Cazadores de películas

Yo fui proyectorista-Leandro Sanchez-001Todo empezó con un proyector. Al comienzo de las historias de los coleccionistas de películas siempre hay un chico y un proyector olvidado en un armario o recibido como regalo de algún pariente. Cuando tenía apenas tres años, Fernando Martín Peña –coleccionista, historiador del cine y titular de la Filmoteca Buenos Aires– descubrió un proyector barato en una caja de cartón arriba de un mueble. Se lo había regalado su abuelo a su papá. Un día el nene lo bajó del mueble y preguntó cómo se usaba. “Me fascinaba esto de agarrar una de las tiritas de película, que eran de dos minutos, la mirabas a la luz y veías los dibujitos, y si la metías en el aparato este, se movían. Para mí era algo extraordinario”. Con sólo tres años, aprendió a proyectar, y también a manejar el Winco. “Ponía el disco en la bandeja, la púa y sonaba. Era algo que cobraba vida mediatizado por un aparato y para mí eso era fantástico, la revelación”, cuenta Peña. Así empezó a construir su colección uno de los mayores coleccionistas de cine de la Argentina.

La historia de Fabio Manes, que conduce con Peña el ciclo Filmoteca en la TV Pública, también tiene, en el principio, un proyector. “A todos los coleccionistas les pasó un poco lo mismo. A los 18, después de la muerte de mis abuelos, revisando uno de los armarios de una casa gigantesca encontré un viejo proyector de 16 y unas peliculitas amateurs de cuando yo tenía tres años –relata Manes–. Lo hice arreglar y ahí ocurrió lo que ocurre siempre: el ruidito, las imágenes, el parpadeo. Eso me fascinó”. Hoy la colección de Manes también forma parte, junto con otras colecciones más pequeñas, de la Filmoteca Buenos Aires, que tiene unos cinco mil largometrajes y está alojada en la casa de Peña en Villa Madero. Pero aun así, aunque la mayoría están en lo de Peña, la casa de Manes en Balvanera es un monumento al cine, con latas por todas partes, proyectores, videos, afiches y un living que, en un par de minutos, puede convertirse en una cómoda sala de proyección.

Alfredo Li Gotti, en cambio, no encontró su primer proyector en un placard, sino que lo recibió de regalo a los 11 años. “En 1937 o 1938, un tío que era chef a bordo de un transatlántico me trajo de Estados Unidos un proyector de 16 milímetros mudo y unas películas cortitas con escenas de dibujos animados y de Chaplin”, cuenta el hombre de 86 años que en 2011 se convirtió en el protagonista de Una pasión cinéfila, un documental que lo homenajea. Li Gotti recibe a EG en su casa de San Cristóbal en compañía de su nieto Cristian, que con sólo 23 años ya ha heredado su pasión, y abre la puerta de un cuarto pequeño en el que hay una mesa y muchos estantes repletos de latas de películas y de proyectores. Invita a sentarse y señala hacia la parte de arriba de un mueble. Allí, entre los cincuenta proyectores que tiene, está aquel que cambió su vida y que lo convertiría en uno de los mayores coleccionistas locales. La colección de Li Gotti tiene más de mil películas en distintos formatos (sobre todo 16, 9.5 y Súper 8 milímetros), 1.500 videos y dos mil DVD. En su mayoría son películas europeas, mudas y sonoras, sobre todo de origen francés e italiano, que es el cine que más le gusta.

Una vez que tuvieron su primer proyector y vieron las mismas dos o tres películas hasta el cansancio, estos chicos quisieron ver más. Peña empezó a pedirle más películas a su papá, que trabajaba en una agencia de publicidad y le llevaba copias de propagandas en 16 milímetros. “Me llamaba la atención porque las veía en la tele y después las veía mudas en este proyector. Después él empezó a traer los fines de semana un proyector sonoro que le prestaban en la agencia con películas alquiladas y era la gloria”, recuerda. Finalmente, el padre compró un proyector de Súper 8, y como él no paraba de insistir con ver más, lo empezó a llevar a la calle Lavalle. “Yo tendría ocho años. Él me habrá llevado dos o tres veces y después me empezaron a dejar ir solo. Me mandaban a hacer las compras, yo me quedaba con los vueltos y después iba a estos lugares o a la feria de San Telmo. Como era chico llamaba la atención, era una especie de freak de circo que quería películas mudas de Chaplin”, cuenta. A los nueve años ya tenía cierta conciencia de coleccionista: compraba películas para guardarlas. A Li Gotti le pasó algo parecido. Como tenía pocas películas, el padre le empezó a comprar más. Para pagarlas, se le ocurrió proyectárselas a los chicos del conventillo de enfrente de su casa en La Boca. Les cobraba cinco centavos a cada uno y con eso juntaba unos pesos para darle a su viejo. Unos años después, ya en la década del 50, Li Gotti compró un proyector de 16 milímetros sonoro con un amigo y empezaron a proyectar películas argentinas que alquilaban a las distribuidoras de la calle Lavalle en el Club Quilmes.

Armar la colección

¿Pero cómo pasa alguien con un proyector y un par de películas a convertirse en coleccionista? No existe una única forma de armar una colección. Li Gotti empezó a coleccionar seriamente en la década del 60, cuando se encontró con un artículo de la revista Fotocámara sobre un coleccionista –Enrique Bouchard– que además importaba películas de Estados Unidos y vendía una copia en 8 milímetros de El gabinete del Dr. Caligari, una de las películas más importantes del expresionismo alemán. A Manes, que ya era más grande cuando se encontró con su primer proyector, se le ocurrió poner un aviso en la revista Segunda mano donde anunciaba que compraba películas en 16 milímetros, y ahí lo empezaron a llamar. “Empecé a viajar al conurbano, a lugares rarísimos, a la casa de gente que entrabas y estaba lleno de latas, un submundo de revendedores de películas que ya casi no existe; eran una fuente inagotable de copias en 16, como dealers de películas”, recuerda.

Pero comprar películas no es tarea fácil; es más bien una especie de lotería en la que a uno le puede tocar un material cortado que no sirve para nada, o tal vez una joya que pasó desapercibida hasta para el propio vendedor. Peña cuenta que antes se podían conseguir películas en los locales a la calle que vendían equipos de cine o de fotografía, que adentro tenían películas usadas, y que también solía comprar a través de los clasificados de Segunda mano. Él empezó a coleccionar de chico, pero su colección empezó a cobrar verdadera forma a fines de 1991, cuando decidió gastarse toda la plata que había ahorrado dando clases de Historia del cine en la recién creada FUC (la Universidad del Cine), unos seis mil dólares, en las películas que vendía una distribuidora de Santa Fe que iba a cerrar. Octavio Fabiano, coleccionista, creador del Club de Cine, amigo y mentor de Peña, tenía en ese momento un Ford Farlaine. “Un día estábamos en el Club de Cine y decidimos que después de la última función, que empezaba a las 22, nos íbamos a Santa Fe y gastábamos mis seis mil dólares. Y así fue. Llegamos a la mañana y llenamos el asiento de atrás y el baúl del Fairlaine con unas 100, 120 películas en 16 milímetros”, rememora. Para Peña, ese fue el momento fundacional de la Filmoteca.

¿Cuánto cuesta comprar películas? Li Gotti señala que en los años 70 a veces conseguía materiales por 20 o 30 pesos, pero en general no estaban bien. Las copias buenas de películas europeas, como varias de Alberto Sordi que llegó a comprar, podían costar cuatro o cinco veces más. En esos años, cuenta el coleccionista, llegó a gastarse unos cinco o seis mil pesos de entonces, que era más o menos lo que le hubiera costado comprar un Fiat 1100 0 km. Y en el exterior, observa, llegó a pagar entre 500 y 800 dólares por algunas películas. Li Gotti construyó su colección a partir de lo que ganaba con su trabajo en Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (SEGBA) y con lo que había podido ahorrar en su paso por el teatro: además de coleccionar películas, en los años 50 este hombre que se formó en canto lírico se presentó en teatros como el Nacional y el Lola Membrives. Desde 1980 hasta 1996, Li Gotti también trabajó en el ciclo retrospectivo del Cine Club Núcleo, donde llevaba sus películas, y con lo que le pagaban allí compraba nuevas películas.

Hoy los precios de las películas varían mucho según el caso. “Una película puede salir de 200 a mil pesos. En general, si te piden más de mil, te están afanando. Y afuera una película bárbara en perfecto estado puede salir mil dólares, pero es algo muy atípico; en general, están entre 200 y 500 dólares”, asegura Peña.

La preservación

El coleccionismo cinematográfico comparte algunas cualidades con otro tipo de colecciones, pero tiene sus particularidades porque la naturaleza del fílmico es muy distinta de la de las obras de arte, o los afiches, por citar otros objetos coleccionables. Una película es una cosa viva, orgánica, que para preservarse en buen estado a lo largo del tiempo necesita cuidados especiales que además cuestan caro. Para que las películas no se deterioren, hay que guardarlas en condiciones de temperatura y de humedad controladas, y además tienen que estar aisladas para minimizar los riesgos de incendio, porque las anteriores a la década del 50 se fabricaban en nitrato de celulosa, que era un soporte autocombustible. Por eso, coleccionar películas –y mantener la colección en buen estado– es un verdadero trabajo que requiere amor, dedicación y disciplina. Si no se las revisa y airea periódicamente, las películas se descomponen y a la larga se pudren.

La casa de Villa Madero donde vive Peña antes perteneció antes a Octavio Fabiano, creador del Club de Cine. Allí están guardadas las más de cinco mil películas que forman la Filmoteca. La suya es una verdadera casa tomada por las películas. De las ocho habitaciones, siete contienen anaqueles con latas de películas, y en algunas también hay libros y revistas de cine. A Peña le queda sólo una habitación que hace las veces de cuarto, living, lugar de trabajo y sala de proyección. De cualquier forma, el coleccionista cuenta que ahora emprendió algunas reformas para construir un depósito en la parte delantera del terreno y su vivienda en la de atrás.

En cuanto a las condiciones necesarias para preservar las películas, lo suyo es una verdadera proeza. Con recursos limitados, hace lo que puede para mantener las películas en las condiciones adecuadas con aires acondicionados y termómetros para monitorear las variaciones de temperatura. Pero en una ciudad tan húmeda como Buenos Aires es difícil. Por eso, Peña hace además un trabajo metódico de revisión del material, una rutina que abarca toda la casa, para evitar que aparezca lo que se conoce como el “síndrome del vinagre”. Peña explica: “Cada estante tiene un número y cada pieza una letra, y yo sé que por día tengo que revisar tantos estantes, sacar los rollos, olerlos, en el caso del nitrato abrir las latas para evitar que se acumulen gases, y por un año te olvidás del problema. Hago toda esa rutina todos los días, y si hay una película que tiene olor ácido la separo del resto y la pongo en observación, me fijo si es permanente o si se le va”. De ese modo, mantiene a raya con bastante éxito la principal amenaza para cualquier archivo de fílmico. En el caso de Li Gotti, al entrar a la planta baja de su casa, donde tiene las películas y, en el fondo, la sala que construyó, se percibe cierto olor a vinagre, que proviene de unas películas que están a la entrada que se echaron a perder. “He perdido grandes películas así, Amanece, por ejemplo, de Marcel Carné, y Diario de un cura rural, de Robert Bresson”, se lamenta.

Más allá de todos los esfuerzos individuales, lo cierto es que la preservación fílmica es muy cara para que la puedan sostener los coleccionistas privados por su cuenta. La verdadera solución a este problema llegará el día en que finalmente el estado nacional cumpla –como lo hacen otros países- con su deber de preservar el patrimonio fílmico nacional y cree la Cinemateca Nacional (CINAIN). Cuando la CINAIN finalmente exista (se ha creado por ley en 1999 y reglamentado en 2010, pero en los hechos todavía no funciona), ofrecerá a los archivos públicos y privados la posibilidad de depositar en guarda sus colecciones de fílmico en bóvedas adecuadas para conservarlas.

Mientras tanto, coleccionistas como Li Gotti, Peña y Manes hacen lo que pueden para preservar el material y se las ingenian para exhibir las colecciones. Porque, para ellos, detrás del coleccionismo hay una ética. “Parte de la cuestión de coleccionar películas, más allá de que uno esté loco y le guste acumular y acumular cosas, es para compartirlas con los demás. Yo creo que a todo coleccionista le gusta compartir sus películas, aunque sea en forma reducida”, señala Manes. Para ello, Peña y Manes han creado un verdadero circuito en el que exhiben sus colecciones: Peña programa la sala de cine del Malba, los dos proyectan sus películas en la tevé (en el programa Filmoteca, a esta altura de culto, en la medianoche de la TV Pública) y en 2012 comenzaron también a proyectarlas con una presentación previa en vivo en la sala del Sindicato de Operadores Cinematográficos. Durante enero y febrero de este año, el ciclo Filmoteca en vivo organizó funciones de cine mudo con música en vivo abiertas al público los sábados a las 19hs en la sede de la TV Pública, con entrada libre y gratuita, y ahora las proyecciones son el auditoorio del ENERC. “No solamente nos damos todos los gustos, también creo que cumplimos con el verdadero fin último de coleccionar películas que es que lleguen a la gente”, sostiene Manes.

Li Gotti, por su parte, construyó con mucho esfuerzo una sala en el fondo de su casa a la que bautizó Félix Giuliodori en honor a su amigo coleccionista, y allí ofrece funciones gratuitas a las que el público llega a través de una lista de mails en la que difunden la programación. “Estuve tres años para hacer la sala, la fui haciendo despacio sin deberle nada a nadie –explica a EG–. Me ayudaron mucho los amigos y también vendí muchas películas de mi cinemateca para hacerla. Yo quería poder mostrar las películas. Toda mi vida pensé que el verdadero coleccionista comparte. Para mí es una gran satisfacción cuando la gente viene y me agradece lo que le mostré, me siento feliz. ¿De qué sirve tener todo esto para que lo vean cuatro personas?”.

(Una versión más corta de esta nota se publicó  en El Guardián el 10 de enero de 2013. Acá el PDF: 028-032 Coleccionistas)

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