Una vida de película

Lotte Eisner

Fue la primera crítica mujer de Alemania. Tuvo que huir de su país escapando del nazismo y terminó en un campo de detención francés. Su labor en el mundo del cine fue reconocida por directores de la talla de Wim Wenders y Werner Herzog. Cuando murió en 1982 dejó una vida digna de una película.

“Quizás haya que perder todo muy temprano para más tarde querer salvarlo todo”, dice la voz en off del documental Citizen Langlois. El narrador se refiere al fundador de la Cinemateca Francesa, Henri Langlois, pero la frase bien podría aludir a Lotte Eisner, que al partir al exilio en 1933 perdió para siempre la ciudad de Berlín que la había visto convertirse en la primera crítica de cine mujer de Alemania. Eisner volvería a visitar su ciudad natal veinte años después, pero para entonces la zona en la que había vivido ya no existía.

El 25 de noviembre pasado se cumplieron 30 años de la muerte de Eisner, uno de los personajes más singulares de la historia del cine. Crítica de cine en revistas como Cahiers du Cinéma y Sight and Sound, historiadora del cine alemán, curadora en jefe de la Cinemateca Francesa durante 30 años y figura inspiradora de los cineastas del Nuevo Cine Alemán, esa mujer de aspecto frágil es la autora de La pantalla diabólica, una de las obras esenciales sobre el cine expresionista alemán, reeditada este año en Buenos Aires por El cuenco de plata. El libro, en el que Eisner analiza la influencia de Max Reinhardt y del expresionismo en el cine alemán de los años ’20, es a la vez una pieza impecable de crítica de cine y un estudio de historia cultural. Eisner también publicó los libros F. W. Murnau en 1964 y Fritz Lang en 1976, dedicados a la obra de esos cineastas tanto en Alemania como en Hollywood.

Nacida apenas dos meses después que el invento de los hermanos Lumière, su vida está atravesada por la historia del siglo XX que fue, también, el siglo del cine. De familia judía, Eisner se doctoró en Historia del arte en 1924, y al poco tiempo empezó a interesarse por el cine. En 1927 empezó a escribir sobre cine y teatro en el diario especializado Film Kurier. Desde allí defendió la libertad de expresión hasta que el 30 de marzo de 1933 –apenas dos meses después de que Hitler asumiera el poder– se exilió en París, donde vivía su hermana.

En Francia siguió escribiendo sobre cine para distintos medios hasta que, en 1934, se produjo un encuentro que le cambiaría la vida. Eisner leyó en un ejemplar del semanario Cinématographie Française que había dos jóvenes que se dedicaban a salvar viejas películas mudas y le pareció buena idea contactarlos para una nota. Langlois y el realizador Geroge Franju se encontraron con ella en la plaza Clichy. Fascinada con la tarea de rescate que se proponían, Eisner se ofreció a ayudarlos, y ése fue el inicio de una larga relación profesional y de amistad con Langlois, que en 1936 fundaría la Cinemateca Francesa.

En septiembre de 1939 estalló la guerra. Y aunque ella había llegado a Francia escapando del nazismo, también era alemana, razón suficiente para que los franceses la mandaran a un campo de detención. Como Hannah Arendt, Eisner fue enviada a Gurs, en los Pirineos. Pasó allí tres meses en los que perdió cuatro dientes, y logró salir gracias a que su cuñado era coronel del ejército francés. Pasó por Montpellier y luego recaló en Figeac, donde fue recibida por la tía del historiador del cine George Sadoul.

En 1940 los alemanes habían confiscado gran parte de la colección de la Cinemateca, pero Langlois había logrado esconder varias latas con películas alemanas, rusas y norteamericanas en un castillo cerca de Figeac. Laurent Mannoni cuenta que, en plena ocupación, Eisner se pasaba el día entero sola en el castillo Béduer, entre ratas y montones de latas oxidadas, revisando y ordenando la colección. En 1942 obtuvo un documento falso y pasó el resto de la guerra bajo la identidad de Louise Escoffier. Dos años después, consiguió un certificado de que trabajaba en la Cinemateca. Langlois lo había robado para ella de un ministerio del gobierno de Vichy. Cuando Eisner cayó en una redada de soldados alemanes en Figeac en mayo de 1944, ese certificado con membrete y sello oficial evitó que la deportaran.

Después de la Liberación, Langlois le encargó recolectar decorados, documentos y objetos relacionados con el cine para el Museo de la Cinemateca, y a partir de entonces Eisner se contactó con los cineastas alemanes que había conocido antes de la guerra. Según Langlois, fue ella la que consiguió las tres cuartas partes de la colección del Museo del Cine. Eisner viajaba personalmente a buscar las donaciones y se encargaba ella misma de transportarlas de un país a otro para evitar todo el papeleo oficial. Según contó Richard Roud en el obituario que escribió para la revista inglesa Sight and Sound, fue ella la que convenció al director de arte de Metrópolis, Hermann Warm, de supervisar la reconstrucción del robot de la película –a cargo del escultor original, Walter Schultze Mittendorff– para el Museo.

Eisner conoció a los directores más importantes de las primeras décadas de la historia del cine como Chaplin, Eisenstein, Murnau o Renoir. Conoció incluso a Méliès y a los hermanos Lumiére. Pero esa conexión con el pasado nunca le impidió reconocer los nuevos talentos que aparecían en el universo cinematográfico, e impulsar generosamente a los realizadores alemanes jóvenes, que encontraron en ella el eslabón que los unía a la generación de los grandes directores de los años 20.

En el libro Herzog on Herzog, el director cuenta: “Éramos huérfanos, no teníamos maestros de los que aprender y cuyos pasos quisiéramos seguir. Durante un tiempo en los años 60 y 70, el cine de Alemania occidental era original y apasionante e incluía muchos temas y estilos diferentes, justamente por esa razón. La generación anterior se había alineado a la barbarie de la cultura nazi o se había tenido que ir del país. Con algunas excepciones, entre el 30 de enero de 1933, el día que Hitler asumió el poder, y los años 60, en Alemania no hubo un cine alemán ‘legítimo’. Se abrió un hueco de 30 años. Como cineasta uno no puede trabajar sin tener algún tipo de coherencia con su propia cultura. La continuidad es vital. Así que fueron nuestros ‘abuelos’ –Lang, Murnau, Pabst y otros– los que se convirtieron en nuestros puntos de referencia”.

El director conoció a Eisner de casualidad: “Ella dio una conferencia en el Festival de Berlín, tal vez en 1965. En un pasillo, pasé junto a la puerta abierta de la conferencia y escuché su voz. Era tan impresionante y tan especial que entré a escuchar. Lo que dijo fue tan extraordinario que sentí que era mi deber averiguar quién era”. Y resultó ser la mujer que podía unirlos a los grandes cineastas alemanes del pasado: “Tuvimos suerte de tener a Lotte Eisner para que nos bendijera. Era el vínculo perdido, nuestra consciencia colectiva, una fugitiva del nazismo, y por muchos años la única persona viva en el mundo que conocía a todos en el cine desde la primera hora”.

Si el amor es, como dicen, inseparable de las pruebas de amor, estos jóvenes directores dieron suficientes pruebas de amor por Eisner. Wim Wenders le dedicó El amigo americano y París, Texas. Herzog fue hasta su casa en París con un grabador Nagra para registrar su voz para la narración en off de Fata Morgana, y en 1974 hizo esa famosa caminata de Munich a París –documentada en el diario de viaje Walking on Ice– como parte de una promesa para que ella se recuperara de un grave problema de salud. Pero Eisner nunca volvió a sentirse del todo alemana. En una entrevista que dio en los años setenta, decía que siempre le resultaba extraño volver a Berlín: “Ni siquiera encuentro algunas calles y la parte donde yo vivía, que era muy linda, ya no existe más. Yo ya no pertenezco más ahí”.

(Publicado en Lamujerdemivida Nº 72, otoño 2014)

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