Historia de una pasión cinéfila

cinenucleoFue fundado por el inolvidable Salvador Samaritano. En más de medio siglo de actividad fue el responsable de exhibir películas alejadas de los circuitos comerciales o prohibidas por los gobiernos de turno. Formó espectadores y cineastas. Un mito cultural que sigue vivo.

Hubo un tiempo en que el cineclub era la única forma de acercarse a otro cine más allá del que ofrecía la cartelera comercial. Después vino el videoclub y lo relevó un poco en la tarea. Con los DVD, las descargas y el streaming, la cinefilia se reinventó en la web y el rol del cineclub quedó algo desdibujado. Pero en Argentina, donde los proyectos culturales suelen tener fecha de vencimiento, el cineclub más importante de todos resiste tan bien a los cambios de paisaje que este año inició su temporada número sesenta.

El cineclub Núcleo no fue el primero, pero es el que hizo historia. El primer cineclub del que hay registro funcionó entre 1929 y 1931 en la Asociación Amigos del Arte -luego Cineclub de Buenos Aires-, fundado por el futuro director León Klimovsky, el crítico de arte Jorge Romero Brest, el historiador José Luis Romero y el fotógrafo Horacio Coppola. La idea era proyectar películas seguidas de conferencias e instalar un museo, una biblioteca y un estudio. Querían darle al cine el estatuto de arte que otros le mezquinaban. Cuando dejó de funcionar, Klimovsky se dedicó a coleccionar películas, y en 1940 fundó otro cineclub con Elías Lapzeson, el Cine Arte, que ofrecía funciones en la sala Baby (luego teatro Ateneo). La experiencia tuvo tanto éxito que los socios decidieron construir una sala especializada en el centro (Cine Arte), que funcionó hasta  1945.

Además, en junio de 1942 el crítico Andrés Rolando Fustiñana (Roland) creó Gente de Cine, un cineclub que proyectaba películas, recibía visitas extranjeras, hacía exposiciones y promovía cursos. Las actividades se extendieron hasta 1965, pero Gente de Cine dejó una marca indeleble, al prestigiar y popularizar el espectro cineclubístico. Entre 1952 y 1954 se crearon cineclubes en ciudades como La Plata, Rosario, Santa Fe, Mendoza y Buenos Aires. De todos ellos, Núcleo fue el más importante. Hacia 1961, el crítico Agustín Mahieu señalaba que los cineclubes habían logrado establecer una actitud seria frente al cine, al rescatar la memoria de su continuidad como hecho artístico y promover su discusión y estudio. Una de las herramientas de las que se valían eran las revistas: Gente de Cine publicó la revista del mismo nombre entre 1950 y 1957, y entre 1960 y 1968, Núcleo editó Tiempo de Cine, considerada la mejor revista argentina de crítica de cine.

Un núcleo de gente

La historia de Núcleo empezó en Colegiales. El padre de Salvador Sammaritano era el portero de una escuela en la calle Conde y el joven Salvador creció en un clima cultural que despertó su amor por el cine y la música clásica. En una entrevista, Samaritano contó que de chico fabricaba películas en su casa con las historietas de las revistas y las proyectaba con una linterna mágica en funciones por las que cobraba cinco centavos. En 1952, con sólo 22 años, Sammaritano y tres amigos del barrio compraron un proyector mudo de 16 milímetros y empezaron a convocar a la gente del barrio con volantes en los que se presentaban como “un núcleo de gente que quiere difundir el buen cine”.

La primera película que pasaron fue La Carreta (1923), de James Cruze, proyectada sobre una sábana blanca colgada de la pared en una casa. Más adelante consiguieron un proyector sonoro y empezaron a buscar distintos lugares para las funciones. El proyecto creció y los otros se alejaron, pero Salvador siguió firme. La consolidación de Núcleo –cuenta Alejandro Sammaritano, el hijo de Salvador, hoy al frente del cineclub- se dio cuando el distribuidor Néstor Gaffet decidió estrenar películas arriesgadas (fue el primero en traer al país las de Ingmar Bergman), y le propuso a Samaritano pasarlas antes en el cineclub para ver cómo manejar el lanzamiento. Pronto se sumaron otras distribuidoras como Artkino, que traía películas de Europa del Este, y así Núcleo se convirtió en un espacio para ver preestrenos además de ciclos de revisión.

El 31 de agosto de 1970, Núcleo festejó su decimosexto aniversario (tomaba 1954 como fecha de nacimiento “oficial”) con dos funciones de Zazie dans le metro, de Louis Malle, y Homero Alsina Thevenet estuvo allí para contarlo. Según cita el periodista y crítico uruguayo en un artículo de la revista Panorama, Sammaritano se refirió ese día al lugar de los cineclubes en un momento en que el cine arte se estrenaba en salas como el Lorraine, el Loire, el Lorca o el Losuar. “Es cierto que existen las salas llamadas de arte –señaló Sammaritano-. Pero su programación está limitada por explicables razones económicas: deben proyectar 35 mm y no pueden desconocer la presión de la boletería. Lo que ocurre es que a medida que el público puede ver, digamos, Godard, en una sala comercial, el cineclub debe buscar e investigar todo aquello que la sala comercial no puede exhibir: desde las copias de films nunca estrenados que traen algunas embajadas hasta las que pertenecen a coleccionistas privados y no pueden entrar en el juego de la distribución habitual”.

En aquellos años, Núcleo era un punto de referencia ineludible para cineastas, críticos, intelectuales y artistas, pero no tanto para los medios masivos. En el número 16 de Tiempo de Cine (noviembre de 1963), Sammaritano publicó una nota sobre el festival de cine canadiense que había organizado el cineclub en la que justamente se quejaba de que la crítica de diarios y revistas no le había prestado ninguna atención. Salvo alguna honrosa excepción, señalaba, la crítica había demostrado “olímpica indiferencia por las manifestaciones cinematográficas que salen del común denominador”. Sammaritano cuestionaba que la crítica no asistiera a las proyecciones de los cineclubes y la acusaba de copiar a Cahiers du Cinéma en lugar tomarse el trabajo de ver los films.

Sin censura

Además de formar a varias generaciones de espectadores, entre los hitos del cineclub Núcleo también se destaca la eterna pelea contra la censura. A medida que avanzaba la década del sesenta y el contexto se volvía cada vez más represivo, Núcleo, que pasaba las películas sin cortes, denunciaba desde las páginas de Tiempo de Cine la censura que ejercían jueces y fiscales, y además organizaba viajes colectivos a Uruguay para ver las películas que no llegaban al país. “En los sesenta –señala Alejandro-, la censura seguía una cierta lógica y los distribuidores ni siquiera traían aquellas películas que podían ser censuradas. En los setenta, en cambio, prohibían cosas inverosímiles. Alguna película se prohibió porque la esposa de un militar le metía los cuernos con un subalterno; pero si era al revés, si la mujer de un cabo le metía los cuernos con un general, no la prohibían”.

La figura central de aquellos años era Miguel Paulino Tato, el censor que inspiró la canción de Sui Generis “Las increíbles aventuras del Señor Tijeras”, y al que el fundador de Núcleo describió como “una mezcla de ser feroz y pintoresco”. Tato había empezado como crítico en 1928 y a lo largo de su carrera ocupó varios cargos oficiales. Entre 1974 y 1978 fue interventor del Ente de Calificación Cinematográfica, convirtiéndose en el único funcionario del gobierno peronista que continuó en su puesto después del golpe de 1976. Aunque sus ideas sobre la censura eran de lo más retrógradas (en una entrevista publicada el 26 de octubre de 1973 en el diario Mayoría señalaba que la censura era higiénica, ya que “cura y desinfecta las películas insalubres, extirpándoles tumores dañinos que enferman al cine y contaminan al espectador”), mantenía una relación rara con la gente del medio. En una entrevista, Sammaritano contó una anécdota que para él lo pintaba de cuerpo entero: “Lo encuentro a Tato por la calle y le digo que deje de prohibir películas; entonces él me responde ‘vos estás loco, cuantas más películas censuro, más contentos se ponen los curas y los milicos; y yo trabajo para ellos’”.

Tato también tenía una concepción elitista del cine que benefició en cierta forma a Núcleo, porque consideraba que la gente del cineclub, a diferencia del público general, estaba preparada para ver algunas de las películas que él mismo prohibía. “A mi viejo le decía: cada vez que recibas una película, llamame y consultame si la podés dar o no. Ahora estamos acostumbrados a marcar un número y comunicarte, pero en esa época había características emblemáticas con las que era imposible comunicarse, como la del centro. Marcabas 30 y ya te daba ocupado.  Entonces cuando llegaban algunas películas, mi viejo las programaba y no le avisaba. Cuando los socios llamaban a la oficina, la persona que atendía el teléfono decía ‘hoy se va a dar un importante preestreno internacional’. Y la gente sabía que cuando no se decía el título, iba una prohibida”, cuenta Alejandro. Por supuesto que después de la proyección Tato se enteraba de que la habían exhibido, pero cuando se le quejaba a Sammaritano, él le respondía que lo había llamado pero no se había podido comunicar y había tenido que darle una respuesta rápida a los distribuidores. La anécdota suena simpática, pero da cuenta de los claroscuros de esa relación en una época complicada, en la que la familia incluso recibió alguna amenaza y llegó a evaluarla posibilidad de irse del país.

En sus sesenta temporadas, el cineclub pasó por muchas salas: el auditorio Biravent, el Teatro del Pueblo, el Teatro de los Independientes (el Payró), el cine Dilecto en la calle Córdoba, el Premier, el IFT, el Teatro de la Comedia; hasta que finalmente recaló en el Gaumont y allí se quedó. Núcleo resistió crisis y mudanzas hasta volverse un punto de referencia para el cine nacional. Cuando se habla, por ejemplo, de la renovación del cine argentino de los sesenta, se suele mencionar a varios directores -Rodolfo Kuhn, David José Kohon, Manuel Antín, José Martínez Suárez, Lautaro Murúa-, pero se olvida que la historia del cine no la hacen solamente los directores o las películas. La historia pasa, también, por los espectadores, por las formas de ver y los espacios de reunión; es inseparable del modo en que circulan las obras. Y en ese punto, este cineclub cumplió un papel fundamental, como integrante y aglutinador de ese núcleo artístico e intelectual conocido luego como la Generación del 60. Probablemente sea esa mística, así como la necesidad básica de todo verdadero cinéfilo de ver las películas acompañado y en pantalla grande, la que explique una trayectoria tan singular.

(Publicado en la revista Lamujerdemivida N 70, junio 2013)

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