Yo fui proyectorista

El cine ya no es lo que era, y las cabinas de proyección tampoco. Cuando llegué al Hoyts de Unicenter, esperaba encontrarme con una cabina chiquita y oscura en la que habría un proyector y mucho material desparramado en el piso. Ésa era la imagen que tenía en la cabeza, probablemente acuñada a partir de todas las escenas con proyectoristas de la historia del cine. La italiana Cinema Paradiso  es la más conocida de las películas dedicadas a este oficio en extinción, pero no la única. Ya en 1924 Buster Keaton encarnó a un proyectorista en Sherlock Jr, y hace poco Quentin Tarantino creó una proyectorista heroica en Bastardos sin gloria.

Yo sabía que los proyectores que usan los modernos complejos multipantalla no son como los de antes y que la actividad está cambiando mucho al ritmo de la digitalización. Sabía todo eso, pero igual me sorprendí. Acompañada por Carolina Chiappe, encargada del área de Proyección del complejo, me encontré de repente en una sala enorme, pulcra y bien iluminada, que no se distinguía demasiado del resto de los pasillos del shopping. Había mesas de trabajo, estantes con latas y muchas máquinas, per a primera vista no vi ningún proyector. Al menos no de ésos que esperaba encontrar.

-Ése es el proyector –me dijo Carolina, señalando un aparato rectangular de la altura de una heladera, que en la parte de adelante tenía un mecanismo de rodillos, poleas, tambores de arrastre y seguros por donde se enhebra y circula la película, y una puertita con dos lentes, todo eso unido a un enorme juego de tres platos metálicos en uno de los costados. Eso era el proyector.

Pero lo que más me sorprendió no fue la máquina, sino enterarme de que, a pesar de toda esa tecnología último modelo, armar una película de 35 mm y montarla en el proyector todavía tiene mucho de artesanal. Que las cosas salgan como se espera depende en gran medida de las habilidades y la atención del proyectorista.

Miércoles 12:30 PM

El miércoles es el último día de la semana cinematográfica, y el de más trabajo para los proyectoristas. Pasado el mediodía, recibimos unas bolsas de lona blanca con los estrenos del día siguiente. Cada bolsa contiene varias latas; cada lata, un acto, que dura alrededor de 20 minutos. La cantidad de latas depende de la duración del film. Detrás de las paredes tiene cinco rollos, pero Gigantes de acero (126 minutos) tiene siete, y la bolsa es bastante pesada.

Como las películas llegan divididas en varios actos, hay que empalmarlos en un único rollo grande, que es lo que después se monta en el proyector. Cuando Carolina empezó a explicarme cómo armar la película, sentí que estaba en una clase de manualidades, una materia en la que siempre fui medio desastre. La tarea parece sencilla –poner los rollos en los carretes y luego pegar el final de uno con el principio del siguiente para armar un rollo más grande- pero resultó bastante compleja. Básicamente hay que cortar y pegar, pero no con el botoncito del mouse como estoy acstumbrada, sino con la vieja y conocida tijera, con cinta transparente y también con una maquinita que se llama splicer y se parece mucho a una agujereadora para papeles como la de cualquier oficina.

Para una impaciente y atolondrada como yo, semejante tarea, además de ingrata, puede ser todo un desafío. Al principio corté y pegué medio rápido, así nomás, y obviamente hice todo mal. Aunque el tiempo no sobra, la torta –como llaman al rollo grande que contiene todo lo que se va a pasar en la función- no se puede armar a las apuradas, porque cualquier error, por más ínfimo que sea, se va a ver en la pantalla cien veces más grande. Para esto se necesita precisión, paciencia y buen pulso.

El tema es así: los fotogramas (esos que corren a razón de 24 por segundo cuando se proyecta la película) no se pueden cortar ni pegar de cualquier forma. Hay que mirar bien donde empieza y termina cada cuadro y cortar exactamente por la franja que los separa. La primera vez corto por cualquier lado, porque no termino de entender cómo funciona el splicer. Tengo que volver a cortar, porque si pego los fotogramas así –mal cortados- cuando la proyección llegue a ese punto, se va a ver la mitad inferior de la imagen en la parte de arriba de la pantalla, y la mitad superior del cuadro siguiente en la parte de abajo. Y seguramente los espectadores van a empezar a aplaudir, a hacer señas ridículas y a gritar ¡Cuadro!, y antes de que haya pasado un minuto van a estar acordándose de toda mi familia.

Así que vuelvo a intentarlo, y después pego los dos fotogramas. Parece fácil, pero hay toda una serie de detalles a tener en cuenta. En la parte de arriba de la cinta hay unas rayitas horizontales y también unos puntitos grises al lado de las perforaciones.

-Es el sonido –me explica Carolina. -Tenés que pegar sonido con sonido.

Como no entiendo a qué se refiere, aclara que la parte de las rayitas y puntitos tiene que unirse a la de las rayitas y puntitos del otro fotograma: no se las puede pegar cruzadas. Eso que ahora parece un detalle, puede arruinar una función: si lo pego al revés, en un punto de la proyección se van a ver las rayas del sonido en la pantalla y no se va a escuchar nada. Los fotogramas se unen con cinta transparente, pero además hay que unir la parte de arriba con un triangulito de cinta de papel para que no quede ni el más mínimo hueco entre ambos. Si queda un hueco, aunque sea ínfimo, se va a escuchar el salto de sonido, que amplificado por los parlantes de la sala va a sonar como un golpe espantoso.

Mientras cargo los rollos en el carrete con ayuda de la máquina, tengo que pasar el dedo por el borde de la cinta para ver si hay otras uniones de fotogramas. Resulta que el laboratorio pega los fotogramas con calor, pero ese sistema de pegado es frágil y no resiste el paso por el proyector. Entonces tengo que detectar con el dedo, mientras corre la cinta, todas las uniones hechas con calor, separarlas y ponerles cinta. Pongo el dedo en el borde de arriba de la cinta y le doy velocidad a la máquina. De repente siento un pinchazo: la cinta pasó tan rápido que me cortó la yema del dedo. Nada grave, apenas una línea, pero igual duele.

El proceso requiere tanta atención que me agota. Cuando me toca pegar el tercer rollo ya me duele la cabeza. Pegar los seis rollos me lleva dos horas, el doble que lo usual. El paso siguiente es pasar la cinta del carrete a los platos del proyector con ayuda de otra máquina. El rollo grande, con la película entera, quedará ahí, en uno de los platos, hasta la madrugada. Cuando terminen las últimas funciones del día, voy a tener que montar la película en el proyector y largarla en la sala vacía para ver si está todo bien. Y si hay algún error, cortar y volver a pegar fotogramas las veces que sea necesario.

Pero eso quedará para después. Ahora tengo que ocuparme de las funciones. El Hoyts de Unicenter es uno de los complejos más grandes: tiene 14 salas y siempre hay uno o dos proyectoristas a cargo de todas. Largamos una función. Desde la ventanilla que da a la sala se ve la pantalla enorme con la película. Yo pensaba que iba a poder ver un rato de película, pero Carolina me apura. Nada de mirar la película que uno proyecta hasta aprenderse las escenas de memoria, como los proyectoristas de antaño. Tenemos que atravesar corriendo todo el pasillo hasta la sala de la otra punta, donde hay función a la misma hora. Aunque hay algunos tiempos muertos, son pocos y siempre tensos. Tengo que estar todo el tiempo atenta al panel de status, un rectángulo negro con lucecitas verdes, naranjas y rojas que indican el estado de la proyección en cada sala. Si surge un problema en alguna sala, la lucecita pasará del verde al naranja o al rojo.

Ahora que ya largamos las funciones, empezamos a desarmar. Hay que separar en actos las películas que bajan de cartel, para poder guardarlos en las latas en las que llegaron y devolvérselas a los distribuidores.

Jueves 1:30 AM

Las salas ya están vacías. Es hora de chequear si los rollos que armé a la tarde están bien. Montar la película en el proyector es lo más difícil. La cinta tiene que hacer todo un recorrido a través de los rodillos y tambores de arrastre, y pasar por la lectora de sonido y la ventanilla de proyección.

-Esto es lo primero que aprendés cuando entrás acá –me cuenta Carolina. Te enseñan a montar la cinta en el proyector y lo hacés un montón de veces hasta que te salga.

Y cuando dice un montón de veces, no exagera. Porque aunque me explicó y me mostró todos los pasos con lujo de detalles, la cosa es bastante complicada y en mi primer intento una parte de la cinta se descarrila, se tuerce y se enreda. Sigo enhebrando sin darme cuenta, pero Carolina me frena. Si sigo y largo la película así, al proyectarla la película se va a rayar. Y a esta altura ya me quedó clarísimo que cualquier rayita en el fílmico se va a ver enorme en la pantalla. El proyector es noble pero delator: amplifica cualquier error.

Por fin largo la película y entonces veo que la imagen en la pantalla de la sala aparece cortada a los costados. Por suerte no hay público para putearme. Carolina me explica que es uno de los errores más comunes. Se ve así porque el lente que está puesto es de tipo flat (cuadrado) y el formato de la película que estoy proyectando es scope (panorámico). Aprieto un botón. El proyector cambia el lente, y en la sala se abren las cortinas de la pantalla. Ahora sí: la pantalla está en formato panorámico y la cara de Hugh Jackman en Gigantes de acero se ve entera. Si esto me pasaba durante la función, era un problema serio, porque el proyector no permite rebobinar. O los espectadores se bancaban que una parte del film hubiese sido mal proyectado, o hubieran tenido que esperar a que yo parara la función, buscara el fragmento que proyecté mal, lo cortara y pegarlo en la parte del rollo que todavía no se proyectó para volver a pasarlo. Algo que a un proyectorista con experiencia le puede llevar entre tres y cinco minutos, pero que a mí me hubiera llevado quince.

Jueves 9:30 AM

Ahora toca armar la torta de publicidades y trailers que va al principio de la función. Usualmente el proyectorista que viene temprano no es el mismo que se quedó a la madrugada, pero como quiero aprender el proceso entero, me la aguanto. Ya habrá tiempo de dormir. Los pasos para armar la torta son los mismos que para armar la película, sólo que en este caos tengo que seguir el orden que figura en las planillas que me pasó la empresa. Ahí dice en qué sala y en qué orden va cada cosa. Otra vez cortar y pegar. Después pongo el rollo en el plato antes del inicio de la película, y ya está armada la cinta completa para largar la función.

Jueves 13:30 PM

Largamos. Levanto la ventanilla de la cabina y miro la sala. Hay poca gente por la hora. Desde arriba, no me doy cuenta si están despiertos, dormidos o desmayados. Porque hay gente que se desmaya, me cuenta Carolina, sobre todo en las películas de terror. “Yo de acá no lo veo, pero me avisan desde abajo por handy. Cuando pasábamos La pasión de Cristo, la película con Mel Gibson en la que mostraban toda la crucifixión, siempre se desmayaba o se descomponía alguien”, cuenta.

Enseguida tenemos que ir a la sala 11, una de las tres salas digitales del complejo para preparar la función de El rey león 3D. Después de haber aprendido a armar las películas en 35 mm y montarlas en el proyector, el proyector digital es casi un chiste.

En la proyección digital desaparece toda la parte material y mecánica. Acá no hay nada para cortar ni pegar ni cinta que enhebrar en ningún lado. El proyector es una máquina enorme con una pantalla de computadora como la de cualquier PC. Las películas llegan en un disco rígido y se copian en el proyector. Si los seis actos en fílmico pesaban unos kilos, acá todo el peso es virtual. La versión en castellano de El rey León 3D pesa 116 gigas.

Con un software parecido al de cualquier reproductor de dvd, armo el equivalente digital de la “torta”, que incluye trailers, publicidades, cortos institucionales de Hoyts –siempre en el orden que marca la planilla- y después la película. Todo se resuelve con el teclado y el mouse, y a la hora señalada sólo queda apretar el botón de “play” como si se tratara de un video de YouTube.

Viernes 22:30 PM

Después de unos días en la cabina yo haría otro plan, pero me insisten para ir al cine. Y aunque voy a ver una película completa desde la comodidad de la butaca, siento como si todavía estuviera trabajando. Cando empieza la función, me doy cuenta de que ya no es lo mismo. Ahora veo las rayitas en la pantalla y escucho los saltos de sonido. Aunque la película está buena, no puedo evitarlo: me doy vuelta y miro hacia la cabina. La ventana está levantada, pero del otro lado no hay nadie. El proyectorista debe estar corriendo hacia la sala de la otra punta, donde en unos minutos larga otra función.

(Publicado en El Guardián el 27 de octubre de 2011)

 

 

2 Respuestas a “Yo fui proyectorista

  1. Muy linda la nota, y qué bueno tener esa foto para enmarcar y colgar.

  2. Hello it’s me, I am also visiting this website daily, this web site is truly pleasant and the users are truly sharing nice thoughts.

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