Jacob y los otros

SOWIECKA PIECHOTA WKRACZA DO POLSKI.09 1939.ADMCuando alguien se plantea averiguar el pasado familiar es posible que descubra episodios sorprendentes. Como la autora de esta nota, que preguntó a su abuelo por el origen de su apellido y se vio trasladada a la Rusia zarista donde ser joven y judío era todo un riesgo.

La primera vez que me dijeron kozaka me pareció simpático. Pero un día empecé a preguntarme qué tendría que ver mi familia judía con los cosacos, esos guerreros bravos cuya imagen está tan asociada a las matanzas de judíos, y desde que conecté los puntos, me empezó a rondar la sospecha. ¿Y si mi apellido fuera la huella verbal de un antiguo colaboracionismo? Pocas figuras tan indignas como la del colaboracionista, la peor variante del traidor, porque es el que traiciona a los suyos. Lo mejor era despejar las dudas, y en un almuerzo familiar le pregunté a mi abuelo. Y él que siempre tiene historias para contar, contó una que tal vez no fuera muy precisa, pero al menos sirvió para alejar la sombra.

Según sus parientes, el apellido viene del siglo “XVIII o XIX”. Parece que los rusos habían ido al pueblo a enrolar gente en el ejército y la familia de mi abuelo Luis –mi familia– se armó con garrotes para que no los llevaran. Resistieron a palazos y una vez que los reclutadores se fueron, la gente del pueblo, admirada, empezó a llamarlos kozakos por lo bravos. La historia tendrá su cuota de autobombo, pero no es un dislate que una familia de judíos pobres resistiera el reclutamiento del ejército ruso a la fuerza; sobre todo porque entonces el servicio militar duraba 25 años y para los campesinos era como una condena a muerte en vida.

De esa vieja historia quedó el apellido, pero también la costumbre familiar de no dejarse cazar por la leva. Cuando estalló la primera guerra mundial, Polonia todavía era una provincia del Imperio ruso. El servicio militar ya no duraba 25 años, pero a nadie le hacía gracia ir a la guerra, y menos aún para pelear por el Imperio. La familia paterna de mi abuelo vivía en Nasielsk, un pueblo de agricultores polaco de unos cinco mil habitantes, a cuarenta minutos de tren de Varsovia. Mi bisabuelo Jacob Shlomo Kozak nació en 1894. Era el tercer hijo varón de Guitla y Jaim David, que llegarían a ser padres de diez.

Al no poder tener tierras, los judíos se dedicaban a otras cosas. La familia tenía en la casa un taller en el que fabricaba botas de cuero. Los dos hermanos mayores de Jacob habían aprendido el oficio del padre y trabajaban con algún obrero en la confección de calzado. Eran buenos zapateros pero poco afectos al trabajo, y por eso Jaim le asignó al tercer hijo la tarea de administrar el negocio. Como la mayoría de los judíos de Nasielsk de su generación, Jacob no había tenido instrucción primaria pero había ido al Jéder, una institución tradicional de estudios judíos primarios con orientación religiosa. Sabía leer y escribir en idish y en hebreo, pero había aprendido matemática solo y no tenía nada de comerciante. Igual tuvo que hacerse cargo.

Cuando en agosto de 1914 estalló la guerra, Jacob tenía veinte años. Los relatos de la época hablan del entusiasmo que generó el conflicto entre la población civil. Las multitudes se juntaban en las ciudades más importantes de Europa para despedir eufóricas a los soldados que marchaban al frente, o corrían a alistarse como voluntarias. Incluso en Rusia, que en julio había atravesado huelgas y protestas, había tal sensación de unidad patriótica que los obreros vitoreaban a los soldados que pasaban al lado de las fábricas en San Petersburgo.

Pero ese fervor era un fenómeno urbano. Preocupada por la cosecha, la población rural no celebró la llegada de la guerra. Y en Rusia, cuyo principal potencial era la enorme población –170 millones de habitantes de donde reclutar soldados–, el ejército estaba compuesto básicamente por campesinos. Cuando empezó el conflicto, el Ministerio de la Guerra dispuso que todos los varones sanos debían acudir a la llamada a filas. Pero como el presupuesto militar no daba para alimentar y vestir a más de un cuarto de los hombres disponibles, muchos quedaban exentos por religión, condición física u otros motivos. Una forma de salvarse era por la llamada “situación familiar”. En su Breve historia de la Primera Guerra Mundial, Norman Stone cuenta que si un hombre era el sostén de la familia no ingresaba en el ejercito, y que a raíz de ello, y para desesperación del Ministerio, a principios de agosto del 14 se casaron unos dos millones de campesinos.

Soltero y con veinte años, mi bisabuelo sabía que era un número puesto. Todos sabían que los funcionarios del ejército zarista llegarían en cualquier momento en busca de jóvenes en edad militar, y los chicos como Jacob empezaron a hacer lo que fuera para evitar el reclutamiento. Una forma de salvarse era por enfermedad o defectos físicos. Jacob había escuchado que al que tenía una hernia no lo llevaban, así que no se le ocurrió mejor idea que saltar desde una altura considerable. Consiguió herniarse, pero ni eso ni dejar de usar anteojos para arruinarse la vista le permitió zafar, y finalmente lo integraron a una unidad.

Pero a los pibes de Nasielsk no les interesaba pelear esa guerra. No sentían ninguna lealtad por el Imperio Ruso, y seguro estaban al tanto de lo precario del ejército imperial, que desde el primer día del conflicto tuvo que lidiar con la escasez de armas, aprovisionamientos y transporte, y estaba repleto de soldados sin el adiestramiento adecuado. Tal vez fuera por eso que las deserciones eran tan comunes. Stone cuenta que en octubre de 1914, el alto mando ruso perdió a prácticamente a todo un ejercito que se había “arremolinado” en las calles de Varsovia. Y si eso podía pasar en la capital, qué no podría pasar en un pueblito como Nasielsk.

A poco de haber sido reclutados, más de diez chicos se escaparon del cuartel y se escondieron en el pueblo, el único lugar en donde tenían chances de que no los atraparan. Entre ellos estaba Jacob. Luis cuenta que fueron directo a una fábrica de hielo abandonada para esconderse en el subsuelo inundado que antes había funcionado como depósito.

No está muy claro cómo hicieron, tal vez los ayudara algún amigo o pariente, pero consiguieron madera, tiraron unas tablas sobre el agua estancada del quinto subsuelo de la fábrica y ahí se quedaron. Por la noche, las madres les acercaban ollas con comida, y así pasaban los días. Esos veinteañeros polacos convertidos inmediatamente en desertores se pasaron dos años sentados sobre tablas de maderas flotantes para no pelear. En Nasielsk era un secreto a voces que nunca llegó a las autoridades. La gente no abría la boca porque eran chicos del pueblo, hijos, sobrinos o hermanos que de otro modo hubieran terminado muertos en combate o fusilados por desertores.

Jacob pasó dos años escondido en ese sótano, pero la vida siguió su curso y la guerra también. En 1915 su padre murió por un problema cardíaco, y él que estaba encerrado no pudo despedirse. Ese mismo año, la ofensiva alemana en Polonia dio vuelta las cosas. Para el 5 de agosto, los alemanes ya habían llegado a Varsovia, y en la retirada el ejército ruso quemaba todo a su paso para no dejarle al enemigo más que tierra arrasada.

Pero la población civil todavía estaba allí, y si la lealtad de los polacos al ejército imperial era por lo menos dudosa, esa decisión no mejoró las cosas. En su libro sobre el conflicto, Hew Strachan dice que esa respuesta militar fue más ideológica que estratégica; que el ejército aprovechó la oportunidad para “limpiar” algunas zonas de lo que consideraba elementos poco fiables. Entre ellos, los judíos, a quienes el ejército veía como potenciales colaboradores de los alemanes.

Dos años sin hacer nada en un sótano húmedo es demasiado para cualquiera y llegó un momento en que no aguantaron más. Jacob y los otros decidieron salir y entregarse, aún a riesgo de que los fusilaran. Pero cuando se presentaron ante las autoridades civiles polacas, se enteraron de que luego de la ocupación, habían amnistiado a los desertores.

Desde la óptica militar, el desertor es un cobarde al que se juzga por alta traición; por quebrar la lealtad que debería guardar y abandonar las banderas. La segunda guerra mundial era la guerra que había que ganar, e imagino que para un judío la deserción no era una posibilidad muy honrosa. Hoy en Israel está mal visto tratar de evitar la tzavá (el servicio militar) y desertar es algo vergonzante. Pero qué podía tener que ver un pobre judío polaco con las banderas del ejército zarista. Jacob era desertor de ninguna causa. Y había que ser valiente para escapar y resistir; la clase de valentía que reconoce el sargento Cruz en Martín Fierro, que prefiere morir antes que ser soldado del estado en formación que lo persigue.

Jacob no resistió a palazos como sus parientes, pero se negó a colaborar con el ejército zarista y dio su propia batalla para poder volver a la casa y al taller. Imagino que para la familia habrá sido una verdadera hazaña. Quizás por eso, cuando en ese almuerzo le pregunté a mi abuelo si su papá había peleado en la primera guerra contestó que sí. “Sí, desertor”, dijo. Y lo dijo con orgullo.

(Publicado en la revista Lamujerdemivida Nº 71, primavera 2013)

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