peligro. Tanto que los pueblos aparecieron empapelados con la foto de Isidro y el famoso “buscado”. Ofrecían dos millones de pesos, vivo o muerto. La que pagaba era la Sociedad Rural del Chaco, aterrorizada por los asesinatos de estancieros. Pero ni el dinero, ni la intervención del Ministerio del Interior, ni una tropa de 800 policías pudieron evitar que la operación fuera rebautizada luego como “Operativo fracaso”. Gauna y Velázquez se habían escapado otra vez.

La fama cuesta

En una entrevista publicada por la revista Gente en septiembre de 1967, un periodista le preguntó a uno de los policías que lo buscaban si creía que lo iban a atrapar. “No, es imposible –respondió. Estoy seguro de que, por más que le tiremos, las balas no van a entrar. Ustedes saben que el agente Mieres vació su pistola y no hubo caso. Después, Velázquez, con un solo tiro, le atravesó el corazón”.  A lo que el periodista retrucó: “Entonces, ¿está convencido de que si se topa con ellos usted es hombre muerto?”. Y la respuesta del agente da una idea exacta de lo que significaba Velázquez allá: “No sé si me va a liquidar. Él le saca dinero a los ricos para repartirlo con un pobre. Y yo gano catorce mil pesos por mes…Si llego a toparme con ellos en el monte, creo que le diría que maten a un hacendado, no a mí justamente”.

Pero se equivocaba. Menos de dos meses después, Velázquez y Gauna caían en una emboscada. El 1 de diciembre pasado, el sitio www.chacointerior.com publicó una entrevista a Ruperto Aguilar. La historia más repetida dice que él y Leonor los traicionaron. Por eso, al puente donde murieron lo llaman “El puente de la traición”. Pero Aguilar rompió un silencio de 42 años para explicar que él no sabía nada y que debía morir también. En la entrevista cuenta que empezó a colaborar con Velázquez y Gauna en el ’65: ellos necesitaban un auto para trasladarse, y él quería conocerlos. Pero como no tenía coche, sumó al plan a su amigo Alberto Cejas, que agarró enseguida. “Era una gran aventura para cualquier chaqueño –dice Aguilar-, ¿quién no quería conocer a ese personaje?”.

El problema fue que Leonor, la esposa de Cejas, hizo participar a Pipilo Cerdeira, otro empleado del correo que también quería conocerlos. “Los Velázquez le habían dado diez mil pesos, y el pibe salió con unas copas demás a fantasear con ese dinero gritando que conocía a los Velázquez”. La policía se enteró y los extorsionó para que los entregaran. A Aguilar le dijeron que tenía que acompañar a la maestra, que iba a trasladarlos. “Yo tampoco sabía qué iba a pasar. Me iba enterando mientras ocurrían los hechos”, dice él. Y asegura que Velázquez era su amigo. Tan amigo que le regaló uno de sus cuadernos. Los distintos relatos sobre su vida señalan que Isidro solía llevar un cuaderno en el que dibujaba sus andanzas, y que quería publicar un libro. “Para que se sepa la historia exacta de Los Velázquez”, decía.

El asesinato de Velázquez significó tanto que el 1 de diciembre fue declarado “Día de la policía chaqueña”. Pero la gente humilde lloró su muerte, y convirtió las tumbas de Velázquez y Gauna en sitios de peregrinación y ofrenda. Después, comenzó a circular un chamamé de Oscar Valles que cantaba el dolor del pueblo frente a su muerte. Semejantes muestras de afecto eran inaceptables para las autoridades. Por eso quemaron el árbol donde cayó Isidro, borraron las señas de la tumba y prohibieron el chamamé.

Pero iba a ser difícil borrar del todo una existencia como la suya.

Una vida de película

En 1959, apenas dos años antes de que Isidro entrara en acción, Eric Hobsbawm publicó el libro Rebeldes primitivos, en el que teorizaba sobre el bandolerismo social. A Hobsbawm le llamaba la atención la uniformidad con que aparece un tipo de bandido rural, solidario con los campesinos, admirado y apoyado por la comunidad, empujado al margen de la ley por una injusticia, que no mata sino en defensa propia o por justa venganza. Como Isidro Velázquez.

Inspirado en el libro de Hobsbawm, el sociólogo Roberto Carri publicó en 1968 el ensayo Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia. Allí desplegaba una visión propia sobre la vida de Velázquez, teñida del espíritu de la época. Pero Carri no fue el único. “En un documental sobre el Che Guevara –cuenta Francisco Centurión- vi que él en su diario decía que necesitaba más hombres rebeldes como un tal Isidro Velazquez, que tenía a toda la policia pendiente, y que hacía todo para ayudar a la gente humilde”. Y en 1970, el cineasta Pablo Szir y su pareja de entonces, la productora Lita Stantic, tomaron el libro de Carri para elaborar el guión del documental Los Velázquez.

Stantic contó la historia de esa película en un capítulo del libro La cultura popular del peronismo, editado en 1973. La idea inicial del film, explicaba allí, era hacer una especie de biografía del Chaco: registrar los ciclos productivos del algodón y del tanino, e incluir en el relato a los Velázquez y a Gauna. Pero cuando fueron para allá, algo pasó. “La historia de estos hombres resultó demasiado significativa como para que tuvieran una cabida tan pequeña en nuestro proyecto”. Y por eso Los Velázquez se transformó en un film de ficción. Pero entre el ’68 y el ’71 habían pasado muchas cosas, y la lectura de la historia de los Velázquez también cambió. “El Velázquez que habíamos conocido a través del libro de Carri –explicaba Stantic en el libro- cambiaba de significado, ya no se era un prerrevolucionario –un bandido con cierta conciencia social-, sino un mártir más de la resistencia peronista”.

Szir fue secuestrado en 1976 y llevado a un centro clandestino de detención conocido como Sheraton, donde estuvo hasta diciembre del ’77. Según el informe de la Conadep, en ese lapso se cruzó con Carri, también detenido allí. Los dos están desaparecidos. Y a la desaparición física del escritor y el cineasta, se suma la de su obra. “Los Velázquez –contó Stantic en una entrevista publicada en Página/12- desapareció con Pablo. El negativo lo tenía él. Estaba completada la filmación, había un armado, el positivo estaba en el laboratorio, y el compaginador lo destruyó porque le dio miedo. Por supuesto, cada tanto aparece alguien con un dato, dice que puede estar en Cuba… Ya es un mito”.

Otro mito para una historia que insiste. 

(Publicado en la revista Lamujerdemivida n58, otoño 2010)

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