Tanta belleza sin palabras

Napoleón, el film del francés Abel Gance, es uno de los momentos culminantes del cine mudo. Poco recordada durante décadas, un estudioso norteamericano se dedicó a restaurarla. El resultado es una versión de más de cinco horas que incluye orquesta en vivo y una pantalla de tamaño especial. Una integrante de Lamujerdemivida estuvo en la presentación de la película y cuenta sus sensaciones

Si lo hubiera planeado, seguro que no salía tan bien. Estaba de viaje en San Francisco y me enteré de casualidad, mientras hojeaba un diario gratuito que encontré en la librería City Lights. Kevin Brownlow iba a dar una charla al día siguiente sobre la restauración de Napoleón de Abel Gance, una de las películas más importantes –si no la más importante– de todo el cine mudo, estrenada en 1927 en la Ópera de París. Cineasta e historiador del cine, Brownlow es una de las personas que más hizo en el mundo por la valoración del cine mudo. Tanto hizo, que en 2010 recibió un Oscar honorario por su labor. Este inglés de 74 años dedicó buena parte de su tiempo a restaurar algunas joyas mudas, entre lasque se cuenta Napoleón. O más bien, Napoléon vu par Abel Gance, como se llama en realidad la película con la que se topó a los dieciséis años. Fue uno de esos encuentros que cambian la vida de alguien para siempre. Brownlow quedó tan impresionado que decidió buscar más copias y todala información que pudiera encontrar. Y cuando empezó a ganar lo suficiente, se puso a trabajar en una restauración del film, que para entonces ya no existía en su forma original. Pero mi entusiasmo se agotó rápido; apenas me enteré de que ya no había entradas para la charla. Todavía quedaban dos proyecciones de la película completa en el Paramount Theathre de Oakland; dos de las cuatro únicas funciones. Di algunas vueltas –ese sábado era el último día del viaje y teníamos otros planes– pero decidí que iría. Y menos mal que fui.

Para nada silencioso

Cine mudo o silent cinema, como se dice en inglés, ninguno de los nombres es descriptivo, porque ese cine no era ni mudo ni silencioso: las películas se proyectaban con orquestas que musicalizaban en vivo, en las salas se escuchaban las voces de cantantes o actores ubicados a los costados de la pantalla, y a veces también había aparatos que emitían sonidos. Pero de alguna forma hay que llamar a esa forma de expresión visual que, en algo más de treinta años, se consolidó como un lenguaje con reglas propias y conquistó el mundo. Y que luego, con la llegada del sonoro, desapareció para siempre. A partir de las talkies, se instaló la idea de que el cine mudo era un balbuceo primitivo que no valía la pena. Tal vez fuera la propia industria, que buscaba imponer el nuevo producto, la que creó el mito: que las películas mudas eran tontas, que se veían mal, que las actuaciones eran malas y grotescas. Pero esas apreciaciones eran fruto de varios equívocos. Como cuenta Brownlow en la introducción del libro Silent movies, durante el cine mudo no había una velocidad estándar de registro y proyección, pero las películas solían proyectarse a 16 cuadros por segundo. Con la llegada del sonoro, se fijó un estándar a 24 cuadros y todas empezaron a proyectarse a esa velocidad. Pero en el caso de las películas mudas, el efecto era ridículo. Es por eso que, todavía hoy, mucha gente asocia el cine mudo con personajes que se mueven en cámara rápida, aunque bien proyectadas las películas no se vieran así. Tampoco es cierto que estuvieran mal fotografiadas. Las películas que se veían mal eran copias de copias de copias, no las versiones obtenidas a partir de un buen negativo.

Como no se lo valoraba en tanto arte y nadie se preocupó por preservarlo, el cine mudo apenas logró sobrevivir. De las pocas películas que quedan–el 90 por ciento se ha perdido– Napoleón es un caso especial. Poco después del estreno en París, Gance escribió una carta en la que le decía al público: “Con Napoleón hice un esfuerzo tangible hacia una forma cinematográfica más rica y elevada; déjense llevar completamente por las imágenes”. Aunque suene raro que hablara así de su obra, Gance no exageraba. Napoleón es una película desmesurada, tanto en escala como en innovaciones. Las primeras versiones duraban entre tres y seis horas y media, y como eso demasiado para los estándares comerciales, lo distribuidores se tomaban la libertad de reeditarla a su antojo, algo bastante usual en aquellos años.

Hacia los años setenta, el mito sobre lo malo que era el cine mudo estaba bien arraigado, y las películas eran a lo sumo piezas de museo. Pero unos cincuenta años después de que Hollywood les extendiera el certificado de defunción, Napoleón logró lo impensado. En 1980, Brownlow presentó una versión restaurada de cinco horas en el Empire Theathre de Londres y el público volvió a ver una película como antes de 1930:en una buena copia en fílmico, musicalizada con una orquesta en vivo y proyectada a sala llena en un gran teatro. Al año siguiente, la película se presentó en Nueva York y le fue tan bien en la taquilla que se convirtió en el evento cinematográfico del año. Ése fue el principio de una historia de varias décadas, en las que Brownlow, como un avezado detective, se dedicaría a buscarlas piezas que faltaban para completar el rompecabezas.

Cine en vivo

La versión de Napoleón que vi a fines de marzo en Oakland, de cinco horas y media, es la más extensa hasta el momento. Según cálculos del propio Brownlow, si se incluyen las reediciones que hizo Gance y las distintas restauraciones, es la versión número veinte. La proyección fue tan desmesurada como la historia de la película. Ocho horas de función, tres intervalos, cincuenta músicos en vivo, cuarenta dólares la entrada más barata. Mi novio no quiso saber nada, así que fui sola; si un tipo como Brownlow había dedicado más de tres décadas a restaurar una película, valía la pena verla.

Cuando llegué al teatro, una bellísima sala art déco de 1931, también restaurada, ya había bastante cola. La sala era ideal para imaginar la sensación de aquella primera proyección en la Ópera de París, a la que asistieron personajes como André Malraux y Charles De Gaulle. Mi asiento estaba en el tercer nivel, costado izquierdo. El teatro, casi lleno: unas tres mil personas dispuestas a pasar el día entero ahí para ver una película muda. Cuando se apagaron las luces y escuché los primeros acordes de la orquesta, me sentí rara. Las butacas eran chicas, tenía todo el abrigo encima y cada tanto sentía los codos de mis vecinos. Y hay que decirlo: si uno no está acostumbrado, al principio cuesta un poco entraren el código de una película muda. La primera impresión es de puro artificio. Pero si la película es buena y se tiene algo de paciencia, de repente sucede. Uno entra en el universo del film y, como pedía Gance, se deja llevar. Al rato, ya me había olvidado de los codos y hasta de que los intertítulos (esos carteles de texto con fondo negro que pasan entre plano y plano) estaban en inglés.

Y entonces llegó el primer intervalo. Como había sólo veinte minutos, enfilé directo para el baño. Bajé despacio, sin imaginar que el subsuelo era el caos. En realidad, ni siquiera llegué al subsuelo, porque la cola empezaba en las escaleras. Lógico: estábamos los tres mil ahí, todos preocupados por volver a la butaca a tiempo. No se sabía dónde empezaba ni terminaba la fila, que de tantas vueltas era más bien una multitud. Pero nadie empujaba. La gente llegaba y se ubicaba más o menos donde le decían los demás.

El segundo intervalo fue más largo. Una hora y media para cenar, aunque fueran las cinco de la tarde. Ya en la fila del baño había escuchado de gente que había hecho reservas en restaurantes cercanos hacía cosa de un mes. No tenía hambre, pero la función iba a terminar tarde, así que salí resignada al McDonald’s. No vi ninguno. Terminé en cambio en un restaurante etíope, el único con mesas vacías en un par de cuadras a la redonda. Para el tercer intervalo, veinte minutos más, ya estaba entrenada: salí ni bien encendieron las luces y bajé los tres pisos a las corridas. Me sentía como en casa. Entonces volví a la sala y empezó lo mejor.

Yo sabía que iba a pasar, sabía que en un momento, hacia el final de la película, la pantalla se multiplicaba por tres, pero aun así no lo podía creer. De repente, lo que habíamos visto hasta el momento pasó a ser sólo un tercio de la pantalla, o más bien la pantalla del medio. Aparecieron otras dos a los costados, creando un efecto panorámico y un montaje entre las imágenes de cada pantalla que no sé cómo describir. Para dar una idea, en la sala habían instalado tres cabinas con tres proyectores distintos sincronizados. Si todavía hoy, con IMAX y 3D, esto es impresionante, cuesta imaginar el efecto que debe haber tenido en los espectadores de 1927. Y ahí entendí: las películas mudas fueron hechas para ser vistas así. La orquesta, la sala preciosa, las ovaciones de pie y, en este caso, las tres pantallas viradas a cada uno de los colores de la bandera francesa. Lloré. Era cine vivo y en vivo. Y lo que me emocionaba no era la historia o el camino de los personajes, sino el hecho de estar ahí. De vivir una experiencia cultural de otro tiempo con casi tres mil personas que, en ese momento, sentían lo mismo que yo.

(Publicado en el número 68 de Lamujerdemivida, primavera 2012)

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