Un clásico argentino. Entrevista a Adolfo Aristarain.

Aristarain

Desde la primera edición, el Bafici se caracterizó por enfocarse en el cine nuevo y aquel que está en los márgenes del circuito comercial. Por eso, este año sorprendió que la programación incluyera una amplia retrospectiva dedicada a un cineasta con un perfil clásico como Adolfo Aristarain. Pero no debería llamar tanto la atención; después de todo, se trata de uno de los directores más importantes del cine argentino, que filmó también en España y en Hollywood y supo construir una obra única, personal y amada por el público.

De Tiempo de revancha a Un lugar en el mundo, Aristarain dirigió algunas de las películas más recordadas de nuestro cine y merecía un lugar en la mayor celebración cinéfila del año. El festival exhibe 10 films suyos en 35 milímetros, varios de ellos en copias nuevas. Se trata de una revisión casi completa de su obra, con la excepción de The Stranger, rodada en Hollywood y que, según dice, se alegra de que no la hayan conseguido, ya que en su momento él mismo se negó a estrenarla por considerarla ingeniosa pero básicamente “una tontería”.

–¿Cómo recibió la noticia de la retrospectiva?

–Me sorprendió por ser el Bafici, porque uno piensa que son películas nuevas o fuera del circuito comercial, pero estoy encantado. No hago diferencias entre el cine independiente o lo otro. Los críticos lo han inventado para facilitarse el trabajo. En este país, hablar de cine mainstream e independiente no tiene sentido: todo es cine independiente, si no hay industria. A mí siempre me costó conseguir la guita. Salvo con una película, siempre me pasó que de arranque tenía el inversor y dos semanas antes de empezar la preproducción se borraba. Me ha pasado prácticamente en todas.

–¿Por qué no volvió a filmar desde 2004?

–No fue porque no haya querido. Hubo una película que se frustró, La muerte lenta de Luciana B (basada en la novela de Guillermo Martínez). Hice el guión e íbamos a arrancar, pero se postergó y después se canceló porque no llegaba la guita, y con eso perdí casi dos años. Y a mí se me ocurren pocas historias, nunca fui un tipo demasiado prolífico. A veces me entusiasmo un mes con una historia y después me doy cuenta de que ya lo vi 20 veces y paro. Si se me ocurre y me embalo con la idea voy muy rápido, pero no se me han ocurrido, o las que se me ocurrieron las fui dejando.

–¿Y adaptar otra novela?

–Me han ofrecido tres o cuatro novelas, pero no me gustaba ninguna, eran historias de las que no podías tomar siquiera una idea y desarrollarla. Por momentos tenía miedo de volverme demasiado exigente, a ver si estaba rechazando cosas por estar demasiado pasado de rosca, pero no. La gente que me mandaba las novelas estaba de acuerdo conmigo y son historias que no se han hecho, o si se han hecho han sido unos bodrios. No he tenido un proyecto que quisiera hacer, empezar a moverme y no conseguir la guita, eso no me ha pasado. Al contrario, hasta me ha llamado del Instituto (Liliana) Mazure a ver si hacía algo, pero lamentablemente no tenía nada.

–¿Busca todo el tiempo o está tranquilo?

–No, tranquilo no estás, parece que sí pero no, estás buscando permanentemente. Ahora sí parece que tengo una punta y espero que no se pinche. No puedo contar nada, es sobre la relación entre padre e hijo.

–El año pasado, José Pablo Feinmann mencionó (en Esta noche libros, el programa de Gerardo Rozín) que a usted le interesaba filmar su libro El Flaco. ¿Hay algún proyecto en ese sentido?

–Fue una charla que tuve con José sobre qué pasaría si hiciéramos El Flaco, si era posible, pero fue una charla nada más. Me interesaba mucho esto de la conversación de un presidente en funciones con un filósofo y escritor, donde se cocina la cosa del poder, pero no llegó a más que a eso.

–¿Qué opina del Gobierno nacional?

–Este país está cambiando lentamente, con dificultades, con palos en la rueda, con el poder económico que se opone sin reservas ni disimulo al poder político que intenta modificar un sistema mercantilista y llegar al reparto equitativo de la riqueza. El sistema más perverso y denigrante para el ser humano es el capitalismo, pero no están dadas las condiciones para destruirlo. Hay que hacer política, pactar, negociar. Nadie lo ha hecho mejor que Néstor Kirchner y Cristina Kirchner. El objetivo es claro, pero el camino hay que construirlo con cuidado e inteligencia. Cristina es brillante. Espero que se consiga modificar la Constitución y lograr su reelección. No puedo y no quiero imaginarme que alguien de la oposición pueda ser gobierno en 2015.

–¿A qué se dedicó todos estos años en que no hizo películas?

–Se te va pasando el tiempo. Yo la paso bien porque leo, escucho música, voy al cine.

–¿Y de qué vive?

–De lo que tengo ahorrado, pero ya estoy mal, por eso se me empiezan a ocurrir historias (se ríe). Es el momento de estar en movimiento.

–¿Entonces de acá a un par de años podemos ir a ver un nuevo film suyo?

–Espero que antes, si no se me pincha. La historia la puedo hacer rápido: una vez que tengo la estructura, el guión sale en un mes, pero tengo que tener una estructura muy clara. Voy a intentar filmar este año o a principios del año que viene.

–¿Sigue escribiendo los guiones con Kathy (Saavedra), su mujer?

–Sí, yo escribo, le doy a leer a Kathy y charlamos de cada cosa. Es una consultoría permanente y muy dura, porque uno trata de ser objetivo pero es muy difícil. Te embalás escribiendo, por ahí hay escenas que aisladas están bien, pero lo que tiene Kathy que a mí me cuesta es una visión total de la historia. Entonces dice ‘esto es muy lindo pero no sirve, hay que tirarlo’. Y yo puteo pero termino tirándolo, porque tiene razón. Ella tiene un instinto estructural y es maravilloso, hace una lectura y sabe si eso entra o no en la historia.

–¿Cómo llegó al cine?

–Yo era muy cinéfilo de chiquito, a mi vieja le gustaba mucho y cuando empecé la primaria me iba al cine de barrio (en Parque Chas) y veía tres películas por día. Después seguí Letras pero me hinché las bolas y largué, porque nadie te puede enseñar a escribir. Y como tenía amigos de la noche, gente del ambiente del cine, entré en publicidad, hice un par de filmaciones e intenté meterme. Pero fue buscando un laburo, no es que tuve la revelación de “este tiene que ser mi medio de expresión”. Empecé a laburar y no paré, vi que me gustaba mucho, la pasaba bárbaro y sentía que cada vez entendía más cómo era la mecánica.

–Empezó a dirigir en plena dictadura. ¿Cómo era hacer cine en ese momento?

–Tenías que presentar el guión a censura y, una vez terminada, presentabas la película. Cuando hice La parte del leónestaba (el censor Paulino) Tato, me llamó y me dijo “La película está muy bien, pibe; mientras no haya sexo, drogas, no muestres policías y que los chorros no sean demasiado simpáticos, podés hacerla tranquilo”. Y después, como sabías qué escenas iban a cortar, esas las dejabas más largas, esa era la trampa.

–¿Cómo hizo para sortear la censura en Tiempo de revancha?

–Fue una movida muy audaz, sobre todo del productor, Héctor Olivera. En principio no objetaron el guión. Después tuvimos problemas con Luppi porque había vuelto del exilio y podía hacer teatro pero no cine y televisión, hasta que pudimos arrancar. Y luego Olivera se movió muy bien con la junta calificadora y de censura. Lanzamos la publicidad el domingo, el lunes la presentó y ya era un plazo muy corto, porque el jueves se estrenaba. La idea era que no había cortes posibles: o la prohibías o la dejabas. Lo que se decía en la película, que yo en algún momento pensé que era sutil pero no era nada sutil, era contra un capitalismo mercantilista feroz pero no había nada que apuntara directamente a los milicos. Ese lunes a la tarde lo llamaron a Olivera para felicitarlo. No entendíamos nada pero se estrenó y fue un éxito. Y ahí sí empezaron las reacciones: amenazas a nosotros, amenazas de bomba en el cine Ambassador, y después supimos que los milicos habían llamado al Instituto puteando a ver quién había sido el tarado que nos había dado apoyo, pero ya era tarde. Los milicos estaban jugando a formar un partido cívico militar y era una vergüenza prohibirla.

–¿Cómo ve al llamado nuevo cine argentino?

–Es otro invento, no hay nuevo cine argentino. ¿Cómo diferenciás? ¿Por las edades? Hay cine y punto, hay muchas escuelas, gente que hace cine y lo hace bárbaro y otra que no, pero eso no tiene que ver con la nacionalidad. Podés reconocer un esquema de producción de acuerdo al mercado. Aquí y en casi todos los países, si el cine no está financiado por el Estado no se puede hacer porque el mercado interno no te cubre los costos y no vendés al exterior. Esas cosas te condicionan. El 95% de lo que se hace en el mundo es espantoso y un 5% está bien; eso aplica acá. Pero me parece muy bien que se haga cualquier cine.

–¿Qué es lo más importante a la hora de realizar un film?

–No mentirse, hacerlo con honestidad, con todo lo que sabés y no trampearte. Si vos hacés una película con toda tu capacidad, te podés equivocar, pero no importa. Lo peor es que hagas conscientemente una chantada para ganar guita. Lo importante es mirarte al espejo y mantener tu orgullo.

(Publicado en El Guardián el 18 de abril de 2013)

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