Irán: cómo es filmar hoy sin pedir permiso

ImagenUna sección especial del Festival de Rotterdam se propuso investigar qué fue del cine iraní, que brilló hace sólo una década en el circuito, y descubrió desconcierto de los cineastas, ficciones como metáfora de la alienación y una vida oculta pero muy activa en galerías de arte.

Hubo un tiempo, desde principios de los noventa hasta mediados de la primera década del siglo XXI, en que el cine iraní era la estrella de los festivales y brillaba con las obras de directores como Abbas Kiarostami, Mohsen Makhmalbaf y Jafar Panahi. En 2012, el cine iraní ganó un Oscar con La separación, de Ashgar Faradi. Pero más allá de este caso, desde hace algunos años las condiciones se endurecieron para los cineastas, y las buenas noticias dejaron lugar a otras más oscuras como el arresto y la prohibición de filmar de Panahi.

Los programadores del Festival de Cine de Rotterdam Bianca Taal y Gertjan Zuilhof notaron que cada vez había menos películas iraníes en los festivales internacionales, pero a través de los directores iraníes que todavía se cruzaban en algunos se enteraron de que en Irán hay toda una vida artística oculta pero muy activa. Fue así que empezaron a trabajar en Inside Iran, una de las secciones paralelas más interesantes de la 42da edición del festival, que acaba de terminar. Con más de cuarenta películas, videoarte e instalaciones, la muestra ofreció un rico panorama de lo más nuevo del cine y el arte iraní, siempre ligado a las condiciones políticas del país. 

Permiso para filmar

 En Irán hay una cultura cinematográfica muy fuerte, pero desde la revolución de 1979 rige un sistema teocrático y los directores lidian como pueden con la censura. Hubo una época, durante la presidencia del reformista Mohammad Khatami, en que las restricciones aflojaron un poco y directores como Kiarostami y Makhmalbaf pudieron tratar cuestiones políticas de manera indirecta. Después aparecieron películas más críticas como las de Panahi, pero todo cambió en 2005 con la asunción de Mahmoud Ahmadinejad, y sobre todo después de su cuestionada reelección en 2009, cuando las sospechas de fraude desencadenaron fuertes protestas y una violenta represión.

Hoy la actividad cinematográfica está muy vigilada. El Ministerio de Cultura y Orientación Islámica controla que las películas cumplan con los códigos de conducta islámica. No puede haber contacto físico entre personas de distinto sexo, las mujeres tienen que usar el velo y no se puede cuestionar la autoridad religiosa del gobierno. Además, cuenta Taal, para filmar y exhibir hay que obtener un permiso oficial. Pero más allá de estas reglas, para los cineastas es muy difícil saber de antemano qué está permitido y qué está prohibido.

Frente a esta situación, hay distintas reacciones. Muchos acatan la censura y hacen un cine que podría llamarse “oficial”: comedias y dramas familiares, en especial de temas religiosos, que cuentan con apoyo del gobierno y son los que se exhiben en los cines, donde no pasan películas extranjeras. En esta categoría seguramente entrará la anunciada versión iraní de la historia que cuenta Argo, de Ben Affleck.

Pero para aquellos que quieren filmar sin censura, las cosas son más complicadas. “En Irán algunos tienen muchos problemas y no pueden trabajar y otros eligen no hacerlo, pero también hay gente que está muy activa. Depende mucho de cuál sea tu relación con tu propio trabajo”, explica la actriz Fatemeh Motamedarya, una de las más importantes y premiadas de Irán, invitada como jurado a Rotterdam. Desde hace dos años, Motamedarya tiene prohibido actuar, pero no sabe por qué: “No sé exactamente, porque no soy una mujer politizada. Lo que pasa es que el cine no está en manos de gente idónea. Es un problema cultural, no nos entendemos unos a otros y el tipo de cultura que se produce no me gusta. Pero es un malentendido sobre quién soy o qué es lo que quiero”, señala.

El caso más famoso es el de Jafar Panahi, que en 2010 fue sentenciado a seis años de arresto domiciliario y veinte de inhabilitación para hacer películas y salir del país, acusado de hacer “propaganda contra el régimen” porque pretendía mostrar las protestas de 2009 en una película. En 2011, el director desafió desde el absurdo a las autoridades al producirEsto no es una película, un film en el que lee frente a cámara el guión de la que iba a ser su próxima película. Esto no es una película salió de Irán en un pen drive escondido en una torta y se proyectó en Cannes y otros festivales. Por estos días otra película suya (Closed Curtain), codigirida con Kambozia Partovi, se exhibe en el festival de Berlín. Pero Panahi no es el único que desafía al gobierno. Al parecer, cada vez hay más cineastas jóvenes que se animan a filmar sin pedir permiso.

 

Vivir y filmar en Irán

En cuanto la gente del cine se enteró de que en Rotterdam habría una muestra de cine iraní, la noticia se difundió y empezaron a llegar muchas obras. Parviz, de Majid Barzegar, es una muy buena película de bajo presupuesto rodada sin el permiso oficial. El protagonista es un hombre de más de cincuenta que vive con su papá, no está casado ni trabaja y se ocupa de las tareas del hogar, así como de ayudar a los vecinos. Pero un día su padre le anuncia que va a volver a casarse y le alquila un departamento para que se vaya. A partir de allí, Parviz siente el rechazo de una comunidad que hasta ese momento parecía amable y empieza a comportarse de manera cada vez más cruel. “En Irán la sociedad se ha vuelto agresiva. Parviz representa no sólo a un individuo, sino a la situación de la sociedad iraní. Hay gente que no es escuchada, y yo quería ver qué podría decir o hacer uno de estos personajes al adquirir su propia voz”, contó el director después de la proyección de la película. Además, explicó que al ser una historia amarga que critica a la sociedad, en Irán no la han tomado bien y por eso todavía no se ha podido exhibir allí.

Otra buena película en la que la situación del personaje funciona como metáfora del estado de alienación y silencio es Ziba. La ópera prima de Bani Khoshnoudi cuenta la historia de una mujer de clase alta atrapada en una rutina poco feliz, que un día queda varada lejos de su casa y, mientras espera que su marido la vaya a buscar, aflora la angustia y la opresión de la vida cotidiana. “El estado de sofocamiento de la sociedad iraní es político y social, pero también personal. Hoy la comunicación entre personas de distintos géneros, clases sociales, generaciones y culturas es imposible. Y a la vez, como reflejo de la censura del gobierno y de las restricciones religiosas, la gente se autocensura”, escribió la directora en un texto sobre la película.

Pero no todo es realismo. Fat Shaker, de Mohammad Shirvani (una de las tres ganadoras de la competencia oficial) es una película muy rara para lo que se suele ver en el cine iraní. El film cuenta la historia de un padre alcohólico que usa a su hijo sordomudo, que es joven y atractivo, para chantajear mujeres con plata. “Me saturó la forma naturalista de filmar en Irán. Quise poner más surrealismo y algo de absurdo en la película”, le dijo Shirvani alDaily Tiger, el diario del festival. Fat Shaker no refiere de manera directa a ninguna situación política, pero eso no impidió que fuera mal vista en Irán. “Los censores la sacaron del festival de Teherán y un sitio fundamentalista publicó de todo: que se hizo de manera independiente, que está en contra de los iraníes, que es perversa. Creo que va a estar complicado para mí cuando vuelva a Irán”, comentó el director.  

 

La escena under 

La muestra de Rotterdam también hizo foco en la existencia de un circuito artístico underque pasa por las galerías de arte, que se han convertido en lugares de encuentro para videoartistas y cineastas. “Cuando una película no puede exhibirse públicamente, la gente suele organizar proyecciones privadas en espacios informales e incluso en las casas”, cuenta Taal. Todo el mundo sabe de la existencia de esta red informal de artistas, pero al parecer el gobierno es más tolerante con lo que pasa puertas adentro. La muestra ha intentado capturar algo de ese clima cultural que florece en la esfera privada, y para ello el festival montó una casa de té ambientada alla iraní, con almohadones y alfombras persas, en la que hubo charlas e instalaciones artísticas.

Además, el programa incluyó una compilación, titulada Invisible Present Tense, con lo más reciente del videoarte de Irán; quince trabajos seleccionados por el artista y curador Amirali Ghassemi, creador de Parking Gallery, un foco del arte de vanguardia que funciona en un garaje de Teherán. Ghassemi explica que, si bien hubo galerías cerradas por la censura, en el arte las condiciones son un poco más flexibles que en el cine. Como la gente tiene acceso a las computadoras y produce obras por su cuenta, esto abrió la puerta para que muchos cineastas pensaran en otras formas de producir y exhibir. De cualquier forma, señala que las galerías tienen que ser cuidadosas: “Hay temas sensibles que tienen que ver con la tradición o con las creencias, no necesariamente con lo que prohíbe la ley. Nosotros elegimos qué mostrar y la mejor forma de hacerlo”. Para Ghassemi, es importante que Parking Gallery pueda estar abierta al público y llegar a la mayor cantidad de gente.

Por otra parte, el joven curador señala que también existe una leve censura en cómo el arte iraní se representa en el exterior: “Si hay una exhibición exitosa, tal vez haya algo de cobertura local, pero a nivel internacional nada. Afuera sólo buscan lo que el gobierno prohíbe”. Por eso, al armar la compilación Ghassemi buscó mostrar el arte iraní que no tiene visibilidad porque no responde al estereotipo. En la compilación hay de todo: videos musicales, cortos experimentales, videoarte y performances. Y Ghassemi asegura que, si quisiera exponer estos trabajos en una galería grande de Teherán, tal vez quitaría uno o dos por una cuestión de sensibilidad, pero el resto podría exhibirse perfectamente. De hecho, sólo unos pocos trabajos como Make Art Not War This is not an Ice Creamhacen referencia directa a la situación política; aunque hay otros como Perpendicular to the Path que, sin hacer críticas explícitas, también revelan bastante sobre la sociedad iraní. 

 

Desde el exilio 

Además de las películas “oficiales” y las que se hacen de manera clandestina, están las de aquellos que emigraron. La muestra de Rotterdam también contó con una importante selección de trabajos realizados desde el exilio como The Gardener, la última película de Makhmalbaf, curiosamente filmada en Israel, y películas que tematizan la revolución de 1979 y el exilio, como Rhino Season, de Bahman Gobadi (director de Las tortugas también vuelan), los cortos de Far away y el documental My stolen revolution, de Nahid Sarvestani.

La película de Sarvestani es un emotivo documental en primera persona. En 1979, la directora era una militante de izquierda que había luchado junto con los islamistas para hacer caer al Sha Mohammad Reza Pahlavi, pero cuando la revolución triunfó, fue perseguida por sus antiguos aliados. Sarvestani logró huir a Suecia, pero varios de sus compañeros fueron encarcelados y ejecutados; entre ellos su hermano de quince años, al que se llevaron cuando fueron a buscarla a ella. Durante treinta años, la directora no pudo hablar de todo aquello, pero en la premiere de la película en Rotterdam contó que, al ver las represión de 2009, sintió que tenía que hacer algo: “Sentí que no podía esperar más, que las persecuciones y las torturas que habíamos vivido se repetían con la nueva generación”. En el documental, se dedica a rastrear a antiguas compañeras que lograron sobrevivir a la cárcel y exiliarse. Sarvestani las va a buscar a distintas ciudades y después las invita a juntarse en su casa para compartir sus experiencias. Lo más impactante es esa puesta en común, con la mirada serena y no exenta de humor de mujeres maduras que lograron sobrevivir en las peores condiciones. 

Verdadero lujo cinéfilo, la muestra del festival de Rotterdam ofreció un buen pantallazo de la actualidad del cine iraní; una ventana para acercarse y comprender un poco más sobre la historia y la vida cotidiana en un país del que, en los últimos años, sólo llegan malas noticias.

(Publicado en Ñ digital el 11 de febrero de 2013)

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