Qué quedará cuando ya nada quede

El celuloide ya es cosa del pasado. Las cámaras de cine clásicas no se fabrican más y nadie sabe qué va a ocurrir con las películas guardadas en rollos de 35 y 16 mm. Migrar todo a digital es la respuesta fácil. Pero eso esconde problemas que todavía no llegamos a prever.

La obra no era nada especial, pero es de las que mejor recuerdo. Fue en el 89. Yo estaba en segundo grado. No sé cuál era mi papel, pero el disfraz incluía top y calzas blancas con puntilla. Tenía flequillo. La adolescencia todavía no había arrasado con mi pelo lacio, así que podía usar flequillo. Me acuerdo de tanto detalle gracias a una foto, pero sobre todo porque alguna vez, hace mucho, vi un video. No sé quién lo grabó, si mi papá o mi abuelo, pero todavía tengo los casetes: unos VHS chiquitos, más chicos que los comunes, que se metían dentro de otro VHS más grande para reproducirlos en la videocasetera. Cada vez que me mudo (la última hace casi dos años) veo esos casetitos y digo que voy a ir a algún lugar a que los pasen a la computadora, pero después pasa el tiempo y me olvido. Ahora, por ejemplo, ni siquiera sé dónde están. Sé que tengo que hacer ese transfer a digital, y que cada día que pasa es un poco más difícil encontrar un local que tenga los aparatos necesarios, pero igual no lo hago. Va a llegar un día en que quiera ver esos videos, o mostrárselos a mis hijos (cuando tenga hijos) y no va a haber una sola máquina capaz de reproducirlos. O quizás sí, quizás exista la máquina, pero la cinta magnética esté tan deteriorada que en lugar de un video con chicos corriendo en el escenario escolar haya puras manchas. O tal vez ni eso.

Lo que tengo que hacer se llama “migrar”. Migrar el contenido de los VHS chiquitos a un disco rígido, migrar de un formato al otro para evitar que los casetitos sean sólo cajitas negras y anacrónicas y nada más. Porque son los propios fabricantes los que dicen que los videos no duran más de 20 años (se pierde la base magnética). Si es realmente así, en los casetitos del 89 ya no debe quedar nada. Tal vez por eso no hago el transfer: mejor seguir creyendo que esas cajitas todavía guardan parte de mi infancia.

Entonces: para no perder nuestros recuerdos hay que migrar. Migrar, migrar, migrar: ésa es la consigna. Depende del archivo, de la importancia que tenga, la migración se hará más temprano o más tarde (para archivos de máxima calidad, los expertos dicen que cada cinco o diez años, no más). Una carrera loca e interminable por evitar la obsolencia. Algunos dirán que semejantes exigencias son puro negocio: inventan nuevos formatos para vender nuevo software y nuevos aparatos. Es verdad. Pero acá el tema es unilateral, el que no migra pierde el tren, y no es cualquier tren. Parece que de ahora en más ésa será la mecánica: darnos cuenta de lo que perdemos a medida que la pérdida sea irreversible. Voilà.

 

Todo concluye al fin

Hace unos meses circuló la noticia de que las tres grandes empresas fabricantes de cámaras de cine –Panavision, Arri y Aaton– dejaron de producir cámaras que utilizan rollos de celuloide para concentrarse en el desarrollo de cámaras digitales. La lógica indica que si no se hacen más cámaras de cine habrá cada vez menos demanda de película de 35 o de 16 mm, y algún día no muy lejano quizás hasta deje de fabricarse del todo.

Es decir: tras 115 años, la perspectiva del fin del celuloide –no del cine, sino del fílmico– es un dato como para tomar nota. Porque si no se fabrica más película, se va a complicar bastante la tarea de los archivistas, que para preservar una película, para garantizar su supervivencia futura, necesitan guardarla en fílmico. El fílmico bien cuidado (almacenado en condiciones específicas de humedad y temperatura) puede durar más de cien años, mientras que el digital, tan bueno y barato para la difusión y el acceso, no es muy duradero.

Según The Digital Dilemma, un informe elaborado por la Academia de Hollywood en 2007 y dirigido sobre todo a los grandes estudios, las películas que se preserven en archivos digitales de alta calidad deben ser migradas cada cuatro o cinco años, porque no se sabe cuánto puede durar el digital, pero sí se sabe que con el paso del tiempo se degrada. Y además, otro problema: cada día aparecen nuevos formatos, estándares y archivos. El hardware y el software se vuelven obsoletos tan rápido que, dentro de treinta o cincuenta años, probablemente no haya forma de reproducir los archivos que usamos hoy. Lo saben bien los científicos de la NASA que en 1999 descubrieron que ya no podían abrir archivos digitales con imágenes enviadas por un satélite espacial en 1975 porque no había aparato capaz de leer el formato de esos archivos.

El informe de la Academia también destruía otro mito: ése que dice que el digital es siempre más barato. Lo que es cierto para la difusión deja de serlo cuando el criterio es la permanencia. Según este informe, preservar el master digital de una película costaba en 2007 unos 250 dólares más por año que preservarlo en fílmico. Por eso los grandes estudios, que no van a dejar escapar negocios futuros, pueden filmar, postproducir y exhibir en digital, pero siguen preservando sus largometrajes en fílmico.

 

A guardar, a guardar

Más allá de la cuestión técnica, la pregunta sigue siendo para qué guardar. Mal que les pese a los desprendidos, los archivos nacionales existen desde hace mucho (más o menos desde fines del siglo XVIII) y son instituciones clave en la formación de la memoria y de la identidad colectiva.

En el caso del cine, aunque hubo algunas experiencias pioneras, los primeros archivos o filmotecas datan de los años 30 del siglo pasado. Al principio el cine era considerado algo efímero. Por contrato, los distribuidores estaban obligados a destruir las copias una vez terminado el período de explotación de cada película. Si a eso le sumamos que las latas ocupaban lugar y eran peligrosas (porque el soporte de entonces, el nitrato, era un material autocombustible que provocaba frecuentes incendios), no sorprende que casi toda la producción muda se perdiera. Si algo sobrevivió –en el caso argentino apenas el 10 por ciento de todo el cine mudo nacional– fue gracias al entusiasmo de coleccionistas privados que se guardaron las copias.

Probablemente se tardó tanto en reconocer la necesidad de los archivos fílmicos porque pocos veían al cine como un arte. Recién en los años 30, con la llegada del cine sonoro, hubo cierta conciencia de que había que preservar los materiales fílmicos en tanto obras de arte o al menos como registros de la experiencia histórica. Cuando se empezó a temer que la producción muda desapareciera del todo por obsoleta y por no tener valor comercial, se crearon los archivos fílmicos.


Eterno resplandor 

Debe haber algo psicológico en esto de guardar. A mí cada tanto me agarra la loca y hago una limpieza en la que tiro de todo, pero nunca todo. Siempre hay una tensión entre guardar y tirar. Guardar mucho es una carga, pero si estás demasiado liviana te volás a la primera ráfaga. La clave es que podemos decidir. Con el cine, en cambio, es como si tiráramos todo de una, alegremente y sin preguntas.

Sean los recuerdos personales o la memoria entera del mundo, es difícil imaginar qué vendrá cuando ya no quede nada. Tal vez un vacío parecido al que intuyó Nicole Krauss en Llega un hombre y dice. Por un problema de salud, a los 36 años el protagonista de la novela pierde todos sus recuerdos de los doce en adelante. Se olvida de todo. Es un hombre adulto, piensa como adulto, pero no recuerda nada de lo que vivió en los últimos 24 años. Aún acompañado, queda atrapado en una soledad absoluta. Entonces se somete a un experimento científico en el que transfieren a su mente casi virgen un recuerdo de otro. Y lo que parecía un experimento inofensivo resulta aterrador. En palabras de Krauss, es como si alguien prendiera un fósforo en la oscuridad más oscura. Prender un fósforo y darse cuenta de todo el espacio negro y vacío, alrededor o dentro de uno.

Casi un siglo después del fin del cine mudo, los cambios que trae el digital están dando lugar a un escenario parecido. De repente, hay una ansiedad loca por desechar el fílmico como si fuera obsoleto, cuando el tema de la preservación digital ni siquiera está resuelto. Los grandes estudios, por las dudas, se cubren las espaldas. Pero todo el resto descubrirá su suerte en el camino. Quizás dentro de cincuenta o cien años sea más fácil ver una de Chaplin que una película de nuestros días. Como pasó con el mudo, seguramente alguna sobreviva (¿Avatar?¿Spiderman?) y tal vez se convierta en algo parecido al fósforo de Krauss: un chispazo solitario que ilumine el vacío y permita intuir lo que llegó a ser el cine un día.

(Publicado en Lamujerdemivida n65, verano 2012)

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