Tesoros rescatados de las garras del tiempo

Tesoros-rescatados-garras-tiempo_CLAIMA20121208_0061_8Además de una copia completa de “Metrópolis”, los hallazgos de investigadores argentinos no se agotan: acaban de estrenarse en festivales las versiones de dos filmes fundamentales encontrados en colecciones locales, “El hijo del otro” y “Sangre negra”.

En “La carta robada”, el cuento de Edgar Allan Poe, la policía parisina busca una carta muy importante que un ministro le robó a la reina. La policía sabe que el ministro la tiene en su casa y revisa de manera sistemática los lugares más recónditos, pero no la encuentra porque la suya es una mirada que no ve. El que finalmente da con la carta es el detective C. Auguste Dupin, que no busca en lugares raros sino en uno tan evidente y superficial como la repisa de la chimenea. Es la mirada astuta del detective la que le permite ver allí donde la policía está cegada. Siempre es la mirada.

En las últimas semanas, dos festivales internacionales, el New York Film Festival (NYFF) y Le Giornate del Cinema Muto de Pordedone, proyectaron dos películas rescatadas del olvido en Argentina gracias a la mirada lúcida de varios investigadores locales; una mirada poco frecuente, que combina el conocimiento de la historia del cine con el manejo de las latas de fílmico. La primera película, El hijo del otro, data de 1928 y es el hallazgo más importante para el cine soviético de los últimos cincuenta años. La otra es Sangre negra (1951), una rareza del cine clásico argentino, mutilada por la censura norteamericana. Dos rescates de resonancia internacional que evidencian el rol de los especialistas en preservación.

Una joya soviética

La historia es conocida: en 2008, el coleccionista e historiador del cine Fernando Martín Peña y la directora del Museo del Cine, Paula Félix-Didier, encontraron en el Museo la colección de películas de Manuel Peña Rodríguez, que había pasado más de cuarenta años en dos archivos públicos sin que nadie le prestara atención. La colección contenía una copia completa de Metrópolis con media hora que se creía perdida, pero había mucho más que eso. Después de revisarla e inventariarla durante meses, encontraron que había sobre todo películas mudas europeas, varias de ellas consideradas perdidas. Pero llegar a esa conclusión no fue sencillo. “La colección estaba muy desordenada y lo único que teníamos eran los títulos de las latas. No había un fichero para orientarse y como se trataba de negativos, tampoco podíamos manipularlos mucho. Veíamos lata por lata y revisábamos los datos que aparecían en los intertítulos, como personajes o situaciones, para después buscar qué películas eran. Y una vez que las identificábamos, nos poníamos en contacto con especialistas de distintos países para ver si la película existía”, cuenta Peña.

Una de esas películas, rotulada como El hijo del otro, era del director soviético Yevgenii Cherviakov, pero no había ninguna otra información. Peña y Félix-Didier escanearon algunos fotogramas y se los hicieron llegar a Peter Bagrov, un especialista ruso en cine mudo que se volvió loco con la noticia, porque hasta ese momento las tres películas más importantes de Cherviakov, entre ellas la hallada, se consideraban perdidas. Peña y Félix-Didier hicieron un transfer a dvd y se lo enviaron a Bagrov, que empezó a trabajar en una reconstrucción del filme. “En los años 30 había una oficina de censura muy grande en Rusia, y cuando una película se iba a pasar en el cine había que mandar antes los títulos para que los leyeran. Con la lista completa de títulos, Bagrov pudo hacer una reconstrucción”, explica Félix-Didier.

Para Bagrov, se trata de un hallazgo fundamental: “Durante un breve período (1928-1929), que coincidió con el pico del cine mudo soviético, las películas de Cherviakov fueron consideradas un modelo del cine poético ruso. Junto con Vsevolod Pudovkin y Aleksandr Dovzhenko, Cherviakov representaba la variante ‘personal’ y ‘subjetiva’ del cine de vanguardia, mientras que Sergei Eisenstein y Dziga Vertov integraban la rama ‘objetiva’ y ‘global’”. Según el investigador, El hijo del otro es un manifiesto subjetivo y existencialista escondido en el caparazón de un melodrama clásico. El argumento es simple: una mujer le dice a su marido que el hijo que acaban de tener no es suyo, y desde ese momento, el marido se obsesiona con sus emociones. Descubre quién es el padre pero eso no le preocupa, ni tampoco la infidelidad o los chismes de los vecinos; algo cambió y eso lo aturde. “Todo sucede con una dignidad y una escala moral muy rara para la época”, observa Félix-Didier.

La protagonista femenina, Anna Sten, era una estrella del cine mudo soviético y alemán a la que Samuel Goldwyn quiso convertir en una nueva Greta Garbo. En los años 30, Sten hizo tres películas con Goldwyn pero no le fue bien en la taquilla y nunca llegó a ser una diva. A partir del hallazgo de esta película, a Bagrov se le ocurrió dedicarle una retrospectiva en Pordedone, el festival más importante de cine mudo. La inclusión de El hijo del otro fue una excepción, porque allí no suelen proyectar copias en digital si no están restauradas. Pero la idea era mostrar la reconstrucción como un primer paso para conseguir los fondos para restaurarla. Félix-Didier viajó a Pordedone para acompañar la proyección.

Un clásico argentino

El otro rescate es un “film noir negro” basado en la novela Native son, del escritor norteamericano Richard Wright. Sangre negra, como se llamó acá, cuenta la historia de Bigger Thomas, un muchacho negro de un barrio segregado y pobre de Chicago que consigue trabajo como chofer de una familia blanca y mata por accidente a la hija de sus empleadores. El protagonista trata entonces de ocultar el crimen, pero sólo agrava su situación. “La película muestra que, si bien es responsable de los crímenes, esa responsabilidad debe ser compartida porque sus acciones son producto del miedo y de la forma en que la sociedad ha tratado a la raza negra”, señala Peña.

La gran pregunta es por qué un proyecto tan raro –protagonizado por el propio Wright y dirigido por el francés Pierre Chenal– se hizo en los estudios de Argentina Sono Film. Por un lado, hay que recordar que Chenal tenía fuertes vínculos con el país, donde había recalado cuando los nazis ocuparon Francia y adonde volvió a filmar más de una vez. Y por otra parte está Wright, cuya novela es pionera en la reivindicación de los derechos civiles de los negros. En 1950, Wright explicó que adaptar la novela sin pasteurizarla hubiera sido imposible en su país por los prejuicios raciales y porque parte del argumento tenía que ver con la actividad de grupos comunistas que combatían la segregación racial. Así que prefirió recrear Chicago en Argentina Sono Film, en lo que fue una verdadera superproducción en inglés, con protagonistas norteamericanos y equipo técnico argentino.

Sangre negra se estrenó con subtítulos en castellano en el Gran Rex el 29 de marzo de 1951. El estreno local fue un éxito, pero con la distribución en Estados Unidos empezaron los problemas: la censura consideró que la película daba una imagen desfavorable de la sociedad norteamericana al presentarla como segregada, y mandó a cortarla. Como Argentina Sono Film no se quedó con el negativo original –lo más probable es que se lo haya mandado al distribuidor norteamericano– y nunca pudo recuperarlo, con los años la única versión que circuló fue la norteamericana; una versión tan deformada que condenó la película al olvido.

La historia del rescate empezó en 1992, cuando Peña descubrió la película en proyecciones del Club de Cine y del Cineclub Núcleo, en las que se exhibió una copia, del coleccionista Rubén Martínez Cuitiño, a la que después le perdió el rastro. En 1996 el canal de cable Space anunció que la iba a pasar, pero cuando Peña la vio, notó que en lugar de 104 minutos duraba 91. Era la versión censurada.

“Había desaparecido la idea de que la responsabilidad de lo que le pasa al protagonista es social y todo lo que fuera denuncia”, recuerda. Esas diferencias y el hecho de que la película fuera totalmente desconocida despertaron su interés, y por eso en 1999, cuando encontró una copia en 16 milímetros en Montevideo, la compró. En 2005 la proyectó en Malba y el dato de que Peña tenía la única copia completa que existía llegó hasta el antropólogo argentino Edgardo Krebs, que trabaja en el Smithsonian Institution de Washington y también investigaba sobre la película. Lo que siguió fue el empeño y la colaboración de dos investigadores que ni siquiera se conocían por rescatar del olvido la versión original. Krebs se puso en contacto con Peña para ver si podían restaurar la copia y Peña aceptó enviársela a Washington para mandarla a limpiar y reparar allá.

En el medio, Krebs se enteró de que en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos había un material vinculado a Sangre negra que no estaba catalogado. Insistió y resultó que era una copia en 35 milímetros. Luego de una minuciosa comparación toma por toma con la copia de Peña, Krebs concluyó que se trataba de una versión casi completa del filme: “La copia de Fernando contiene una escena (menos de un minuto) que falta en la otra, que no estaba catalogada porque pertenece al Archivo Nacional de Puerto Rico. Es muy posible que el distribuidor norteamericano la depositara en Puerto Rico para salvarla de los censores”. Krebs le mostró la película a Scott Foundas, programador de la Film Society of Lincoln Center, y a Gavin Smith, editor de la revista estadounidense Film Comment, y así fue como el NYFF proyectó con éxito la única película del cine clásico argentino que lleva el sello de “Argentina Sono Film Internacional”. La restauración, a cargo de la Biblioteca del Congreso, ya está en marcha. Cuando esté lista, Peña recibirá una copia nueva en 35 milímetros y Sangre negra se podrá volver a ver en Buenos Aires, completa y con la misma calidad del estreno.

Estos dos rescates, tan celebrados en el mundo, evidencian la importancia de preservar el patrimonio fílmico. Argentina fue desde los inicios uno de los países más cinéfilos y no debería sorprender que por acá hayan circulado todo tipo de películas. Pero como todavía no existe una Cinemateca Nacional que forme investigadores con esa doble mirada –la que aúna investigación y manejo del fílmico–, las películas están abandonadas a su suerte, a la espera de aquellos que sepan detectar su valor. En el prólogo del libroMetrópolis, Kevin Brownlow, especialista en cine mudo y ganador de un Oscar a la trayectoria, llama a Peña “detective del celuloide”. La etiqueta bien le cabe a todos los que estuvieron detrás de estos rescates y que, como C. Auguste Dupin, encuentran porque saben buscar.

(Publicado en Revista Ñ el sábado 8 de diciembre de 2012)

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