Ojos bien abiertos para los quijotes del cine


El cine argentino se muere de a poco. Muere una muerte gris, de aquél a quien no salva ni el recuerdo de lo que fue. Nuestro cine necesita una salvación mesiánica.

Mas esta salvación no vendrá ni del cielo, ni de la gente ya seca y desgastada, ni del gobierno, ni de las sonrisas de nuestras estrellitas. Esta salvación tiene que venir de los eternos quijotes de cualquier actividad humana. De los jóvenes. De los que quieren emprender la desmesurada tarea de rehacerlo todo”. La cita es del editorial del primer número de Tiempo de Cine, que salió a la calle en agosto de 1960. Los quijotes eran los nuevos directores que impulsaban una renovación temática y formal en el cine argentino: la llamada “Generación del 60”.

El editorial, titulado “Quijotes para una agonía”, era toda una declaración de principios: “Por eso estamos aquí. Para ayudar a mantener los ojos abiertos a los quijotes del cine. Para ayudarlos y criticarlos. Para corresponderles en el plano teórico, para actualizar un nuevo lenguaje. Nuestra objetividad se limitará a la información. En el plano estético y en el plano humano no somos contemporizadores de la blandura.

Ni del acomodo social, ni político, ni artístico”.

En agosto se cumplieron 50 años de la aparición de esta revista, calificada por el prestigioso crítico italiano Guido Aristarco como “la mejor revista de cine de habla castellana”. Este mes, el ciclo Tiempo de cine: 50 años invita a recordarla a través de las películas que más entusiasmaban a los que escribían allí.

Editada por el cineclub Núcleo entre 1960 y 1968, Tiempo de Cine acompañó y alentó a la nueva generación de cineastas, que veía en el cine un medio de expresión personal y artística. El consejo directivo estaba integrado por Salvador Sammaritano, Víctor Iturralde, José Agustín Mahieu y Héctor Vena; y había un “cuerpo crítico estable” formado por ellos, Edgardo Cozarinsky, Mabel Itzcovich y Carlos Burone. Quino estaba a cargo de la sección de humor y el diagramador era el artista plástico Rogelio Polesello. Además, la revista tenía prestigiosos colaboradores extranjeros como Guido Aristarco, director de la revista Cinema Nuovo, y George Fenin, editor de la neoyorquina Film Culture. También figuraba en el staff el uruguayo Homero Alsina Thevenet, y con el tiempo se sumarían Tomás Eloy Martínez, Horacio Verbitsky, Ernesto Schóo, Leopoldo Torre Nilsson, Roberto Raschella, Domingo Di Núbila y Jorge Miguel Couselo, entre otras firmas.

Tiempo de Cine participó del clima de modernización cultural de los 60 y acompañó desde la crítica la renovación de los cines de todo el mundo. La revista publicaba reseñas, fichas de los estrenos locales, ensayos sobre películas, directores o cinematografías, entrevistas y coberturas de festivales. Pero además, intervenía en cuestiones coyunturales: criticaba el mal desempeño del Instituto de Cine y cuestionaba duramente la censura. Un ejemplo: en el número 8 (octubre-noviembre 1961) la revista publicó, a modo de editorial, el fallo judicial que desestimaba la denuncia de un fiscal ­célebre por su espíritu censor­ contra Alias Gardelito (Lautaro Murúa, 1961).

Uno de los rasgos más notables de la revista era la cantidad de información sobre películas y directores de distintas nacionalidades. No había una línea teórica homogénea, pero todos los autores entendían la crítica como un medio de reflexión, análisis y debate que enriquecía la experiencia del espectador. Los unía la pasión por un cine auténtico y la admiración por el neorrealismo italiano y los “nuevos cines” que le siguieron, como el polaco de mediados de los 50, la nueva ola checa, el free cinema inglés y, en menor medida, la nouvelle vague francesa.

Tiempo de Cine era una revista hecha entre amigos, en la que nadie cobraba nada, pero que llegó a tener un enorme prestigio. A pesar de ello, no pudo escaparle al destino de tantas revistas culturales: en un principio iba a ser mensual, pero dada la inestabilidad económica de esos años, la salida se fue espaciando hasta interrumpirse primero en 1965 y de manera definitiva en 1968.

La revista apareció en una época en que la crítica de cine no tenía el mismo estatus que la crítica literaria o teatral. Medio siglo después, al recorrer sus páginas, se vislumbra ese momento en el que empezaba asomar un nuevo modelo de crítico profesional, especialista en su tema, capaz de analizar y escribir sobre cine a partir de una formación cinéfila.

El ciclo del Malba recorre parte del cine que se veía en los 60 y trata de recuperar algo del clima de esos años, en los que el cineclub Núcleo era una cita obligada para todo cinéfilo, y las proyecciones continuaban con debates apasionados en los bares aledaños. La muestra incluye títulos de grandes directores como Jean Renoir, Ingmar Bergman, Andrzej Wajda, Federico Fellini, Luchino Visconti, Andrei Tarkovski, Michelangelo Antonioni, Alain Resnais, Joseph Losey y Fernando Birri, entre otros. Una propuesta para recordar frente a la pantalla a una publicación que, con apenas 23 números, supo dejar su marca.

(Publicado en revista Ñ el sábado 11 de septiembre de 2010)

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