Crisis para todos: Inside Job

La última entrega de los Oscar fue un evento bastante intrascendente, pero hubo un premio que no pasó desapercibido. Consciente de que tenía al mundo entero como espectador, el director Charles Ferguson supo aprovechar esos escasos minutos de micrófono. Cuando le tocó agradecer el Oscar al mejor documental por su película Inside Job -que en Argentina no se estrenó, pero se va a editar en DVD a principios de julio- Ferguson disparó: “Perdónenme, pero tengo que empezar por destacar que tres años después de nuestra horrorosa crisis económica, causada por un fraude masivo, ni un solo ejecutivo financiero fue a la cárcel, y eso está mal”.

Esa es justamente la conclusión de Inside Job, la segunda película de Ferguson, que en 2007 presentó el documental No end in sight, sobre la invasión norteamericana a Irak, y pronto va a filmar una película de ficción sobre el polémico creador de Wikileaks, Julian Assange. Si fuese ficción, Inside Job podría etiquetarse como una de esas películas sobre el robo del siglo o sobre crímenes sin castigo. Pero como no es ficción, sino una crónica seria y documentada sobre la crisis financiera global que estalló en 2008, el efecto es aterrador.

Con un tono didáctico, entretenido e indignado, Inside Job cuenta la historia de la crisis y sus tremendas consecuencias, que todavía se sienten en buena parte del planeta. El documental dura 108 minutos y está estructurado en un prólogo y cinco partes en las que Ferguson expone con lucidez y sentido del humor las causas del colapso financiero. Para ello, entrevista a economistas, empresarios, académicos, periodistas, consumidores y ex directivos del sector; e incluye estadísticas e infografías. La abrumadora cantidad de información se conjuga con la narración en off de Matt Damon, impresionantes tomas aéreas de Nueva York e Islandia y música pop. Y aunque el tema ya fue tratado hasta el hartazgo, la película no resulta repetitiva; al contrario, consigue sorprender.

Inside Job empieza con un prólogo sobre la vida en Islandia, casi idílica hasta el año 2000, cuando empezó el proceso de desregulación que llevó en 2008 al hundimiento de varios bancos y a que se triplicara el nivel de desempleo. De allí el relato se traslada a Nueva York, y explica las estrictas regulaciones que siguieron a la Gran Depresión del 29. Después se enfoca en el proceso de desregulación del sector financiero que empezó en los 80 con Ronald Reagan y continuó con los gobiernos posteriores.

El documental explica el crecimiento del mercado de derivados, la burbuja inmobiliaria y la explosión de las hipotecas de riesgo (subprime), y señala cómo el sector financiero presionó para frenar los intentos gubernamentales de regular, por ejemplo, los mercados de derivados y de las hipotecas. Tanto la narración en off como las entrevistas insisten en que los bancos podrían haber creado productos menos riesgosos, pero eligieron el camino que ofrecía las tasas más altas.

También señala que la Reserva Federal tenía instrumentos legales para regular el sector, pero se negó a usarlos por cuestiones ideológicas. “No, eso es regulación, no creo en ella”, dijo alguna vez Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal entre 1987 y 2006.

Además, para explicar que el colapso no era inevitable, Ferguson incluye los testimonios de economistas como Nouriel Roubini y Raghuram Rajam, que en su momento advirtieron sobre los riesgos de la especulación financiera y fueron tildados de retrógrados.

A medida que el relato avanza y expone la impunidad con que se manejan los ejecutivos de las principales compañías del sector financiero en connivencia con los funcionarios de los gobiernos republicanos y demócratas, el asombro cede lugar a la ira.  Por un lado, están los ejecutivos de compañías como Goldman Sachs, que alentaban apuestas financieras contra los mismos productos que le vendían a sus clientes mientras se llevaban remuneraciones millonarias. Por el otro, está el papel lamentable de las calificadoras de riesgo como Moody’s y Standard & Poor’s. Hasta días antes de que prestamistas como Fanny Mae y Freddy Mac se hundieran y necesitaran ser “rescatadas” por la Reserva Federal, los reportes de las calificadoras –por los que cobraban grandes sumas- los señalaban como buenas inversiones y les otorgaban la calificación más alta. En imágenes de archivo tomadas de noticieros se ve cómo esas calificadoras, al ser cuestionadas, pretenden justificarse diciendo que sus reportes sólo expresaban “opiniones”.

Una de las secuencias más interesantes es la dedicada a los economistas académicos de prestigiosas universidades como Harvard y Columbia. Con preguntas claras, basadas en el sentido común, Ferguson pone al descubierto la incompatibilidad de funciones de estos académicos que escriben papers supuestamente objetivos sobre el sector financiero, al mismo tiempo que cobran importantes sumas por trabajar para  compañías del sector y ejercen como consejeros económicos del gobierno en el diseño de políticas regulatorias de esas mismas compañías. En las entrevistas queda en evidencia que esa superposición de funciones e intereses -que en otras profesiones como la medicina resultarían inadmisibles- para los académicos ni siquiera constituyen un problema ético.

Inside Job también muestra cómo, una vez que estalló la crisis, los funcionarios que no habían hecho nada para evitarla seguían sin entender su magnitud. En una secuencia, Ferguson le pregunta a la ministra de Finanzas de Francia, Christine Lagarde, cuándo pensó por primera que la situación era grave y ella responde que fue en una reunión del G7 en febrero de 2008. “Discutí el problema con Hank Paulson y recuerdo claramente que le dije que veíamos venir un tsunami y ellos solo proponían que preguntáramos qué traje de baño íbamos a usar”, señala Lagarde.

Henry “Hank” Paulson, que como CEO de Goldman Sachs había llegado a ser el directivo mejor pago de Wall Street, era en ese momento el Secretario del Tesoro. Inside Job se mete de lleno con ése y otros personajes del mundo financiero que pasaron por la administración pública como Larry Summers, Ben Bernanke o Timothy Geithner. Ninguno aceptó ser entrevistado para la película.

A medida que el relato avanza, los razonamientos del film, la cantidad de datos que sustentan cada idea y las terribles consecuencias que tuvo la especulación financiera en la vida de millones de personas generan una indignación creciente. Como si esto fuera poco, las conclusiones son devastadoras. Resulta que los personajes que crearon la estructura que explotó en 2008 -esos que durante años trabaron cualquier tipo de regulación gubernamental- no fueron enjuiciados, no están presos ni tuvieron que devolver sus ganancias multimillonarias. Y para peor, desde 2009 ocupan puestos de jerarquía como asesores económicos en el gobierno de Barack Obama.

RECUADRO: TAMBIÉN FICCIÓN

Inside Job no es la primera película de Hollywood que retrata el mundo financiero, pero quizás sea la más despiadada. El año pasado se estrenó Wall Street: el dinero nunca duerme, secuela bastante fallida del film de 1987 (Wall Street) en el que Michael Douglas interpreta al famoso Gordon Gekko. Veintitrés años después, Oliver Stone desempolvó al inescrupuloso financista que se convirtió en ícono de Wall Street. Si en la primera película Gekko aseguraba que la codicia era buena y terminaba tras las rejas, en la segunda sale de la cárcel y dice que la codicia ya no es sólo buena, sino también legal. Stone sitúa a su personaje en medio de la crisis financiera de 2008 pero no se mete con las causas del colapso y consigue una secuela bastante previsible, con mucho drama familiar. De todas formas, como retrato ficcional de ese universo que parece lejano pero determina el destino de tanta gente, vale la pena verlas.

(Publicado en El Guardián n13, jueves 12 de mayo de 2011. En la edición impresa salió mal la firma, ¡pero la nota es mía!)

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