La marihuana también sale del clóset

Desde la censura de los años 30 a la aparente liberalidad de los 60, la representación del consumo de cannabis en el cine llega a nuestros días con la consagración del género stoner y la mirada adulta de “Policía, adjetivo”, filme rumano recién estrenado.

La rutina del detective Cristi es bastante aburrida: tiene que seguir a un estudiante que fuma marihuana por las calles de Vaslui, una ciudad rumana tan gris como detenida en el tiempo. En Policía, adjetivo, la nueva película del director de Bucarest 12:08, Corneliu Poromboiu, asistimos al monótono procedimiento que sigue el joven policía para averiguar si el chico es o no dealer.

Después de varios días de vigilancia, Cristi está seguro de que el chico fuma con amigos pero no vende. Sin embargo, el jefe insiste con detenerlo y Cristi sufre una crisis de conciencia: no quiere arruinarle la vida con tres años y medio de cárcel (el mínimo por posesión en Rumania) por algo que en parte de Europa ya está despenalizado y que pronto, supone, se despenalizará en Rumania también. Policía, adjetivo es un policial atípico, en el que una definición de diccionario puede ser crucial. La película pone en escena el dilema ético de Cristi y también la impotencia del individuo solo frente a los hábitos autoritarios de la burocracia. Pero además, el filme propone un abordaje original del tema de la marihuana.

Desde los inicios del sonoro, el cine representó el consumo de marihuana desde los enfoques más diversos. El recorrido por las principales películas que se refirieron al porro o lo tuvieron como protagonista ilustra los cambios en los discursos y los prejuicios sociales. Desde la demonización de los años 30 a la apología de los 60 y 70 y el surgimiento ­en el siglo XXI­ de la comedia fumona como género, la representación de la marihuana en el cine se puso a tono con los vientos que soplan en el mundo a favor de la despenalización.

La hierba infernal

El cine tuvo desde sus inicios una relación estrecha con las prohibiciones. En 1934 la Asociación de Productores de Estados Unidos creó el Código Hays, una serie de reglas sobre lo que se podía ver en la pantalla y lo que no. El Código condenaba las películas que “rebajaran el nivel moral de los espectadores” y, para ello, prohibía mostrar una larga lista de cosas, entre las que se contaba el tráfico y consumo de drogas. Pero como los tabúes y el sensacionalismo venden, hubo cineastas que se dedicaron a producir películas al margen de los estudios y explotar esos temas con bastante morbo.

Uno de los pioneros de ese cine ­conocido como exploitation­ fue Dwain Esper, que en 1936 dirigió Marihuana.

La película de Esper utilizaba la excusa moralizadora de advertir sobre los peligros para incluir todo aquello que las buenas costumbres no permitían mostrar.

Aunque los títulos anunciaban que el filme se había hecho con ayuda de oficiales de narcóticos, el afiche promocional no dudaba en recurrir a un combo de pecados para atraer al público: “La hierba con raíces en el infierno”, “Crimen”, “Lujuria”, “Extrañas orgías”, “Fiestas salvajes”. Marihuana cuenta la historia de Burma, una chica que va con amigas a una fiesta, fuma un porro y termina embarazada, soltera, adicta y traficante.

En 1937, Estados Unidos prohibió el cannabis y acompañó la decisión con una fuerte campaña publicitaria. En 1938 apareció El porro de la locura (“Reefer Madness”), del francés Louis Gasnier, que antes había dirigido a Carlos Gardel en Melodía de arrabal, Cuesta abajo y El tango en Broadway. El título original del filme ­financiado por una iglesia para alertar a los padres­ era Cuéntale a tus hijos (“Tell your children”).

Pero Dwain Esper lo compró y reeditó para distribuirlo en el circuito del exploitation con un título más vendedor. Según la película, la marihuana lleva a la locura. Para demostrarlo, muestra a chicos que fuman y se vuelven asesinos, violadores o que participan de orgías. La demonización va tan lejos que es graciosa. Con el tiempo, la película se volvió de culto y llegó a tener una remake musical.

Según diversos testimonios, hacia fines de los años 40 la única droga conocida en Argentina era la cocaína. Pero Argentina Sono Film quiso aprovechar el revuelo mediático que había generado la detención de Robert Mitchum por posesión en 1948, y produjo Marihuana (León Klimovsky, 1950). La película cuenta la historia de un médico que pierde a la mujer en el bajo mundo de la marihuana, y es arrastrado él también a la adicción y la vida criminal.

En 1968, Lucas Demare (La guerra gaucha) filmó Humo de marihuana, una remake del filme de Klimovsky en la que los efectos del porro son un mix arbitrario e inverosímil de la abstinencia de la cocaína y la psicodelia del LSD.

El testimonio de la actriz Marcela López Rey ­citada en el libro Cine bizarro, del cineasta y crítico Diego Curubeto­ evidencia el grado de ignorancia y mitificación del tema: “En esa época ­señala­, en Argentina nadie conocía esta droga, por lo que ninguno de los actores sabía cómo era fumar un cigarrillo de marihuana. Lucas Demare se sentía todo un experto, pero en realidad él de lo que sabía era de la blanca, así que nos indicaba fumar marihuana de una manera muy rara”.

En los años 40, 50 y parte de los 60, la censura de Hollywood impidió que la marihuana apareciera en la pantalla. Según cuenta Curubeto en su libro, Orson Welles fue el primero en incluir escenas con marihuana en una película hecha por un estudio.

En Sed de mal (“Touch of evil”, 1958), un grupo de chicanos rockers secuestran a la protagonista y la drogan con marihuana. La asociación no era casual: para los norteamericanos, la hierba era cosa de grupos marginales, radicales o de inmigrantes.

Pero no siempre que el cine se ocupó del cannabis fue para desinformar o estigmatizar a sectores minoritarios. En una línea distinta, el corto Cáñamo para la victoria (“Hemp for victory”, 1942), producido por el Ministerio de Agricultura de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, alentaba el cultivo y la manufactura. Es que además de los usos terapéuticos y recreativos, la planta sirve para fabricar productos textiles como lonas, cuerdas, redes, arpilleras y telas; y en 1942 era necesaria para suplir la escasez de fibras industriales importadas de Europa. Pero después de la guerra, el gobierno negó la existencia del corto.

Flower Power

En los años 60, la percepción de que la marihuana era peligrosa empezó a cambiar. Para los estudiantes, fumar porro era una forma de rechazar los valores establecidos. La marihuana sintetizaba las ansias de libertad de una nueva generación, y se convirtió en el símbolo de la contracultura. Los Beatles, por ejemplo, la probaron en 1964 de la mano de Bob Dylan, y cuando empezaron a filmar Help! (Richard Lester) en 1965, ya la habían incorporado a su desayuno diario.

Suprimido el Código Hays en 1967, el cannabis volvió a aparecer. Busco mi destinto (“Easy Rider”, 1969), dirigida y protagonizada por Dennis Hopper, en el papel de un motoquero hippienarco, se convirtió en un éxito de taquilla, fue nominada a dos Oscar y ganó el premio a la mejor ópera prima en el Festival de Cannes. La película, famosa por su retrato del consumo de drogas, contribuyó a desestigmatizar el tema, igual que Woodstock, el filme (Michael Wadleigh) que retrató el punto más alto de la contracultura, y que en 1971 se llevó el Oscar al mejor documental.

En los 70, la marihuana parecía estar en todas partes y las referencias en el cine viraron hacia la apología. El porro pasaba así a formar parte de la cultura popular. Pero la verdadera revolución llegó en 1978, con una película de bajo presupuesto que la Paramount no quiso distribuir: Como humo se va (“Up in smoke”), de Lou Adler. Protagonizada por Cheech Marin y Tommy Chong, es una comedia apologética bastante divertida y la primera de una saga de filmes sobre las aventuras de dos hippies que viven fumados. Con Cheech y Chong quedó atrás la imagen siniestra del fumador de porro, y se abrió paso la caricatura del hippie fumado, pacifista y medio tonto. Cheech y Chong también se volvieron personajes de culto.

Divina comedia

Después de un período de relativa tolerancia, en los 80 el gobierno de Ronald Reagan volvió a la carga con la guerra contra las drogas, pero para entonces los directores ya se animaban a incluir escenas con marihuana en películas para todo público (como en Nine to five o Cómo eliminar a su jefe, 1980). En 1993, Richard Linklater estrenó Rebeldes y confundidos (“Dazed and confused”). Ambientado en 1976, este clásico de la comedia juvenil­y homenaje a American Grafitti, 1973, de George Lucas­ cuenta el último día de clases de un grupo de estudiantes que fuma porros hasta dentro del aula.

Ya en la primera década del siglo XXI, empezó a tomar forma un género nuevo, descendiente de Cheech y Chong: las películas stoner , donde la acción gira en torno a conseguir marihuana, perderla, recuperarla o fumarla.

“De un tiempo a esta parte ­observa la editora de la revista de cultura cannábica THC, Celeste Orozco­ aparecieron películas que incorporan el fumar porro como una situación de la vida cotidiana de los personajes, sin problematizar la cuestión. No siempre son buenas películas, pero esto indudablemente tiene que ver con que la percepción del tema está cambiando, virando hacia la normalización”.

Entre los títulos stoner más famosos están Aventura nocturna (“Harold and Kumar go to White Castle”, Danny Leiner, 2004), la secuela Dos colgados muy fumados (“Harold and Kumar escape from Guantanamo bay”, Jon Hurwitz y Hayden Schlossberg, 2008) y Pineapple express (David Gordon Green, 2008).

Pero el porro ya aparece también en comedias mainstream como Ligeramente embarazada (Judd Apatow, 2007) o Enamorándome de mi ex (Nancy Meyers, 2009).

A nivel local, un buen ejemplo es la comedia Tiempo de valientes (Damián Szifrón, 2005), con esa escena memorable en la que un policía prende un porro en el auto, para sorpresa del psicoanalista que lo acompaña.

Para darse una idea de cuánto cambiaron las cosas, basta recordar que en varios lugares ya se despenalizó el consumo terapéutico y que, en 2009, la Corte Suprema argentina declaró inconstitucional la norma que reprime la tenencia de marihuana para consumo personal. Como el cine nunca es ajeno a lo que pasa a su alrededor, la proliferación de porros en la pantalla ya no sorprende a nadie. Pero la reflexión irónico-existencial de Policía, adjetivo ­que traslada el debate al plano de la conciencia­ introduce una variante nueva y reclama a su modo dejar atrás las leyes del viejo estado totalitario.

RECUADRO: DOCUMENTALES Y ACTIVISMO

La revista británica The Economist publicó en 2009 un artículo en el que propone legalizar las drogas como la solución menos mala ante el fracaso de la prohibición.La legalización del consumo, sostiene, expulsará a los delincuentes y transformará un problema legal en uno de salud pública. El argumento está en sintonía con el estado del debate público, que en el caso de la marihuana es emblemático: el reclamo por la despenalización empezó en Estados Unidos en los 70, y hoy ya es global.

En la última década, el activismo cannábico produjo numerosos documentales que recorren la historia de la legislación, el negocio económico, los estudios científicos y la manipulación informativa de los gobiernos y los medios en relación a la marihuana.

“‘Grass’ (Ron Mann, 1999) fue la primera película que dejó en claro a todo el mundo, a favor y en contra, que el problema no son las sustancias prohibidas sino las leyes que las regulan – ­señala Celeste Orozco, editora de la revista de cultura cannábica THC­-. Es una excelente investigación sobre la historia de la prohibición en Estados Unidos, con fragmentos de películas de antipropaganda y experimentos de la CIA”.

Después surgieron otros documentales como “The Union” (Brett Harvey, 2007), que examina el funcionamiento del negocio; y “Super high me” (Michael Blieden, 2007), parodia de “Super size me” (Morgan Spurlock, 2004), el filme que retrataba los efectos de McDonalds sobre la salud. En “Super high me”, el comediante Doug Benson se somete a 30 días de abstinencia y 30 de consumo permanente de porro (en California, con receta médica es legal) y muestra cómo repercuten ambas “dietas” en su salud. “Me parece bastante malo ­dice Orozco­, pero tiene imágenes muy buenas de los dispensarios californianos y todas las trabas que les han puesto para funcionar. Y también hay documentales que están muy por fuera del registro del activismo, como ‘Haschisch’ (Daniel Grabner, 2002, sobre los campesinos del hash en Marruecos), que es más bien una película contemplativa pero de todos modos arroja bastante luz a la cuestión”.

(Publicado en revista Ñ el sábado 24 de julio de 2010)

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