Las películas se pudren

Idas y vueltas detrás de la creación de depósitos adecuados para la conservación de películas en un país donde se perdió para siempre casi todo el cine mudo y la mitad del sonoro que ha producido.

Hay una frase famosa que es casi una advertencia: los pueblos sin memoria están condenados a repetir su pasado. Si la principal forma de registro documental del siglo XX fue el audiovisual, cuidar las películas no es una cuestión de nostalgia o fetiche coleccionista, sino una forma de proteger la memoria. Pero en la Argentina el Estado nunca se ocupó de preservar el patrimonio fílmico, y las consecuencias fueron desastrosas: el 90% del cine mudo argentino y el 50% del sonoro se ha perdido para siempre. No importa que algunas de esas películas se hayan pasado en la tele o circulen en dvd, porque los formatos digitales duran apenas treinta años. Para que las películas sobrevivan hay que conservar los negativos, que bien guardados pueden durar más de cien años.

En la Argentina hay dos instituciones públicas que tienen como misión principal preservar películas: el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken y la Cinemateca y Archivo de la Imagen Nacional (CINAIN). Pero como la CINAIN es una institución en plena formación –se creó formalmente el año pasado–, por ahora sólo el Museo cumple ese rol. Recientemente hubo novedades importantes para la preservación. Se reglamentó, con once años de demora, la ley que en 1999 había creado la CINAIN; y se anunció que el Museo del Cine tendrá por fin una sede propia. Pero el problema de fondo todavía no está resuelto, porque en ambos casos las autoridades siguen postergando la construcción de los depósitos especiales que esas instituciones necesitan.

Fundado en octubre de 1971, al Museo del Cine de la Ciudad nunca se le prestó atención. En 40 años deambuló por seis sedes. En 2005 recaló provisoriamente en Barracas con la promesa de que se iba a construir un edificio nuevo en Defensa al 1200, que integraría, junto con el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba), el Polo Sur Cultural. Pero el proyecto se frenó por falta de financiación y después la obra se limitó sólo al Mamba. Ni siquiera el hallazgo de una copia completa de Metrópolis –la única que quedaba en el mundo– en julio de 2008, gracias al trabajo del coleccionista e historiador del cine, Fernando Martín Peña, y de la directora del Museo, Paula Félix-Didier, sirvió para que el Gobierno porteño se ocupara del tema. El Museo del Cine permaneció olvidado, en una sede provisoria y casi sin contacto con el público.

Finalmente, en los próximos días se mudará a una sede definitiva en Caffarena 49, en La Boca; y se inaugurará la muestra permanente, en la que estarán representadas las doce colecciones del Museo, que incluyen cámaras, proyectores, fotografías, afiches, libros, recortes periodísticos, piezas de vestuario y escenografía, guiones originales, video y más de sesenta mil latas de fílmico.

Pero la mudanza sólo resuelve la mitad del problema. En el nuevo edificio funcionarán el sector de exhibición al público, las oficinas, la biblioteca y algunos depósitos de material no fílmico. Pero la colección de películas quedará en la sede provisoria –propiedad del Correo Argentino, que además pretende recuperarla– a la espera de que se construya o acondicione un depósito definitivo. “La primera etapa es la reapertura de la sala de exhibición, la segunda comprende la reapertura del resto de las áreas públicas: la biblioteca, la videoteca y las oficinas. Y la tercera son los depósitos patrimoniales, que deberían construirse desde cero. Sería ideal que esté todo, es el objetivo. Pero es fundamental que el Museo vuelva a estar abierto al público”, señala Félix-Didier.

Algunos trabajadores del Museo, nucleados en la asociación Museo en Peligro, no están de acuerdo con la mudanza, justamente porque las colecciones no caben en el nuevo edificio. Pero desde un punto de vista técnico, que los depósitos estén separados del resto de las áreas no es un problema. “En general, los archivos especializados en guardar películas casi nunca tienen los depósitos en el mismo espacio por razones de seguridad y porque tienen necesidades de infraestructura diferentes”, explica Félix-Didier. Para que las películas no se deterioren, hay que guardarlas en condiciones de temperatura y de humedad controladas. Además tienen que estar aisladas, para minimizar los riesgos de incendio. No hay que olvidar que el fílmico anterior a la década del 50 está en nitrato de celulosa, un soporte inflamable. Como ejemplos, Félix-Didier menciona la Cinemateca Uruguaya y el archivo fílmico del MOMA, ubicado a más de cien kilómetros del museo neoyorquino.

El verdadero problema, entonces, no es que el Museo del Cine funcione en dos espacios distintos en el futuro –uno para depósito y otro abierto al público–, sino que todavía no hay novedades concretas sobre ese depósito. En el Ministerio de Cultura de la Ciudad aseguran que en el segundo semestre del año saldrán a licitación los pliegos para la obra, pero por ahora no hay fechas concretas ni precisiones sobre su ubicación. Tampoco se sabe si se acondicionará un lugar existente o se construirá uno nuevo. Tampoco explican por qué se encaró sólo una parte de la mudanza y se postergó el tema esencial del depósito. A poco de cumplir 40 años, la construcción de las bóvedas del Museo es apenas una promesa.

A nivel nacional, se han dado pasos fundamentales. El 30 de agosto de 2010, la presidente Cristina Fernández firmó la reglamentación de la ley 25.119 que once años antes había creado la CINAIN. Además, la presidente del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), Liliana Mazure, impulsó algunas medidas urgentes propias de una cinemateca, como el rescate de títulos nacionales y el acondicionamiento de un depósito. Por primera vez en la historia, el Estado nacional acondicionó ambientalmente un espacio para preservar películas. Desde febrero, el nuevo depósito del INCAA, ubicado en Floresta, alberga más de sesenta mil latas, que incluyen las películas producidas con apoyo del Instituto y la colección de Laboratorios Alex, rescatada de la calle en 1995. “Aunque es una muy buena noticia –señala el cineasta y delegado organizador de la CINAIN, Hernán Gaffet–, el depósito ya está casi completo con el material del Instituto, con lo cual no se puede almacenar allí el fílmico de otros archivos públicos”.

La ley establece que la CINAIN deberá guardar el material del INCAA, del Fondo Nacional de las Artes y de cualquier otro organismo, público o privado, que necesite espacio para preservar su material. “El Archivo General de la Nación, muchos productores independientes, empresas productoras de cine y coleccionistas privados ya han expresado su intención de utilizar las bóvedas de la CINAIN. Hay un problema de espacio común a todos los que tienen fílmico. Por eso es imperioso que la construcción de las bóvedas de la CINAIN se tome como una prioridad”, señala Gaffet. Y en ese plano, las noticias no son tan alentadoras. Para que la CINAIN exista realmente, todavía faltan varios pasos: completar el trámite burocrático y construir o acondicionar un edificio, incluido el depósito. Pero pasaron más de diez meses desde la firma de la reglamentación y casi no hubo avances formales. La que tiene que impulsar el tema es la Secretaría de Cultura de la Nación, ya que la CINAIN estará bajo su órbita. Teniendo en cuenta la historia de postergación de este proyecto, la comunidad cinematográfica esperaba que se empezara a trabajar inmediatamente. La Secretaría de Cultura y el delegado organizador debían redactar la estructura organizativa de la CINAIN a partir de septiembre del año pasado, pero recién a mediados de mayo se decidió que el trámite se inicie desde el INCAA. La estructura ya está redactada y hace unos días se envió a la Secretaría de Cultura. Según explicaron allí, el paso por esa dependencia será rápido y meramente formal. Si esto se cumple, en las próximas semanas el trámite debería entrar en la recta final: la Jefatura de Gabinete. En cuanto al edificio, la ley es explícita: “El Estado nacional deberá donar un edificio para el funcionamiento de la CINAIN o proveer los fondos para su adquisición”. También en este caso es probable que la institución funcione en dos espacios distintos: por un lado, las oficinas y sectores de atención al público y, por otro, los depósitos. Como en el Museo del Cine, lo ideal sería construir las bóvedas desde cero, para acondicionarlas de la forma adecuada, eficiente y económica.

La construcción de este depósito es el aspecto más urgente, ya que hay mucho material, público y privado, que necesita ser resguardado. “Aunque legalmente la CINAIN todavía está en trámite, se pueden dar ciertos pasos para anticiparse a los tiempos administrativos. Nada impide que la Secretaría de Cultura empiece a construir o acondicionar el edificio para la CINAIN”, observa Peña, que además fue uno de los redactores de la ley. Gaffet coincide: “Esperar a que se termine el trámite burocrático es perder muchos meses más. No es sencillo encontrar un espacio para las necesidades de una cinemateca”. En la Secretaría de Cultura explicaron que el tema del edificio se está tratando con el Organismo Nacional de Administración de Bienes (ONABE) “contrarreloj”. Pero ante la consulta de Ñ , en el ONABE no pudieron confirmar ninguna gestión puntual relacionada con la CINAIN.

La ausencia de políticas públicas de preservación del patrimonio fílmico tiene consecuencias graves. Peña aporta ejemplos tristes. “En Argentina, Quirino Cristiani hizo el primer largometraje de dibujos animados de la historia del cine ( El apóstol , 1917) y el primer largometraje de dibujos animados sonoro ( Peludópolis , 1931): ninguno de los dos fue preservado”. Y en muchos casos, el material quedó en manos de privados que lo vendieron al mejor postor. “Muchas imágenes del primer peronismo están en archivos extranjeros y todo documentalista argentino que quiera usarlas debe comprarlas”, cuenta Peña. Lo que está en juego es nada menos que la memoria colectiva. El día que las autoridades comprendan esto, quizás empiecen a tomar la preservación como una prioridad. Pero las películas mal guardadas no esperan: se pudren.

(Publicado en Ñ el sábado 9 de julio de 2011)

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