Al rescate del cine nacional (en el Bafici)

Desde la primera edición, el Bafici se asocia con el cine nuevo: el festival donde ver lo último del cine independiente del mundo y otras rarezas. Pero entre la gran cantidad de material –427 títulos– hay una sección, Clásicos Modernos, que mira hacia atrás. En conjunto con el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, el festival presenta varios cortos y largometrajes de la colección del Museo que fueron rescatados o restaurados: Metrópolis, de Fritz Lang; La terraza, de Leopoldo Torre Nilsson; Facundo, el Tigre de los Llanos, de Miguel Paulino Tato; y varios cortos de animación de los años 50 reunidos bajo el tíulo de Plácido y los refranes animados. “Desde hace un tiempo hay una movida por parte de los festivales de incorporar secciones de películas rescatadas, restauradas, preservadas o reencontradas. Esto forma parte de la misión de los festivales de encontrar nuevos públicos para distintos tipos de cine, y es fundamental porque le da visibilidad a la causa de la preservación”, señala Paula Félix-Didier, directora del Museo del Cine.

Cuando Félix-Didier habla de la preservación como una causa, no exagera: se trata de una pelea solitaria y difícil contra el paso del tiempo, pero también contra la desidia. Es que las películas no duran para siempre. La mayoría de la gente cree que todas las películas que vio en el cine o en la tele están en algún lado, pero no es así. Para que el paso del tiempo no las arruine hay que preservarlas, es decir, conservar el negativo original de 35 milímetros en condiciones adecuadas de humedad y temperatura. Bien guardado, el fílmico puede durar más de 100 años. Pero la preservación es muy cara. En la Argentina, según los especialistas, el 90% del cine mudo y el 50% del cine sonoro está perdido y es irrecuperable. En algunos casos, quedan copias en soportes distintos al fílmico, pero los formatos digitales no sirven para preservar porque no resisten tanto tiempo como el celuloide; sólo son útiles para difundir.

La pérdida de gran parte del patrimonio fílmico nacional es la consecuencia de años sin una política estatal orientada a la preservación. El Estado ha invertido recursos en la producción cinematográfica desde 1947, pero nunca se ocupó de preservar las películas que ayudaba a producir. En 1999 el Congreso sancionó la ley 25.119, que creaba la Cinemateca y Archivo de la Imagen Nacional (CINAIN), pero el proyecto pasó más de 10 años en un cajón. Recién en agosto de 2010 la presidenta Cristina Kirchner firmó la reglamentación –un paso indispensable para crear el organismo–, y en este momento el trámite sigue su curso administrativo.

Por ahora, el único archivo público dedicado a la preservación cinematográfica es el Museo del Cine de la Ciudad. Pero aunque viene realizando un buen trabajo, cuyo punto más alto fue el hallazgo en sus depósitos de una versión completa de Metrópolis, el Museo está desde 2005 en una sede provisoria que no cumple con las condiciones mínimas necesarias para guardar películas. Al cierre de esta edición, el Gobierno de  la Ciudad preparaba un anuncio para hacer en el Bafici sobre la nueva sede del Museo del Cine.

Las películas

Entre las películas que va a presentar el Museo del Cine, la más importante es Metrópolis (1927). En julio de 2008, Félix-Didier y el investigador y coleccionista Fernando Martín Peña descubrieron que la copia de Metrópolis que estaba en el Museo desde 1992 no era una más, sino la única versión completa que quedaba en el mundo de la película tal como la había montado su director, Fritz Lang. La noticia dio la vuelta al mundo y el Museo hizo un convenio con la Fundación Murnau: se envió la película a Alemania para que fuera restaurada y, a cambio, la Fundación entregó una copia de Metrópolis restaurada en 35 milímetros con los derechos de explotación, y financió el traspaso de varias películas de la colección del Museo que estaban en nitrato de celulosa –un soporte inestable, fácilmente inflamable– a un soporte fílmico estable.

En la misma colección en que encontraron Metrópolis, Peña y Félix-Didier también descubrieron otras películas, locales y extranjeras, que se creían perdidas para siempre como la rusa Mi hijo, el documental Kivarina y la norteamericana The Arian, de Wiliam F. Hart. “Mandamos copias en dvd a los países de origen de estas películas para que las estudien y están viendo si se pueden restaurar”, cuenta Félix-Didier. Como Metrópolis, todas las películas de esa colección –que pertenecía al crítico Manuel Peña Rodríguez– están en copias de 16 milímetros hechas en la década del 70 a partir de material en 35 milímetros muy deteriorado. “Todos los defectos que tenían esos originales se imprimieron en las copias, por eso no hay posibilidad de hacer ningún proceso fotoquímico; no queda otra que la restauración digital, que es muy cara”, explica Félix-Didier. La restauración implica escanear digitalmente la película, restaurarla cuadro por cuadro y volver a copiarla en 35mm para proyectarla. Eso fue lo que se hizo con Metrópolis; un proceso largo y complejo que costó, según la Fundación Murnau, unos 600 mil euros. La versión completa del film de Fritz Lang se estrenó en el Festival de Berlín de 2010 en una copia digital, y ahora se proyecta en el marco del Bafici en 35 milímetros con música en vivo (12 de abril a las 20).

Pero aunque la más espectacular, Metrópolis no es la única película que presenta el Museo en el Bafici. También se va a proyectar La terraza (1963), una de las obras menos vistas de Leopoldo Torre Nilsson (9 y 11 de abril). “Es una película de la Generación del 60, de adolescentes rebeldes de clase alta con angustia existencial. La película nunca se editó en video o dvd, y el negativo –única copia existente– está en la colección que ahora pertenece al canal de cable Turner, que adquirió toda la biblioteca de películas de ISat. Turner nos prestó el negativo y el Bafici financió la realización de una copia nueva en 35 milímetros”, explica Félix-Didier. Lo de La terraza no es una restauración sino un “rescate”, ya que el negativo original, que es el elemento de preservación, está bien conservado. Gracias a la copia, la película vuelve a ser accesible al público.

El Museo también presenta una verdadera rareza: Facundo, el Tigre de los Llanos (1952), el único film que dirigió Miguel Paulino Tato mucho antes de convertirse en censor. “Tato era crítico –cuenta Félix-Didier– y durante el primer peronismo hizo una biografía de Facundo. Hay testimonios de que Perón no estaba muy contento con que se hiciera la película, porque si bien el pensamiento nacional, que va a desembocar más adelante en el revisionismo histórico, trata de unir en una misma línea histórica a Quiroga con el Federalismo y con Perón, en esa época a Perón le interesaba más que el linaje histórico lo relacionara con San Martín. En sí misma no es una gran película. De hecho, era la primera de Tato y el estudio le puso a Torre Nilsson como supervisor –era una práctica usual de los estudios ponerle a los directores primerizos un director más experimentado para que los supervisara–, pero se pelearon a muerte y finalmente quedó Carlos Borcosque. Es una película de poco presupuesto, con lo cual no tiene grandes escenas de batalla, pero es interesante por este contenido político, que en el contexto actual se reactualiza, y también por la historia del rodaje”. Y tiene un valor adicional: el negativo original está perdido y la copia del Museo en 16 milímetros, la única que queda, está en muy mal estado. “Está muy cortada, con demasiadas empalmaduras y avinagrada, con lo cual no va a aguantar mucho tiempo –explica Félix-Didier–. El Bafici financió un tránsfer digital porque es la única manera de verla. Es una película curiosa, un ejemplo de cine histórico y se está perdiendo”.  Esta rareza podrá verse los días 10, 11 y 17 de abril.

En el marco del Baficito, el Museo presenta una función para chicos con música en vivo, ejecutada por las orquestas infantiles y juveniles de la Ciudad. Se trata de un programa de cortos animados, reunidos bajo el título de Plácido y los refranes animados, de los destacados animadores Burone Bruché, Jorge Caro y Juan Oliva (una única función el 16 de abril). El material pertenece a una colección del Museo integrada por 180 latas de Cinepa, una productora de los años 50 especializada en cine hogareño. Los investigadores Noelia Ugalde y Raúl Manrupe limpiaron e identificaron la colección, y ésta será la primera presentación pública del material.

Para el público, es una buena oportunidad para descubrir films olvidados que vale la pena conocer, y ver de cerca en qué consiste el trabajo de un archivo cinematográfico.

RECUADRO: La increíble aventura del Señor Tijeras

Una de las películas que se podrá ver en el Bafici es Facundo, el tigre de los llanos (1952), la única de Miguel Paulino Tato como director, filmada mucho antes de que se convirtiera en el censor oficial que inspiró la canción de Sui Generis “Las increíbles aventuras del Señor Tijeras”.

Tato (1903-1986) comenzó como crítico en 1928. A lo largo de su carrera ocupó varios cargos oficiales, y entre 1974 y 1978 fue interventor del Ente de Calificación Cinematográfica, convirtiéndose en el único funcionario del gobierno peronista que continuaba en funciones luego del Golpe de Estado del ’76.

Tato tenía ideas tan precisas como retrógradas sobre la censura. El 26 de octubre de 1973 le dijo al diario Mayoría: “La censura bien ejercida es higiénica. Y altamente saludable como la cirugía. Cura y desinfecta las películas insalubres, extirpándoles tumores dañinos que enferman al cine y contaminan al espectador”.

Uno de los directores que más padeció al señor Tijeras (además de Armando Bo y sus películas con Isabel Sarli) fue Leopoldo Torre Nilsson, que había colaborado con él en Facundo, el tigre de los llanos.

Durante el rodaje se llevaron muy mal, y nació una enemistad que duraría toda la vida. En 1974 Tato definió Boquitas Pintadas, de Torre Nilsson, como “una película pornográfica de pies a cabeza”. La rebautizó Bocuchas paspadas y trató de impedir –sin éxito– que la película participara del festival de San Sebastián.

Más tarde usó su influencia para que el reconocido director no obtuviera el subsidio estatal del Instituto de Cine para su siguiente película, El pibe cabeza.

Con Tato, el cine atravesó su etapa más oscura. Sus polémicas declaraciones y su accionar al frente del Ente –en menos de un año prohibió 131 de 286 películas– lo convirtieron en un personaje odiado, descripto por el fundador del Cineclub Núcleo, Salvador Sammaritano, como “una mezcla de ser feroz y pintoresco”.

(Publicado en la revista El Guardián, 7 de abril de 2011)

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