Es la historia de un amor

Del cinéfilo de los 50 al que baja todo lo que encuentra en la web, un repaso por los distintos escenaios y formas de un vínculo amoroso: el del espectador y el cine.

Cuando el cine cumplió cien años, Susan Sontag publicó un artículo en el New York Times que era casi un obituario. Se llamaba “The Decay of Cinema” y allí Sontag lamentaba que, con el fin del siglo XX, llegara también el fin del cine, pero sobre todo el fin del amor que éste inspiraba: la cinefilia. Esa experiencia única de sumergirse en la sala a oscuras y dejarse llevar por lo que aparecía en la pantalla fue una marca de la vida cultural del siglo XX. Para quienes vivieron el período de esplendor, desde mediados de los años ’50 hasta principios de la década del ’70, el concepto tiene un barniz melancólico, de nostalgia por una edad de oro del cine, de la crítica, y sobre todo del ritual, que ya no va a volver. De ahí que en 1996 Sontag escribiera esas palabras que sona­ban tanto a despedida. Sontag proclamaba la muerte de la cinefilia en general, pero eso era cierto sólo en relación a la cinefilia que ella había vivido, porque ya en ese momento se estaba gestando algo grande, aunque quizás difícil de vislumbrar, incluso para una ensayista tan lúcida. La cinefilia fue siempre una criatura mutante y, como ya había pasado antes, supo reinventarse. La huella de estas mutaciones puede rastrearse en los escenarios en los que la historia de amor tuvo lugar: el cineclub, el videoclub y, ahora, el espacio virtual pero infinito de la Web.

CONTACTO EN FRANCIA

Si de poner fechas se trata, hay que volver una vez más a mediados de la década del ’50, cuando un grupo de jóvenes críticos franceses –François Truffaut, Jacques Rivette, Claude Chabrol, Eric Rohmer, Jean-Luc Godard y otros– sacudió las jerarquías del gusto. Los que no seguían el tema de cerca, se enteraron de golpe que, para la juventud francesa de entonces, inconformista y rebelde, hablar de cine, pensar el cine y escribir sobre él era casi una causa. Pero el enamoramiento había empezado varios años antes, cuando llegaron a París las películas de Hollywood que no se habían podido estrenar durante la ocupación. Críticos, escritores, artistas e intelectuales peregrinaban cada noche a la Cinemateca de Henri Langlois y a los cineclubs. La vida era eso. Sumergirse en la sala, ocupar un asiento siempre en la mis­ma fila, en lo posible cerca de la pantalla, y dejarse capturar por la magia. Después salir y dar vueltas por la ciudad vacía, meterse en un bar y discutir.Cuando en 1951 André Bazin fundó, junto con otros dos críticos, la célebre re­vista Cahiers du Cinema, el grupo encontró un espacio donde volcar por escrito sus odios y amores. La fama llegó en 1954, cuando Truffaut cuestionó con dureza el “cine de papá”, la tradición de qualité del cine francés de entonces, estancado en adaptaciones literarias acartonadas. Los llamados “jóvenes turcos”, que se veían a sí mismos como intelectuales del cine, eligieron a sus propios padres, directores como Howard Hawks, Alfred Hitchcock, Fritz Lang y otros, hasta entonces despreciados por la crítica “seria”, que los veía como artesanos al servicio de la industria. Con ese gesto, inventaron la famosa “Política de los autores”: una nueva mirada sobre el cine y su historia; una mirada que resca­taba la cultura popular norteamericana y la colocaba en lo más alto de una jerarquía intelectual nueva. La crítica moderna es hija de esa mirada, que en su momento fue renovadora y hoy ya es parte del canon.

LA HORA 24

La cinefilia nació en la década del ’50, pero la verdadera expansión llegaría en los ’60, con el salto de los críticos franceses a la dirección y el éxito de la “nueva ola” en todo el mundo. Buenos Aires, que siempre miró a París, también tuvo su furor cinéfilo en los ’60, con epicentro en los cineclubs. Si bien acá hubo cineclubs desde 1928, el primero que tuvo una continuidad importante y marcó un hito en la vida cultural fue Gente de Cine, fundado por el crítico Rolando Fustiñana (Ro­land). Gente de Cine funcionó entre 1942 y 1965, pero tuvo su momento de esplendor a mediados de los ’50, con la expansión del ritual cinéfilo. En una nota sobre los cineclubs publicada en la revista Panorama en marzo de 1969, el periodista y crítico de cine uruguayo Homero Alsina Thevenet contaba: “Quince años atrás (por 1954), en las funciones de trasnoche de los sábados en el Biarritz, (Gente de Cine) vivió un luminoso esplendor con colas que a veces se extendían por la calle Suipacha hasta Corrientes o hasta Lavalle. ‘La hora 24’ fue el título de una humorada de Landrú que anticipaba modas de hoy: los melenudos, anteojudos y barbudos de Gente de Cine que hacían cola, impertérritos a las sorpresas que suscitaban en los tranquilos espectadores sa­lientes de la función de las 22”. Gente de Cine fue un verdadero precursor de lo que vendría en la década del ’60, cuando el cinéfilo se volvió una figura reconocible y el “cine arte” se estrenaba en cines como el Lorraine, el Loire, el Lorca o el Losuar. Pero en los años ’60, el gran punto de referencia para cineastas, críticos, intelectuales y artistas fue el cineclub Núcleo, fundado por Salvador Sammaritano en 1954. En agosto de 1960 también nació Tiempo de Cine, revista oficial del cineclub que dejaría su marca en la historia de la crítica. Era una revista hecha entre amigos en la que nadie cobraba nada, un proyecto que daba cabida al desborde de ideas y al insaciable apetito por conocer más de los responsables del cine­club. Cada número traía ficheros completos con todos los estrenos de Buenos Aires. Al leerla hoy, abruma la cantidad de informa­ción y detalle sobre directores, películas y cinematografías; datos duros que hoy se pueden buscar fácilmente en Internet, pero que hablan del entusiasmo por el cine y de la necesidad de capturar y fijar en el tiempo algo de ese objeto amado y efímero que se escurría con cada proyección.

ACCIÓN MUTANTE

Hasta la aparición del VHS en los años ’80, la figura del cinéfilo estuvo asociada al cineclub. Con el soporte magnético proli­feraron los videoclubes, esos locales en los que estaba todo el cine junto, repartido en estantes igual que en una librería. El cine dejó de ser un espectáculo público, o sola­mente público, para pasar al ámbito priva­do. La posibilidad de elegir qué ver, cuándo, cómo y con quién permitió a los especta­dores abrirse a una mayor variedad de es­tilos y épocas, y derribó prejuicios inútiles. Cuando Sontag anunció la muerte del cine en 1996, señalaba el fin del cinéfilo arquetípico, ese que había nacido en los ’50 y cobrado visibilidad en los ’60. Esa figura ya no existía, es cierto, pero tampoco se estrenaban obras maestras cada mes. Sin embargo, estaba el video. Los que crecimos con la opción del videoclub a la vuelta de la esquina, vimos gran parte de la historia del cine en pantalla chica y por eso no compartimos –no podemos compartir– la nostalgia de otras generaciones por ese paraíso perdido. Ahora que el “cine arte” perdió definitivamente la batalla por las salas y la piratería terminó con los videoclubs, el centro neurálgico de la cinefi­lia se desplazó a la Web. Rápidos de reflejos, los cinéfilos se apropiaron enseguida de las (no tan) nuevas plataformas y soportes para encontrar e intercambiar todo eso que no llega al circuito comercial. Es cierto que todavía están los festivales como último refugio para ver el otro cine en pantalla grande; pero entre una edición y la siguiente, la procesión va por adentro. Y aunque ya no hay tanto “melenudo” dando vueltas por los cines del centro (casi no hay “cines del centro”), en su afán por ver todo, conocer lo último y debatirlo durante horas en las redes sociales, el cinéfilo de hoy se le parece bastante.

(Publicado en Lamujerdemivida n62, otoño 2011)

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