Confesiones cinéfilas (El cine y lo que queda de mí)

“Amo una actividad que me da asco”, dice Hernán Musaluppi. Tratándose de un miembro pleno de esa renovación generacional que se conoce como Nuevo Cine Argentino, la frase da una idea del tono y del lugar en el que pretende ubicarse el libro. En general, cuando se hace referencia al Nuevo Cine Argentino, se menciona sobre todo a los directores que desde mediados de los noventa se propusieron sacudir el empobrecido panorama cinematográfico con un cine personal. Pero ya sean grandes o chicas, comerciales o independientes, todas las películas necesitan de un productor. Musaluppi participó en la producción de películas clave como Silvia Prieto y Mundo Grúa, y en 2001 fundó Rizoma, una productora que estuvo detrás de Los guantes mágicos y El custodio, entre otras. Pero también enseña producción en escuelas de cine, y frente a la falta de bibliografía sobre el tema, un día se le ocurrió escribir un libro sobre su profesión. Sin embargo, en algún momento el proyecto mutó: el libro pasó de ser un manual de producción a convertirse en una combinación de diario íntimo y anecdotario con análisis y reflexiones sobre la producción.

El cine y lo que queda de mí yuxtapone géneros, tonos y temas con total libertad y esa mezcla algunas veces funciona mejor que otras. Hay una zona autobiográfica en la que Musaluppi narra, con una escritura fluida y entretenida, experiencias personales. Esos pasajes, marcados por la confesión, están entre lo mejor del libro. El autor también se mete de lleno con la cuestión de la producción y pone sobre la mesa temas que el mundillo conoce pero nadie discute: el problema de producir películas caras para las que no hay mercado, el rol del Estado en la producción y las distorsiones que genera. Musaluppi señala que las películas se dividen entre aquellas a las que les importa el resultado final y aquellas a las que no, que se producen con el único objetivo de cobrar los subsidios del INCAA. Y también se mete con las excentricidades y esnobismos de buena parte del mundo del cine, a veces con nombre y apellido.

El libro es una verdadera novedad, en la medida en que logra sacudir un ambiente marcado por la falta de un debate real. El mayor problema es que las críticas que reparte no son parejas: directores y críticos la ligan mucho, pero poco se dice del rol del Instituto o de ciertos productores en las distorsiones que el propio libro denuncia.

(Publicado en El Guardián el jueves 11 de octubre de 2012)

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