Así en la tierra como en el cine (La vida útil)

“La gente cree que sabe de cine alguien capaz de recitar de memoria la trayectoria de un actor o un productor. Es probable que sea importante saber la trayectoria de los grandes autores cinematográficos, pero no como un ejercicio de memoria: el cine no es una colección de datos. Es más difícil comprender cómo se produce el enriquecimiento del espectador, explicar las resonancias que el cine crea en un espectador alerta, sensible”, dice Martínez en una escena de La vida útil. Martínez es el director de Cinemateca, la institución donde trabaja Jorge, el protagonista de la película.

La vida útil, del uruguayo Federico Veiroj, pasó por varios festivales, cosechó premios y desde el jueves se exhibe en la sala Leopoldo Lugones. La película cuenta la historia de Jorge, un hombre que trabaja desde hace 25 años en Cinemateca (así, sin el artículo), vive con sus padres y está enamorado de Paola, una profesora a la que no sabe cómo acercarse. Jorge es un “ratón de cinemateca” que programa, proyecta, gestiona, presenta películas, revisa las butacas y conduce el programa radial de la institución. Cuando Cinemateca cierra sus puertas por problemas económicos (“no es rentable”, dicen los de la fundación que la deja de sostener, como si alguna institución cultural lo fuera), también su vida entra en crisis.

Hasta ahí, pareciera que todo va a girar en torno al fin de una forma de ver y vivir el cine. Pero no. La vida útil es una película partida en dos: como Jorge, llega hasta un punto y después se reinventa. La primera parte tiene un tono casi documental, reforzado por la elección del protagonista, el crítico de cine uruguayo Jorge Jellinek, que si bien no trabaja en la Cinemateca Uruguaya, la conoce lo suficiente como para moverse como si hubiera pasado toda su vida allí. El director cuenta que empezó a trabajar en el guión del filme hace tiempo, y después lo guardó en un cajón. Pero durante la difusión de su primera película (Acné, 2008), conoció a Jorge y tuvo un “flechazo”: “Uní el viejo proyecto con la cara de Jorge, con su manera de ser, y me puse a adaptar ese guión”. Jellinek aceptó el desafío y en su paso por el Bafici se llevó el premio al mejor actor.

La canción de Leo Maslíah Los caballos perdidos marca el pasaje de la primera a la segunda parte del filme. Jorge ha vivido encerrado entre sueños y sombras, y ahora sale a la calle, al encuentro de las luces, las texturas y los ruidos del mundo. Pero la película no muestra el triste choque con la realidad del que perdió el trabajo que amaba. “No tenía ganas de contar eso, sino cómo el personaje profundiza en lo que conocía, cómo saca esas herramientas que había conocido a través de las películas para conseguir lo que quiere”, dice Veiroj. Y lo que Jorge quiere es estar con Paola.

Lo que sigue es una historia de amor y fantasía en blanco y negro, motorizada por un personaje casi cómico, que sabe jugar y divertirse como un chico. Y aquí es fundamental la banda sonora, que entrevera los sonidos de la ciudad con otros grabados en la memoria de los espectadores hasta lograr ese viejo anhelo de unir el cine y la vida. No importa si no reconocemos que las bocinas y los gritos de una escena provienen de El eclipse, de Michelangelo Antonioni, o que los sonidos que acompañan una caminata rápida por las calles de Montevideo fueron tomados de La diligencia, de John Ford. Como dice Martínez, interpretado por el director histórico de la Cinemateca Uruguaya, Manuel Martínez Carril, lo que importa no es el dato. Aún sin conocer el origen de esas citas, el espectador intuye que esos sonidos forman parte de una memoria compartida.

También la música del compositor uruguayo Eduardo Fabini nos sumerge en la experiencia de Jorge. Sus composiciones de la década del 20, grabadas por la orquesta del Sodre en los años 50, parecen salidas de películas clásicas. Veiroj cuenta que, una vez que terminó de editar la primera parte del filme –pasaron seis meses entre el rodaje de ambas-, supo que iba a necesitar música para la segunda y empezó a usar la de Fabini como referencia, pero al final resultó perfecta. “En esa época, las películas mudas se proyectaban con música, y la música que existía era ésa. Pero a nuestro oído le suena como música de películas, la escuchamos así y nos puede remitir a emociones que hemos sentido con otras películas”, observa.

Casi desde sus inicios, el cine se ha mirado y representado a sí mismo de distintas formas, entre ellas a través de la referencia a otros filmes. En esa caja de sorpresas que es La vida útil, también hay lugar para fragmentos de Codicia, de Erich Von Stroheim, pasos de baile al estilo Gene Kelly y hasta un discurso de Mark Twain sobre el arte de la mentira. Pero aunque rica en citas, La vida útil atenta contra la idea de la cinefilia como colección de fichas; y celebra en cambio la potencia del cine para moldear nuestra percepción y abrirnos a experiencias nuevas. Jorge es uno de esos espectadores sensibles a los que aludía Martínez, para el que el cine no es un objeto cultural momificado, sino una forma de vivir su vida.

(Publicado en Ñ el sábado 16 de julio de 2011)

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