Entrevista a Pascual Condito: “Mi hija nació en la puerta de un cine”

Algunas personas se pasan la vida viendo películas, otras las escriben, las dirigen, o actúan en ellas. Pero para Pascual Condito el cine no es sólo una profesión, sino una pasión que atraviesa toda su vida. Nacido en Catanzaro, Condito llegó a la Argentina con su familia desde el sur de Italia en 1953, con apenas 5 años. Acá los esperaba su padre, que había venido tres años antes, luego de haber peleado en la Segunda Guerra y haber sido prisionero de guerra de los ingleses en África. Con semejante historia familiar a cuestas, la familia Condito jamás hubiera imaginado el camino que seguiría su hijo. Pero un día Pascual descubrió el cine y se enamoró, y desde entonces hizo todo lo que pudo para sumergirse en ese universo que tanto admiraba. Hace algunas semanas, Condito recibió una mención especial en los premios Konex por su rol y trayectoria en el cine argentino, y en especial en la última década. Porque Condito, que empezó en los setenta trayendo del exterior cine erótico, de terror y de artes marciales para luego pasar a comprar películas europeas de calidad, se convirtió en los últimos diez años en un hombre clave para el cine nacional. Frente a la debacle de 2001, el distribuidor se reconvirtió y empezó a vender cine argentino en todo el mundo, acompañando y potenciando el surgimiento de la nueva camada de directores. Y como si ello fuera poco, después empezó a participar como productor asociado en algunas películas, y a actuar en otras.

Tanta es la pasión de Condito por el cine que se hizo un enorme tatuaje del protagonista de Cinema Paradiso en el brazo, en el que se puede leer la inscripción El cine + mis hijos = Mi vida,  y hasta fue padre en la puerta de un cine. “En una época, para ahorrar plata, con una sola copia se hacían funciones en dos cines distintos con media hora de diferencia. Había que llevar los actos de un lado al otro en moto, estaban los famosos combinadores que andaban por toda Buenos Aires. Yo tenía funciones en San Fernando y Munro y el sábado, en lugar de pagar una moto, llevaba yo los actos. Mi mujer estaba embarazada y una noche yo le decía ‘aguantá, aguantá’, hasta que en la puerta del cine de Munro rompió bolsa. Tuve que dejar la combinación e internarla: mi hija nació en la puerta de un cine”. Como ésa, la vida de Condito, un auténtico self-made man del mundo cinematográfico local, está plagada de anécdotas increíbles. Tantas son, que el hombre decidió volcarlas en un guión: Una vida de película.

¿Cómo empezó su relación con el cine?

A los siete u ocho años descubrí el mundo del cine. Me hice muy amigo del dueño de una sala y para entrar tenía que repartir volantes en las estaciones de trenes. A partir de ahí me volví loco. Mi papá, como buen calabrés, quería que me enseñaran un oficio, y a los ocho o nueve me llevó a una herrería a dos cuadras de casa, pero yo al cuarto quinto día le dije al herrero: ‘dice mi papá que puedo venir a la mañana porque a la tarde tengo que estudiar porque no hablo bien el castellano’. Pero era para repartir volantes para ir al cine, porque en esa época daban dos o tres películas y cambiaban de programa todos los días. Al mes mi papá pasa por lo del herrero a ver cómo andaba y cuando volvió a casa, como era un tipo muy nervioso por la guerra, me quería matar. Me corría por la casa y me amenazaba con mandarme al colegio Don Bosco. A los 11 años me internaron ahí, y al poco tiempo un cura, el padre Pedro, se dio cuenta de mi pasión por el cine y me encargó ir a buscar películas a las compañías para proyectarlas en el colegio, porque había un proyector de 16 milímetros. A los 18 años entré a trabajar en Fate, la fábrica de gomas, y recién a los 19, en 1970, salí del internado y terminé el industrial.

¿Y cómo llegó a ser distribuidor?

Me hice amigo del dueño del Cine Boulogne y me llevaba para comprar afiches y repartirlos en los cines de zona norte. Hasta que el dueño de un cine un día me propone hacer funciones; me dijo que imprimiera diez mil volantes para repartir en las escuelas cercanas y que dejara dos o tres entradas gratis por aula. Y así empecé: pagaba la película a las compañías americanas, películas de Disney, dibujos, e iba a porcentaje con el dueño del cine, mitad para cada uno. Después, un amigo me sugirió que en lugar de alquilar, comprara las películas. Compré El gato con botas y la pasé en el famoso Cine Real, al lado del Maipo. También tenía una película horrible, La piel de satanás, que siempre llenaba los sábados en trasnoche, pero yo seguía en la fábrica. Entonces la alquilé por tres meses para estrenarla en la calle Lavalle. El dueño me decía ‘pero si ésta la estrené yo y no hice un peso, ¿cómo la querés reponer vos?’ Hasta que los cansé, me la dieron y la película reventó. Fue en el 78 o 79, ahí vi por primera vez lo que era la calle Lavalle y vi plata grande. Empecé a comprar películas ya estrenadas, después viajaba y compraba películas eróticas. En esa época estaba la censura, pero en Lavalle estaban los valijeros, que salían a las dos de la tarde, guardaban las valijas y entraban a ver las películas eróticas, aunque en realidad no se veía nada: una teta, un culito, nada más.

¿En ese momento abrió su primera distribuidora?

Sí, en el 79, en un local chiquito. Se llamaba Italsur. Estrenaba películas de karate, de terror y algunas cosas nuevas. Un amigo italiano me insistía para que comprara alguna película prohibida. Había una que había sido furor y que (Paulino) Tato la había prohibido: Las colegialas se confiesan. Entonces fui a la oficina donde funcionaba la censura y me puse a llorar. Les dije que tenía una hija de cuatro años, que si no me autorizaban ninguna película tenía que cerrar. Lloraba y lloraba y me dijeron ‘Pascualito, te vamos a ayudar’, y me autorizaron. Fui el primero en estrenar en Argentina una película que fue un boom. Después empecé a traer películas un poco mejores, hasta que apareció el video. Cuando los cines empezaron a cerrar me fundí, pero después hice un boom con el video, y en 1996 creé Primer Plano. Como no sabía de cine de arte, salía una nota en un diario importante, yo veía los títulos y traía las películas. Un día mi socio me dice que hay una que es la nueva naranja mecánica, la compramos sin verla y resultó ser Trainspotting. Entonces se me ocurrió llamarlo a mi socio diciéndole que me habían amenazado, porque la película tenía mucha droga, era muy fuerte. Creamos en los diarios una cosa de amenazas, nos autocensuramos. Hicimos una denuncia, vieron la película, que no tenía nada, y eso fue una promoción muy importante.

¿Cómo enfrentó la crisis del 2001?

Tenía compradas un montón de películas y me agarró la crisis. En un momento no sabía qué hacer, tenía diez o doce empleados y les dije que se fueran porque no les podía pagar, pero no se fue nadie.  En 2002, cuando me fundo, me debían dinero los canales, estaba desesperado. Entonces Sorín me invita a ver Historias mínimas, la veo, me gusta y me la da para todo el mundo como asesor. Me fui a San Sebastián y a partir de ahí  empecé a dedicarme al cine argentino, estrenando 20 o 30 películas por año. Se corrió la bolilla entre los productores de que yo vendía y empecé a tener las librerías, que son todas las películas ya estrenadas. Así  empecé a vender para todo el mundo cine argentino de los 70 en adelante, y hoy tenemos 450 películas, con un stock muy interesante de los últimos 10 o 12 años, y vendemos distintos derechos: cine, VOD, ahora a INCAATV.

¿Qué tiene que tener una película para que usted quiera distribuirla?

Para comprar una película, a mí me gusta comprar con público. Y cuando compraba películas europeas, para mí lo importante era sentir algo de emoción, lo que está transmitiendo. A los 63 años, si se me tiene que caer una lágrima en una película, no tengo problema. La película que yo más amo es una que vi en el Trocadero cuando tenía diez o doce años, Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti, que habla de una familia del sur de Italia que iba a Milán, y la otra es Cinema Paradiso.

¿Cómo fue que empezó a actuar?

De chico, yo quería hacer la vida que tiene hoy mi hijo Nicolás, que es actor. Yo decía que quería ser periodista o actor y mi padre me decía que tenía que ser mecánico, o carpintero. Cuando entré al internado estudié carpintería, imprenta, mecánica pero no quería hacer nada de eso. Mucho después, cuando hacíamos la película La cruz, que producimos nosotros, Mirta Busnelli me sugirió que estudiara teatro. Ahí empecé a estudiar con Norman Briski durante dos años, y me dediqué a bolos, pequeñas participaciones de un día. Pero pongo condiciones: los lunes no puedo actuar porque son los días de programación (en los cines) y no le puedo decir a un director que no estoy disponible porque me fui a hacer un bolo. Ya llevo hechos 54 bolos, dos o tres cortos y algunas cosas en televisión. En 2005 me nominaron para los premios Cóndor (por El perro, de Sorín). Para mí era una satisfacción, pero quince días antes mis amigos de la industria me hicieron la cabeza de que podía ganar, y cuando no gané me puse mal. Ahí entendí a los actores cuando tienen que sonreir igual. Para mí actuar es un recreo, en los rodajes me tratan bien, tengo privilegio porque puedo ser el distribuidor de ellos, no me tiran la bronca. Y yo me olvido de firmar cheques, llamar a los cines, de que tal productor se queja, de que no se cobró. Me divierto

¿Qué pasó con el guión autobiográfico que había escrito?

En el 96, cuando me separé de mi mujer, empecé a pensar qué había hecho con mi vida y Miguel Angel Solá me sugirió que escribiera mi historia. Empecé a recordar toda mi infancia en el colegio con un grabador, y después contraté a un guionista. El guión (Una vida de película)  ganó un premio de 500 mil dólares en el INCAA, pero vino las crisis y no se pudo hacer. Hubo unos italianos interesados, pero en Italia lo rechazaron porque dijeron que era Cinema Paradiso. Y mis hijos se enojaron porque contaba algunas experiencias muy personales. Entonces cambié algunas cosas, pasaron como cinco o seis guionistas. El problema es que la película es muy cara: empieza en el presente, con un hombre que está en Puerto Madero, mira el río y se acuerda de cuando llegó, y después va a otras épocas. Hablé con un guionista importante y, a raíz de los concursos de miniseries, me propuso hacerla como una miniserie de 13 capítulos. Ahora la estamos reescribiendo y la idea es presentarla a concurso el año que viene. Es una mezcla de Cinema Paradiso y La familia, de Ettore Scola, sobre una familia de italianos en Argentina. La historia de mi padre conmigo fue muy dura, pero a través de las distintas versiones del guión fui haciendo más querible a su personaje. Este guión durmió durante muchos años, pero me sirvió para entender a mi padre. Y si no se hace, para mí lo más importante es que me sirvió para reacomodar mi vida.

(Publicado en El Guardián el 17 de noviembre de 2011)


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